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Patria Grande

“¡Bienvenida, familia Centroamericana!” – dijo ceremoniosamente ‘el guanaco’, sosteniendo el micrófono con la mano izquierda, mientras que con la derecha hacía un ampuloso movimiento circular que terminó con la extensión de su palma hacia nosotros – “Allí tenemos a Guatemala, la hermana mayor, la que nunca se casó (anda siempre ceñuda, regañando a las demás). En la otra esquina, la bella Costa Rica, la de los ojos azules… que ya ni nos voltea a ver, desde que ‘se fue con el gringo’. De Nicaragua ni vamos a hablar, porque ésa, de plano, ‘agarró el mal camino’. Honduras, pobrecita, no aprendió a leer, ahí anda ‘catracha’, en la cocina. Y aquí, El Salvador, el único varoncito, lo admito, ¡salió chaparro y gritón!” - Jocosa alocución inaugural con la que el maestro de ceremonias abrió la ‘Convención Centroamericana de Consultores’, evento de ACODES, en San Salvador, circa 1,984.


A fines de 1,812, la ciudad de Guatemala se estremeció con la noticia de que José María Morelos, el insurgente mexicano, había fusilado en Antequera (hoy, Oaxaca) al anterior Presidente de la Audiencia de Guatemala, el Capitán General “de capa y espada”, don Antonio Gonzáles de Mollinedo y Saravia. Se vivían tiempos azarosos y los peores temores criollos se veían confirmados: desde que el cura Miguel Hidalgo y Costilla había encabezado una horda de miles de campesinos indios y mestizos que pasó matando a varios centenares de hacendados criollos y oficiales gachupines, atrincherados con sus familias en la Alhóndiga de Guanajuato en 1,810, estampas de un “régimen de terror” como el de la Revolución Francesa, poblaban la imaginación de los conservadores de este país “tan propenso a la guerra de castas”. Por eso habían aplaudido la persecución, la captura y el fusilamiento de Hidalgo, en Chihuahua, un año antes y por eso aplaudirían cuando “las fuerzas realistas” finalmente “le dieran caza” a Morelos en 1,815. Apoyaron la formación de las milicias realistas en la Nueva España y seguirían afanosamente las noticias de los avances y retrocesos de Agustín de Iturbide en persecución de Vicente Guerrero, a fines de la década. Antes de partir a México, el Capitán General Gonzáles y Saravia, había organizado la elección de diputados a las Cortes de Cádiz, en las que representando a Guatemala dentro de los seis diputados del Reyno, había partido don Antonio de Larrazábal, reputado clérigo y hombre de leyes. Llevaba “instrucciones” tanto del Ayuntamiento como del Consulado de Comercio, para participar en la redacción de la Constitución Liberal de 1,812, “la Pepa”, mientras se libraba la “Guerra de Independencia” (de España, contra la Francia napoleónica) en la Península. Pero Napoleón Bonaparte (que había invadido España y depuesto al Rey y a su hijo, en 1,808) fue definitivamente derrotado en 1,815 (en Waterloo, después de “los cien días”) y Fernando VII, “el deseado”, con el apoyo de Inglaterra, Rusia y Austria, había vuelto al trono español, disuelto las Cortes, perseguido a los liberales –encarcelando, entre otros, a nuestro Larrazábal- y restaurado el absolutismo. “¡Que vamos a querer Independencia!” – decían los conservadores guatemaltecos – “¡para eso echamos a los franceses, pa’ traer de vuelta al Rey!”


