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Trump, Jimmy, y los agachados…

Actualizado: 6 de ago de 2019

“…Mañana que la patria se presente

a reclamar sus muertas libertades

y que la fama pregonera cuente

al asombrado mundo tus maldades;

al tiempo que maldiga tu memoria

el mismo pueblo que hoy tus plantas lame,

el dedo inexorable de la historia

te marcará, como a Nerón, ¡infame!...”

–Ismael Cerna, guatemalteco digno frente al déspota, desde la cárcel, c. 1,879.


A fines del siglo IV de nuestra era, muchos alarmados ciudadanos del mundo romano intuían por reveladores y ominosos indicios, un oscuro porvenir para el imperio y añoraban al frente del gobierno, a un general “de mano dura”. Godos, vándalos, francos y otros bárbaros “que ni se bañaban ni sabían leer”, además de servir de mercenarios a las armas del Estado, penetraban por doquiera sus fronteras, su economía y su cultura, cambiándoles irremisiblemente su anterior carácter. No pasó una generación sin que aquellos temores se vieran confirmados, pues al finalizar el siglo V, aquellos sucios e ignorantes intrusos terminaron avasallándolo todo, haciendo de aquella deslumbrante civilización “de Occidente”, una vaga memoria. Hubo que esperar mil años, hasta el “Renacimiento”, para que los descendientes de aquellos incultos invasores, redescubrieran y rescataran los inmortales valores y las delicadas delicias de la civilización caída. Un temor visceral, similar al del romano de la frontera de fines del Siglo IV, es lo que anima al granjero anglosajón y protestante y al obrero industrial sindicalizado de los centros urbanos decadentes de los Estados Unidos, cuando observa que cada vez más “gente de color café” y que habla español, le despacha la gasolina o le prepara el hamburgués en su restaurante de barrio; ya no digamos cuando un presumido banquero cubano le niega un préstamo desde su insufriblemente ostentosa oficina, en el “penthouse” de un rascacielos, mientras le dice obvias impertinencias a su rubia secretaria. Por eso han votado y muchos de ellos votarán de nuevo por un político que se refiere públicamente a países como Guatemala y El Salvador, como “hoyos de mierda”, pues creen que “él los detendrá”. Estos asustados y desinformados votantes son aproximadamente un tercio de los ciudadanos “americanos” y como están teniendo menos de dos hijos en promedio, cada vez serán, porcentualmente, menos, en esa gran Nación norteña. Por otra parte, según ha publicado en múltiples medios George Friedman, fundador de Stratfor, entidad asesora en geopolítica internacional de entre otros, el “departamento de Estado”, la economía estadounidense no puede mantener su ritmo de crecimiento sin la absorción de constantes contingentes de nuevos inmigrantes. Sencillamente, no hay suficiente gente que recoja las hortalizas, haga las camas de los hoteles, limpie los baños, etc., en la acomodada fuerza laboral actual, ni que haga posible mantener el consumo al alza. Pareciera ser que el proceso “de penetración”, apoyado en realidades demográficas, económicas y culturales, es hoy por hoy, incontenible. Y por eso, como muchos anglosajones temen, no será sorpresa si en el futuro cercano, el ocupante de la Casa Blanca, por ejemplo, haya aprendido a hablar español, antes de hablar inglés; como ya hoy es el caso, con algunos de sus embajadores. La pesadilla que le quita el sueño a Joe Smith, es, pues, una reacción tanto impotente, cuanto tardía…


Pero el carácter del electorado norteamericano no se encuadra simplemente en los temores de ese 30% de votantes asustados, asediados y confundidos, ni su efímera dominancia actual durará para siempre. Estados Unidos, ese “faro en la cima de la colina”, le ha dado al mundo, entre muchas otras bendiciones, a ejemplares estadistas de vocación universal. Muchos de ellos, abanderados del Partido Republicano, como Abraham Lincoln, leñador autodidacta, vuelto hombre de leyes y gran humanista. Lincoln fue a la guerra civil en 1,861 para defender los auténticos valores de la democracia liberal, aboliendo de paso la esclavitud y consolidando con sus “Homestead Acts” la expansión de una clase media que hizo de esa entonces joven nación, la primera potencia industrial del mundo; aunque como muestra “de agradecimiento”, los resentidos que nunca faltan, lo hayan asesinado después, a balazos. Otro gran republicano, Ronald Reagan, dijo más recientemente, en su discurso de despedida de la Presidencia norteamericana y para asombro del mundo: “…cualquiera… procedente de cualquier rincón del mundo puede venir a vivir a EEUU y convertirse en estadounidense… gracias a cada ola de recién llegados… enriquecemos nuestra nación de manera continua… y si algún día le cerráramos la puerta a nuevos estadounidenses, nuestro liderazgo en el mundo pronto estaría perdido”. Pero he aquí que Mr. Trump es la antítesis de Lincoln y de Reagan, oradores reflexivos y respetuosos. En palabras de su ex abogado de confianza, Michael Cohen, previo a ser enviado a prisión por “hacer el trabajo sucio” y encubrir a su principal cliente (como pagar el silencio de sus prostitutas con dinero de campaña), Donald Trump es “un racista, un estafador y un mentiroso”…


No se puede, con honestidad intelectual, hacer la apología de entrar al teatro sin pagar el boleto. La sociedad norteamericana tiene todo el derecho de exigir que se respeten sus leyes y de que sus procedimientos migratorios se hagan valer. Y si quieren “cercar la huerta” para que no les roben las naranjas, también están en su derecho; que hagan su muro, si quieren. Los latinoamericanos, además, somos quienes realmente tenemos la responsabilidad de crear las condiciones para que nuestras masas desposeídas no se vean forzadas a huir de nuestras insoportables realidades socioeconómicas. De hecho, el estudio de las políticas de Lincoln debiera ser un importante referente para todos nuestros gobiernos, en la creación de condiciones para la prosperidad y la libertad aquí en el Sur. Pero del reconocimiento de esas realidades incontrovertibles a la sumisión a propuestas intolerables como la de convertirnos forzadamente en “tercer país seguro” tras el primer grito del megalómano, hay harta diferencia. Reacciones como las de Jaime, agringadamente “Jimmy”, sus “achichincles” y algunos “dirigentes empresariales”, son el colmo de la indignidad, sólo entendibles como una alianza de autoprotección para mantener la impunidad mutua. Provocan más vergüenza a los guatemaltecos acerca de nuestros actuales “liderazgos”, que la vergüenza que el propio Trump y sus sandeces le provoca a los estadounidenses cultos y de bien. Es cierto que la actual magistratura de la CC ha sido desastrosamente inconsistente. No le exigió a Jimmy, por ejemplo, el cumplimiento de los requisitos constitucionales antes de avalar la apátrida Consulta Popular sobre Belice. Pero el escarnio actual es de Jimmy, sus achichincles y sus corifeos, no de la Corte. Ojalá el próximo Presidente, cuya magistratura se siente súbitamente urgente, recuerde que ésta ha sido tierra de hombres como el bardo Cerna, quien hace 140 años nos recordó que hay cosas sagradas, como la dignidad nacional, mucho más importantes que las mezquindades del interés propio, cuando escribió con ira digna y a riesgo de perder la vida:


Quiero que veas que tu furia arrostro

y sin temblar, que agonizar me veas,

para lanzarte una escupida al rostro y decirte al morir: ¡maldito seas!


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriodico el 30 de julio 2019"

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