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  • Ciudadano Toriello

Nuestra segunda gran derrota republicana

“Se jué Mamá Vicenta / se jue pa’ Jocotán... / pasó por Chiquimula / ciñéndose el justán” Grafiti aparecido en la pared de la Catedral, aludiendo a la precipitada huida de Vicente Cerna hacia Honduras, ante el inminente arribo a la ciudad de Guatemala de Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios, al frente de una fuerza militar con fama de invencible, seguida de un creciente séquito de súbitos simpatizantes con machetes y viejos mosquetes. El ejército victorioso estaba dotado de rifles de repetición -desarrollados durante la Guerra Civil de los EEUU- que el conservador Cerna se había negado a comprar ‘porque no habían sido suficientemente probados en los campos de batalla’. Las tropas del Gobierno -limitadas por sus fusiles de un tiro a ‘entrar a bayoneta’ contra un enemigo que aún conservaba amplia capacidad de fuego- nunca pudieron realmente hacerle frente a los revolucionarios, que en cortos tres meses botaron al gobierno de los largos treinta años. Éstos entraron a Guatemala el 30 de junio de 1871, tras la derrota final de los gobiernistas en San Lucas Sacatepéquez el día anterior.


A mediados del siglo XIX, habiéndose terminado de consumar el despojo del despoblado norte de México por los EEUU como resultado de la guerra entre ambos países en 1848, se agudizó la grave disputa política entre las dos visiones que habían gobernado a la naciente potencia norteamericana, a partir de su Independencia en 1776. En el noreste de EEUU había surgido una sociedad relativamente igualitaria y próspera, a partir de comunidades que buscaban vivir en paz y armonía, huyendo de las persecuciones religiosas y políticas de la Europa del siglo XVII. Esas comunidades se organizaron espontáneamente en granjas unifamiliares en las que cada familia tomaba tanta tierra como fuera necesaria para alimentarse y prosperar, sin mayores restricciones, pero sin mayores excesos. Eso había creado un amplio mercado de consumidores y entrado el siglo XIX, el inicio de la industrialización. En el Sur, al contrario, se establecieron gigantescas plantaciones en las que un puñado de euroamericanos comandaba a una mayoritaria población esclava, importada con violencia del África, para cultivar “productos de exportación”, como el tabaco y el algodón, resultando aquello en una muy desigual sociedad de empresarios acaudalados y trabajadores miserables. Los norteños querían que la expansión al Oeste, su “destino manifiesto” (el que la república norteña abarcara “from sea to shinning sea”), se consumara sin más esclavitud y replicando su modelo democrático; mientras que los líderes sureños, poseedores de las más grandes fortunas del Continente, consideraban aquello una peligrosa ingenuidad y un desperdicio. La minoría blanca del Sur había observado con horror la debacle de las plantaciones de Haití y trataba el asunto con angustia existencial. El antecesor del actual partido Republicano, abanderaba la visión norteña y había propuesto legislación que le otorgaría a cualquier ciudadano adulto, “jefe de familia”, que estuviera dispuesto a construir casa y trabajar directamente la tierra por al menos cinco años, 160 acres (casi 65 ha. ó aprox. 1.5 caballerías). Los antecesores del actual partido Demócrata, voceros de la visión sureña, proponían la venta de grandes extensiones de terreno estatal “en subasta pública”, con compromisos de inversión que garantizaran “el desarrollo económico ... las finanzas del Estado”... y el empleo de mano de obra esclava. Mediante el astuto control de las franquicias estatales (para siempre tener mayoría en el Senado, a pesar de tener menor población y producto geográfico), los sureños lograron proteger a su “institución peculiar” (la esclavitud) y detener por años la agenda norteña sobre la privatización de las nuevas tierras estatales. Hasta que llegó la sangrienta Guerra Civil (1861-1865) y ya sin dominio sureño en el Congreso, Abraham Lincoln pudo firmar el “Homestead Act” de 1862. Entre ese año y 1914, más de un millón seiscientas mil cabezas de familia (una de cada cinco) desarrollaron sus propiedades de esa manera y “así se conquistó el Oeste”. Con esa Dotación Patrimonial masiva, también, se creó un inmenso mercado de consumidores, pequeños propietarios rurales, que convirtieron a Estados Unidos en la primera potencia industrial del mundo, a la vuelta de una generación…


