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  • Ciudadano Toriello

Vienen tiempos de cambio

“Si no somos NOSOTROS, ¿quiénes? Si no es ahora, ¿cuándo?” – John R. Lewis (1940-2020), diputado por el 5to. Distrito de Georgia en el Congreso Federal de los EEUU, líder del Movimiento por los Derechos Civiles, uno de los organizadores de la gran “Marcha hacia Washington”, con el Dr. Martin L. King, histórico movimiento que terminó con la segregación racial legal en su nación.


Hace doscientos años, la adormecida Guatemala colonial se vio sacudida por acontecimientos lejanos que tuvieron un inesperado impacto en su territorio. La Independencia de los EEUU, la Revolución Francesa y “el grito de Dolores”, hicieron pensar a nuestras mejores mentes en la posibilidad de abandonar al “antiguo régimen”, un imperio decadente, una monarquía de carácter semi-feudal; para establecer una República, gobernada por leyes emanadas del pueblo, en la que todos los ciudadanos fueran iguales “en dignidad y derechos”. Eso implicaba la pérdida de algunos privilegios, sobre todo el del monopolio del comercio exterior, para la minoría local directamente beneficiada por el régimen colonial. Por eso, las élites de entonces maniobraron astutamente para lograr una Independencia sin República, anexándonos, a las primeras de cambio, al primer Imperio Mexicano. Incapaces de contener la rueda de la Historia, sin embargo, vieron surgir, muy a su pesar, nuestra primera Constitución, la de la Federación Centroamericana, la de nuestra original Patria Grande. Entonces aquellos privilegiados recurrieron, primero, al fraude electoral y después, por interpósita mano, a la Guerra Civil. El resultado fue una Centroamérica fragmentada en siete pedazos y en la así territorialmente disminuida Guatemala, la tristemente célebre “noche de los treinta años”; tres décadas de monarquía aldeana con otro nombre, sin Constitución. Era una sociedad, fundamentalmente, de sólo dos clases, un puñado de ricos y la inmensa mayoría, desposeída; sobre la que apenas asomaba una muy incipiente y golpeada clase media, en precaria formación. Para rematar, el régimen quebró con el derrumbe del mercado del añil, que era entonces nuestro principal producto de exportación, y el país se hundió. Empequeñecidos, divididos y arruinados, perdimos, pues, la oportunidad de construir una República de todos los ciudadanos en aquel malogrado primer intento inicial.


Medio siglo después de 1821, el inclaudicable espíritu de progreso del pueblo guatemalteco se manifestó una vez más. Intentamos otra vez construir un país moderno, esta vez, sujeto a una Constitución. La llamada -pero falsa- Revolución Liberal prometió traer la modernidad de los trenes y los telégrafos, de los puertos y del entonces novedoso cultivo del café; bajo un régimen, como el de los países que entonces estaban “despegando”, de propiedad privada. Fue así que se creó el Registro General de la Propiedad. Pero al repartir las entonces relativamente abundantes tierras sin dueño del territorio nacional, los gobernantes de turno desperdiciaron la oportunidad de convertirnos en una sociedad de numerosos pequeños propietarios, de amplia clase media; y en vez de ello, afianzaron el capitalismo de plantación. Mientras en Europa, el Japón y los EEUU se creaban amplias sociedades de consumidores, en Guatemala, los gobernantes y un puñado de allegados, rompiendo sus propias leyes, “se sirvieron con la cuchara grande”: grandes latifundios y legislación laboral que les garantizaba una mano de obra barata, en condiciones cuasi-serviles. Fue así que preservamos, con nuevos actores, los rasgos semi-feudales que como sociedad, heredamos del período colonial... Y a las iniciales grandes plantaciones de café, siguieron las del banano, que supuestamente “traían el progreso a cuestas”. Con esa excusa y quien sabe qué dineros bajo la mesa, el gobierno dictatorial de Estrada Cabrera “le regaló” a un puñado de extranjeros ¡dos quintas partes! de la mejor tierra cultivable del país. Y efectivamente, quedamos unidos por línea férrea desde la frontera de México hasta la de El Salvador y desde el puerto de San José, en el Pacífico, hasta Puerto Barrios, en el Atlántico; pasando aquellas líneas, entre otros puntos intermedios, por la “embelequera” ciudad de Guatemala.


Pero la “compañía frutera”, constituida con las tierras que graciosamente le concedió el Estado guatemalteco, se volvió una gran transnacional; y eventualmente, más poderosa que el gobierno mismo. Además de ser la principal terrateniente del país, era dueña de los ferrocarriles y del telégrafo, en un país sin carreteras. De los puertos y de la mayoría de los barcos que arribaban. Transportaba nuestros productos y nuestro correo y manejaba nuestras conexiones inalámbricas al exterior. Y en buena parte por todo eso, en 1944, vino la Revolución. Una Revolución que con la Constitución de 1945, nos trajo democracia, seguro social y libertad de expresión. Que dio los primeros pasos para empezar a crear la aún insuficiente clase media que observamos hoy. Pero no es de extrañar que cuando, unos años después, el gobierno de Arbenz le expropió poco menos de mil kilómetros cuadrados de tierra ociosa (de los dos mil doscientos que poseía), la poderosa “compañía frutera”, con el auxilio de propios y extraños, en 1954, lo derrocó...


