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Perdedor y encima, mal perdedor

“Se puede engañar a alguna gente todo el tiempo; hasta se puede engañar a toda la gente durante algún tiempo; pero no se puede engañar a toda la gente, todo el tiempo…” – Abraham Lincoln, temprano líder del naciente Partido Republicano, en 1854. Abogaba por la supresión de la esclavitud, la dotación patrimonial a los ciudadanos desposeídos, la unidad de la República Federal sobre la base de principios y en general, por el combate al abuso de poder. Fue emulado a lo largo de la Historia por otros destacados políticos republicanos, como Theodore (Teddy) Roosevelt, quien al principio del siglo XX combatió la desproporcionada influencia de los grandes empresarios en el financiamiento electoral y el abuso de los monopolios y oligopolios en la fijación de los precios al consumidor; razón por la cual los magnates conspiraron para ‘neutralizarlo’ haciéndolo Vicepresidente de William McKinley (“el Vicepresidente ocupa una oficina terminal que no sirve para nada y por tanto, su ocupante resulta inofensivo”, decían). Tras el inesperado asesinato de McKinley, no obstante, Teddy Roosevelt ascendió sorpresivamente a la Presidencia (1901-1909), consolidando, para consternación de sus enemigos políticos, un agresivo proceso de regulación del sistema capitalista americano, que incluyó el impulso al movimiento de la jornada laboral ordinaria de las ocho horas y el salario mínimo, entre otras muchas reformas. Uno de los resultados colaterales de estas acciones políticas, sin embargo, fue que los grandes empresarios se vieron impelidos a tomar el control tras bambalinas de aquel “Gran Venerable Partido” (Grand Old Party, GOP), triunfador de la Guerra Civil y por tanto, muy popular. Consiguientemente, a partir del reemplazo (en 1909) de Teddy, “el oso” Roosevelt, en la Casa Blanca, por William Taft, el GOP abandonó su abierto carácter liberal y reformista, para adoptar un subyacente y desde entonces inconfundible, talante conservador...


El Colegio electoral de los EEUU es un resabio de aquella época olvidada en la que los resultados oficiales de una elección viajaban a los centros de decisión en las alforjas de delegados electorales que se transportaban, fundamentalmente, a caballo; mientras los resultados extraoficiales y los chismes se les adelantaban “por paloma mensajera”, a las oficinas editoriales de los grandes periódicos de las grandes ciudades, cuyos titulares sorprendían a la opinión pública “adelantándose a las noticias”. Un servicio de telégrafo funcional tuvo que esperar hasta 1837, cuando un inventor de Massachusetts, Samuel Morse, patentó varias mejoras a los sistemas existentes, anticipándose a la era de las comunicaciones instantáneas a distancia. Medio siglo antes, en 1787, cuando la Convención de Filadelfia redactó la Constitución Americana, no había tales, y la discusión acerca de cómo elegir al Presidente de la Federación norteamericana enfrentaba a los relativamente igualitarios estados del norte con los “aristocráticos” estados esclavistas sureños. Los delegados sureños buscaban impedir que la desproporción poblacional entre Norte y Sur resultara en la imposición sistemática de jefes de estado contrarios a sus intereses y por tanto, querían incluir a su masiva población esclava en el cálculo de los escaños federales. Pero los representantes norteños se negaban a aceptar que los esclavos, que eran considerados “propiedad privada” en el sur (y a quienes, obviamente, siendo tratados como cuasi-ganado, no se les permitía votar), no contaran para votar como ciudadanos, pero sí contaran para determinar el número de representantes en los diversos cuerpos republicanos, como el Congreso. En aras de la unidad federal, y a falta de alguna otra opción políticamente viable, los Constituyentes hicieron el “pragmático compromiso” de considerar que los esclavos contarían como 3/5 de ciudadano para efecto de calcular el número de representantes al Congreso Nacional y que el Presidente de la Federación sería directamente electo por los estados, por tantos delegados estatales como cada estado tuviese representantes al Congreso: proporcionalmente a la población (calculada según el “compromiso pragmático” hasta 1868), para diputados a la Cámara baja, y además, dos senadores por Estado, independientemente de su población. En la mayoría de los Estados, además, todos los delegados del estado se asignarían al candidato ganador de sus elecciones locales, sin repartirse proporcionalmente. De esta manera, se creó un “Colegio Electoral” mediante el cual los norteños lograron que al Presidente no lo eligiera el Congreso Federal, a cuyos senadores y diputados temían que los magnates sureños podrían fácilmente sobornar; y en el que los sureños lograron impedir la temida elección popular directa, en la que ideas “radicales” pero populares (como abolir la esclavitud y arruinarlos financieramente), pudieran colocar en el cenit del poder a alguien que pusiera en peligro a sus “instituciones peculiares”. El resultado fue que se preservó la Unión de la Nación, pero se introdujo un sistemático sesgo antidemocrático en la elección Presidencial que subsiste hasta hoy. Es así como es posible perder el voto popular por millones de votos y de todas maneras quedar electo Presidente de la Federación norteamericana, cosa que ha ocurrido cinco veces en la Historia de los EEUU; la última, para la elección de Donald Trump en 2016, quien a pesar de haber sacado casi tres millones de votos menos que Hilary Clinton a nivel nacional, obtuvo 302 votos del total de 538 que tiene actualmente el Colegio Electoral.