No contento con mal pagar así (con la derogatoria de la Constitución, en 1,814) el sacrificio del pueblo que hizo posible su retorno al trono, Fernando VII, ahora llamado sotto voce “el rey intruso”, organizó un ejército (se decía, exagerando, “de 25 mil hombres y cien buques”), para “venir a poner orden en las Indias”, empezando con reducir a Simón Bolívar y a José de San Martín, en el sur del continente, pues en México los realistas estaban conteniendo bien la insurrección. Pero resulta que uno de los capitanes de ese nuevo ejército, Rafael Riego, en vez de zarpar para perseguir a Bolívar, “dio golpe” y desencadenó el retorno al mandato constitucional, lo que el Rey tuvo que aceptar en 1,819, inicio del “trienio liberal” en la Península. Eso ya no le gustó a los conservadores de este lado del mar. Estaba bueno ser españoles, si había monarquía; pero si iban a salir con eso de “una España Republicana”, entonces mejor que nos independizáramos. De inmediato la familia Aycinena de Guatemala, por ejemplo, empezó su correspondencia clandestina con Iturbide, que vistas las cosas y con el apoyo de los conservadores mexicanos, “hizo las paces” con el alicaído insurgente Vicente Guerrero, proponiendo el “Plan de las tres Garantías” (Religión –sólo la católica; “Unión” –no violencia entre criollos, indios y mestizos; e Independencia –de “la España Republicana”). Lograron los Aycinena que Iturbide enviara a Vicente Filísola al mando de una “división protectora”, una tropa de quinientos hombres bien pertrechados, a “apoyar la Independencia” (la de Septiembre de 1,821) y luego, “la anexión al Imperio Mexicano” (en enero de 1,822), pues los liberales centroamericanos ya se habían manifestado peligrosamente en connatos de insurrección en Nicaragua y en El Salvador ( en 1,811) y en “la conspiración de Belén”, en la capital (en 1,813) y se estaban haciendo fuertes otra vez, desde 1,821, en San Salvador. Filísola llegó a Quetzaltenango en junio de 1,822, pero como es sabido, “Agustín I” fue un emperador efímero y en Marzo de 1,823, estando Filísola en San Salvador, llegó a su fin el “primer imperio”, al ser derrocado por los liberales mexicanos. Filísola, tras “pacificarnos”, tuvo que abandonar Guatemala, deteniéndose estratégicamente en Chiapas, para “amparar” la secesión de esa provincia y su posterior anexión a la República de México, que la recibió como “premio de consolación” en su fracasado intento de integrar Centroamérica a su territorio. Momentáneamente fuertes los liberales del istmo, se convocó a la Asamblea Nacional Constituyente y emergimos como “República Federal de Centroamérica” en julio de ese mismo año 1,823. Pero los conservadores guatemaltecos, el verdadero poder tras el trono, horrorizados ante las implicaciones del prospecto republicano y eventualmente utilizando “al indio Carrera” como su gendarme, precipitaron la “noche de los treinta años”, tras una guerra civil que terminaría, de facto, con la Unión Centroamericana; hecho que se hizo patente con el fusilamiento de Francisco Morazán, en San José de Costa Rica, el 15 de Septiembre de 1,842…


Brevemente los centroamericanos nos unimos de nuevo, en la irónicamente llamada “guerra Nacional”, para expulsar al filibustero William Walker de Nicaragua, en 1,857. En efecto, las armas centroamericanas, desde Costa Rica hasta Guatemala, se unieron para derrotar al invasor extranjero, quien terco, aún después de derrotado volvió, sólo para morir fusilado en Honduras, en 1,860. Vencida la amenaza común, no obstante, “calabaza, calabaza, cada quién para su casa” y la discordia istmeña continuó. Justo Rufino Barrios, sobre la cresta de “la segunda ola liberal”, en 1,885, adujo que “el Pacto Federal no ha sido disuelto por un poder representativo del pueblo centroamericano como el que lo promulgó y por tanto, sigue vigente”. “En defensa del legítimo pacto Federal” invadió militarmente El Salvador, con destino a San José de Costa Rica, para consumar “la unión de la Patria, al estilo Garibaldi” (por la fuerza). Sabemos que murió prematuramente en el intento, en Chalchuapa, inspirando, entre a otros muchos, a su anterior detractor, Ismael Cerna, a proclamar: “…no olvido que un instante en tu abandono / quisiste engrandecer la Patria mía / y en nombre de esa Patria ¡te perdono!”. Otros intentos tímidos o incompletos, desde el “Mercomún” (de 1,960) hasta el actual “SICA” e incluyendo al burdamente desfigurado “Parlacén”, reflejan las innegables fuerzas centrípetas que se oponen a nuestras miopías y mezquindades centrífugas. Por eso celebro la iniciativa de mi conciudadano Dionisio Gutiérrez Mayorga, que sin más aliento que su probado patriotismo y fervor cívico, concitando el entusiasmo de un variado conjunto de líderes y sectores, está impulsando la creación de una renovada “Comunidad Económica Centroamericana” (CECA), incluyendo a Panamá y a Belice. Cincuenta millones de habitantes en quinientos mil kilómetros cuadrados, sólo divididos por la misma lengua… Un gran paso en la dirección correcta, en la búsqueda de un ideal del que nos separan sólo la estrechez de miras de algunas mentes aldeanas y al que secunda la lógica, la inteligencia y un destino histórico inexorable… ¡Salve Centroamérica, recupera tu futuro!


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 10 de Marzo de 2020"

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