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Partidocracia podrida y desasosiego ciudadano

“La república son dos lobos y una oveja discutiendo qué habrá de cena. En una república democrática, no obstante, la oveja tiene pistola.” – Fábula insistente aunque apócrifamente atribuida a Benjamín Franklin. Al margen de su autoría, en el muy real corolario guatemalteco, los lobos ya empezaron a darle dentelladas y la oveja aún no encuentra su pistola...



En 1985 el quince por ciento más conservador del país le había ganado una guerra civil solapada al quince por ciento de marxistas y marxólogos que había intentado tomar el poder por las armas en Guatemala y bajo presión internacional, adoptó formalmente un régimen constitucional de mayor legitimidad; sistema bienvenido por el otro setenta por ciento, harto de tres décadas de estar entre dos fuegos, durante el “enfrentamiento armado interno”. Al abandonarse el régimen de dictadura institucional militar que derrotó a la guerrilla, sin embargo, el grupo conservador enfrentó un desafío al que históricamente ya se había enfrentado antes: cómo conservar el poder retenido, sin perderlo tras el choque armado a manos de sus enemigos o de sus gendarmes.


Trataron de repetir una vieja fórmula: represión institucional para los enemigos y soborno generoso a los gendarmes. Ya lo habían hecho después de la independencia, por ejemplo, cuando el Clan Aycinena, tras auspiciar la rebelión de Carrera, tuvo que hacer terratenientes “a los montañeses” y desterrar o fusilar a los “fiebres”; aunque una generación después, aquellos montañeses, hechos finqueros y casados con sus hijas, hicieran una nueva “revolución liberal”. Volviendo a terciar, pragmáticamente, los conservadores adoptaron el lenguaje liberal, pero sólo para perpetuar, mediante un capitalismo de plantación apoyado internacionalmente, la sociedad de dos clases que heredaron de la época colonial. Ésa fue la sociedad que quiso reformar Árbenz: una de mil siervos y cuatro señores, afincada, semi-feudalmente, en los latifundios que en la práctica produjo la creación del Registro de la Propiedad. Una vez más, los conservadores, ahora disfrazados de liberales, recurrieron a sus gendarmes -y a los dueños de la UFCO- y lo impidieron. Pero algunos de sus opositores, radicalizándose a imagen y semejanza de Fidel Castro en Cuba, adoptaron de lleno el credo marxista y se armó el conflicto. En ese nuevo pleito, los gendarmes cobraron más relevancia y finalmente, vencieron, al tiempo que en el viejo mundo, la Unión Soviética se derrumbaba y la China Continental adoptaba el capitalismo dirigido. El renovado dilema era entonces, otra vez, ¿cómo conservar el poder, sin discusión negado a las izquierdas, pero sin que se los arrebatara completamente, tampoco, aquella casta de victoriosos gendarmes?


La apuesta de la crema y nata de los conservadores en 1985, con la nueva Constitución, fue colocar a los gendarmes “en donde había” y crear un sistema “democrático” en el que no hubiera realmente discusión política. Uno en el que hubiese sólo varias versiones de la ideología del quince por ciento “para escoger”. Al pueblo se le presentarían sólo opciones previamente “saneadas”, sin permitir, por “negación del micrófono”, el surgimiento de otros liderazgos auténticos. Bajo la fachada de periódicas “elecciones democráticas”, para el poder ejecutivo, se crearían efectivas “barreras de entrada” y para su “mercadeo” se requeriría de tanta plata, que los grandes electores sólo podrían ser -pensaban- la tradicional “gente de pisto”. Para el legislativo, tres cuartos de lo mismo, pero aún peor: con listados de anónimos apadrinados a los que se les daría -o negaría- el beneficio de una “marca” política, cuidadosamente despersonalizada. Para el judicial, el elenco sería constituido por los otros dos poderes y sólo con la venia de los patrocinadores. A nivel municipal, se crearía un sistema “espejo” del nivel nacional. “Brillante”, pensaron. Pero el tiro les salió por la culata...


Hoy tanto “los militares que ganaron la guerra” como “los exguerrilleros” y otros frescos aprendices, están jugando el juego, auto-patrocinados mediante corrupción o directamente por el narcotráfico. Se “invierte” en la creación de bandas de cuatreros políticos que sólo llegan al poder a ordeñar la ubre del Estado, sin visión, sin capacidad, sin vergüenza. El otrora poderoso empresariado ha pasado a ser un patrocinador de segunda clase y casi todos los políticos practican el “liderazgo de alquiler”. “Vehículos electorales” sin plataforma ideológica explícita, sin significativos números de correligionarios, sin democracia interna y sin mística, pero “con franquicia legal”, nos presentan una deleznable oferta electoral en la que siempre hay que escoger “entre los males, el menos”. Y encima, cuando la CICIG vino a exponerlos, la echaron; y a los pocos jueces que los enfrentaron, se les señaló y ahora están por ser suplantados. No hay verdaderos partidos políticos, la frustración cívica es profunda. Por eso tenemos el gobierno que tenemos, por eso la ciudadanía no se siente (y no está) representada, por eso tanto desasosiego...


No bastará con que reformen el Presupuesto y el Presidente se vea forzado a eliminar el inconstitucional “centro de gobierno” con el que ha pretendido castrar a la Vicepresidencia, pero por algo hay que empezar. Ni siquiera bastará con que defenestren y empiecen a encausar legalmente a los funcionarios corruptos. En última instancia este sistema político sólo sobrevivirá si empieza a construir puentes para que las mayorías del país, en grandes números, transiten hacia una hoy insuficiente clase media. Tendremos más tarde o más temprano, que abordar el tema de la dotación patrimonial ciudadana. Y para ello tenemos que tener representantes que nos representen. Para que “el diálogo nacional” que a cada rato todo mundo invoca, se celebre cotidianamente en el Congreso de la República, por diputados que hayamos elegido por nombre y apellido en pequeños distritos a los que les tengan que responder y no en listados anónimos de irracionales y “convenientes” grandes distritos. La insatisfacción generalizada se está manifestando muy al principio del período y cuando se anticipan cambios fuertes en el entorno internacional. Más vale que los que tengan que escuchar escuchen. No hay que desconocer que “quien siembra vientos, cosechará tempestades...”


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 24 de Noviembre de 2020"

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