Ya en el ejercicio del poder, Donald Trump no sólo contradijo la orientación política de los republicanos históricos como Lincoln y Teddy Roosevelt, sino también a íconos republicanos más recientes, como Ronald Reagan, amigo ferviente de la inmigración y el libre comercio. Bajo Trump, el partido de la disciplina fiscal produjo los déficits más abultados de la Historia, resucitó el viejo espectro del proteccionismo en las esferas del comercio mundial, se enemistó con la alianza internacional de democracias liberales surgida de la Segunda Guerra mundial y subvirtió a las instituciones globales, como los órganos de la Organización de las Naciones Unidas, creados bajo el liderazgo y auspicio de los EEUU al final de la gran Conflagración. Su talante abusivo, revelador de gran ignorancia histórica y de sus inclinaciones autoritarias, lo hicieron expresar velada simpatía por autócratas como Putin, Xi Jinping y hasta el turco Recep Tayyip Erdogan o el norcoreano Kim Jong-un. Hipócritamente, “apoyó” a medias a Guaidó, pero “lo dejó en la estacada” por ser “la Hilary Clinton de Venezuela”, mientras que en Guatemala, descarriló el combate a la corrupción. Proclive a confundir sus intereses pecuniarios con el interés de su país, ocultó sus declaraciones de impuestos, promovió la utilización de sus activos por el gobierno federal, contrató abogados (a algunos de los cuales después abandonó “a los leones”) para que le hicieran “el trabajo sucio” (como comprar con fondos públicos de campaña el silencio de sus prostitutas). ¡Ahh! Pero entre sus incondicionales resultaba el candidato de los “valores familiares”, de “la Ley y el Orden” y del pastel de manzana... Su falta de sensibilidad hacia los problemas derivados de los prejuicios raciales y la creciente desigualdad socioeconómica en la república norteña, contribuyeron a polarizar a una sociedad dividida ideológicamente de manera cada vez más aguda. Éstas y otras características de su paso por el poder, orillaron a muchos republicanos patriotas y decentes a repudiar su liderazgo, a pesar de la infaltable pleitesía incondicional de su entourage inmediato y de sus cajas de resonancia en el Congreso, la prensa y las facciones más intolerantes de su partido. Así, por ejemplo, apoyaron abiertamente a Joe Biden, el sereno y respetable exministro de la Defensa, Collin Powell, la familia Bush y el excandidato presidencial Mitt Romney, entre otros muchos.


En su insensata irreverencia, Donald Trump (quien escapó del servicio militar en su juventud, utilizando el dinero de su padre y sus “conexiones”) llamó “perdedor” al héroe de guerra, el recordado senador republicano John McCain, “por haberse dejado atrapar por el enemigo”. Utilizó el mismo epíteto para referirse a soldados estadounidenses caídos en combate en otros tiempos y latitudes en defensa de las democracias, al tiempo que él se sentía “muy listo” por haber evadido el servicio militar y los impuestos. Su inflada autopercepción de su condición “ganadora”, como muchas otras facetas de su personalidad, han resultado exageradas o falsas. Los resultados de la reciente elección son elocuentes: Trump también es perdedor y como revelan sus infantiles berrinches recientes, un inmaduro y malcriado mal perdedor...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 10 de Noviembre de 2020"

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