Una vez más, la República nos había quedado a deber. Con sabor a promesa rota, la engañosa prosperidad del banano nunca “se derramó” lo suficiente para hacernos una sociedad de amplia clase media. “La frutera” terminó desmembrada por una Corte de los EEUU, por sus prácticas monopólicas y la huella física de su paso por Guatemala, casi se esfumó. Todavía lograron vender “sus” tierras y le extrajeron a Guatemala hasta la última gota de los frutos de su supuesta “inversión”. Quedaron unos fierros viejos, hoy ya canibalizados, y poco beneficio tangible y duradero para esta nación. Pero, eso sí, una honda división entre sus hijos, lo que a la postre nos llevó al Conflicto Armado Interno, con su amarga cauda de sangre, sudor y lágrimas. Fue en aquel contexto que surgieron quienes pensaban que el camino para la mayoría era una ruta de violencia revolucionaria, basada en el marxismo-leninismo, y se alzaron en armas contra el Estado. Siguieron años en los que la mayoría de los guatemaltecos quedaron atrapados “entre dos fuegos”, amenazados por dos bandos radicales con los que pocos se querían identificar. Hasta que la Historia nos rebasó: la mayoría se dio cuenta de que había remedios que resultaban peores que la enfermedad que pretendían curar. Con el telón de fondo de la Perestroika y el Glasnost, el muro de Berlín se derrumbó. La URSS se auto-disolvió y en Guatemala, la paz, “firme y duradera”, se firmó. Con la Constitución de 1986 y el país sin “guerra interna” desde 1996, muchos creyeron que la democracia y la prosperidad estaban, finalmente, a la vuelta de la esquina...


Pero el destino nos tenía preparada otra decepción. Contrario al proceso natural, la bella mariposa de la democracia experimentó una “metamorfosis inversa” y tras 25 años de regresión, el sistema político guatemalteco es hoy, de vuelta, un espantoso gusano. De militares, guerrilleros y empresarios tradicionales, pasamos en “el post-conflicto”, a dos minorías radicales, en ambos extremos del espectro político, que se gritan unos a otros “chairos” y “fachos” y buscan alimentar la polarización de una mayoría fundamentalmente moderada, pero deliberadamente castrada de poder real. El proceso democrático, ese en el que se debaten las ideas y se contrastan propuestas programáticas, ha sido suplantado por cortas e insulsas pero millonarias campañas de mercadeo político en las que -como quien vende un detergente- recurrentemente nos imponen en la más alta magistratura, gastando montañas de dinero mal habido, “al menos peor”. La representación nacional en el Congreso, extraída en buena parte de listados anónimos, de “partidos” que en su mayoría no son, realmente, partidos, no refleja las verdaderas corrientes de opinión del electorado y consiguientemente, el pueblo no se siente -ni está- presente ahí. Las Cortes que nombran estos dos organismos estatales enfermos, resulta en un sistema judicial que apaña el cada vez más descarado robo del erario y el que a los ojos del pueblo, carece de legitimidad. Nos “gobierna”, dice el pueblo con razón, un “pacto de corruptos”. Mientras tanto, los hospitales están sin medicinas, las escuelas sin pupitres, los alumnos sin libros, las escasas carreteras semi-destruidas y los drenajes, el aprovisionamiento de agua, el tratamiento de nuestros desechos y los caminos vecinales, en gran medida, abandonados. Nuestro entorno, contaminado y deteriorándose cada vez más. Y la mayoría de la gente, con suerte, apegada a un trabajo precario, esperando no ser víctima, en el momento menos pensado, de nuestra generalizada inseguridad. Por eso, el que puede, se va... Para rematar el cuadro, la cleptocracia gobernante se niega a reformar las “reglas del juego” que la mantienen en el poder; y con el eficaz sistema de “tasajear” a la oposición, se apresta desde ahora, una vez más, a imponernos, contra viento y marea, al minoritario y de antemano comprometido candidato (o candidata) que sus abundantes dineros puedan colar “a la segunda vuelta”, en la próxima elección...


Pero no desmaye, ciudadano, vienen tiempos de cambio. Guatemala hará un viraje histórico que la enrumbará hacia el destino que merece: el de un capitalismo moderno e incluyente, en el marco de una auténtica República Democrática. El régimen quiere que usted piense que eso es imposible, que estamos destinados a seguir siendo una sociedad sumisa, aherrojada por siempre, por la voraz cleptocracia que nos mal gobierna. Que cualquier otra opción es, en realidad, un sueño imposible. Pero están equivocados: la marea de insatisfacción, de justa indignación ciudadana, está por convertirse en un incontenible tsunami de cambio. El programa de lo que está por venir es claro: (1) Desmantelar a la Cleptocracia; (2) Universalizar un sistema amplio de seguridad social; (3) Darle acceso a las mayorías a la pequeña propiedad; (4) Detonar el proceso de las grandes inversiones en infraestructura que nos llevarán a una nueva prosperidad generalizada; y (5) iniciar el gran proceso de diálogo que nos conduzca a la restauración de Centroamérica, nuestra original Patria Grande.


La Alianza por la Auténtica República Democrática (ARDE), así como en otros grupos sociales y políticos, han venido escudriñando la oferta política nacional, dialogando y evaluando. Buscando a quienes se puedan comprometer a una agenda de auténtico rescate republicano, para gestar una convergencia política masiva entre derechas e izquierdas moderadas y democráticas. Y viene una gran sorpresa, ciudadano: una que se prepara “para cambiar al sistema desde adentro”. Como dijo el gran John R. Lewis: todo va a depender de NOSOTROS...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 25 de Octubre de 2022"

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