En el mismo lapso de tiempo, en la drásticamente disminuida Guatemala que resultó de los estériles afanes aycinenistas, nuestra sociedad había encontrado en la grana un producto exportable (vía Belice) de transición entre el añil (en crisis terminal, por su trasplante a la India por los ingleses) y el café (aún por desarrollarse aquí). Ese tinte rojo, de origen precolombino y muy apetecido por la industria textil, resultaba de la “fritura” de los insectos (la cochinilla) criados en nopaleras, lo que requería de relativamente poca área de cultivo y poca mano de obra. Eso había dado lugar al surgimiento de nuevas casas comerciales, como las de Herrera, Larraondo y Samayoa, que además de proporcionar crédito de avío (sobre la siguiente cosecha), transportaban el producto al Atlántico en mulas y en carretas de bueyes, al margen del odiado Consulado. También dio lugar a nuevos y modestos productores agrícolas (“poquiteros”), entre otros, los lugartenientes y allegados de “las huestes” de Carrera (quien aprovechando el deliberado desorden registral, junto a su negociante esposa, terminó siendo gran terrateniente); expandiéndose así, levemente, la frontera agrícola, en la periferia de las rutas existentes y las áreas ya pobladas. Durante esa transición, el país también experimentó con el café, que ya se desarrollaba en Costa Rica, pero constató que dicho cultivo requería de mucho más capital, diferente estructura de financiamiento (hipotecaria, más que de avío), más mano de obra (lo que implicaba, a ojos de los “realistas”, métodos coercitivos) y más infraestructura (caminos y puertos). A través de la conexión beliceña, sin embargo, un pequeño grupo de industriosos y emprendedores inmigrantes alemanes abrieron la puerta a nuevos y prometedores mercados. Así que cuando tras un auge de cuatro décadas, el mercado de la cochinilla entró a su propia crisis terminal (la industria textil adoptó tintes químicos más baratos a partir de los 1860’s), muchos actores sociales clave se percataron de que al país se le acababan las opciones tradicionales y que ahora urgía la modernización que los conservadores habían logrado frenar. Soñando con incorporar vastas áreas incultas al sistema económico, conectadas por nuevos caminos, telégrafos y ferrocarriles, a nuevos puertos a los que pudieran llegar los novedosos “vapores” que estaban sustituyendo a los veleros y financiados por bancos y no por comerciantes que dispusieran de la cosecha, de pronto muchos jóvenes volvieron a ver con entusiasmo las promesas de la propiedad privada y del “ideario liberal”. Una nueva generación de mestizos “con fusil y de a caballo”, ahora pequeños terratenientes con deseos de expansión, se había casado con las hijas de la aristocracia del añil venida a menos y adquirido una nueva y contradictoria actitud patronal; como el propio Barrios, que no siendo criollo de abolengo como García Granados, se casó con la hija de don Juan José de Aparicio y Limón, de la más encopetada y rancia alcurnia “altense”...


En ese contexto, no debe sorprender que la privatización de las aún relativamente abundantes tierras del Estado no haya seguido el modelo de Lincoln, creando una sociedad de pequeños propietarios, sino algo muy similar al sistema sureño; sin esclavitud legal, pero con un aprovisionamiento de mano de obra (“mandamientos” y “habilitaciones”) innegablemente semi-feudal. El proceso de privatización de tierras, sustentado en legislaciones copiadas de otras latitudes, estuvo, además, plagado de corrupción: un “agrimensor autorizado”, con su pequeña cuadrilla de ayudantes, medía, “mojoneaba” y documentaba los “terrenos baldíos”. Las publicaciones (para que cualquier afectado -incluyendo comunidades indígenas cuyas tierras ejidales estaban bajo asedio- pudiera interponer las objeciones del caso) se imprimían en pequeñísimos edictos, en un “diario oficial” que pocos podían leer. Las “subastas” se hacían, con frecuencia, por jueces venales en algún pueblo del interior, “un sábado a las tres de la tarde”, en presencia del abogado del interesado y de nadie más; y cualquier disputa (que eran muchas, porque muchos zánganos querían apropiarse de tierras que ya tenían dueño) se resolvía con influencias ... o algo más. Al principio, entonces, fueron los allegados al nuevo régimen “liberal” quienes resultaron ser la mayoría de los nuevos “finqueros”, la espina dorsal del esfuerzo por “modernizar” al país. Dicho “liberalismo”, por otra parte, afianzaba su monopolio del uso de las armas y creaba una red de informantes, mientras la Asamblea Constituyente –“para no amarrar de manos a la Revolución”- declaraba a Barrios ¡Dictador Constitucional! Así, la Constitución de 1879 tardó ocho años en promulgarse. Auténticos liberales, como Lorenzo Montúfar, prefirieron el exilio; pero aquello era sólo la antesala. Nuestro Capitalismo de Plantación estaba por consolidarse con la aún más bipolar “república bananera”. Sí, con la adopción de ese falso liberalismo, se había desperdiciado otra oportunidad para construir una República de todos los ciudadanos. Se habían roto diques que habían contenido la mobilidad social y se transformaba aceleradadmente la sociedad. Pero para muchos verdaderos liberales, como el poeta José Joaquín Palma, aquello, realmente, no fue más que otra gran derrota republicana...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 6 de Octubre de 2020"

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