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Los temores y la persistencia del pensamiento conservador

“¡Más vale ser cabeza de ratón que cola de león!” – frase con la que los cachurecos justificaban la intransigencia conservadora de Guatemala, aún a costa de la separación de las provincias. El 21 de marzo de 1,847, “el indio Carrera”, apoyado por la curia y las más encopetadas familias de esta provincia principal, “fundó” la República de Guatemala (originalmente, una extraña “república” sin Constitución) y la ciudad asentada “en el Valle de las Vacas” siguió siendo “la capital”… de un territorio que era la sexta parte de lo que un día fue; pero “gracias” a ello, “no somos cola de león”…


En 1,825, el “clan Aycinena” hizo una apuesta política arriesgada: traicionar a su candidato en la primera contienda presidencial de nuestra vida independiente, el conservador hondureño José Cecilio del Valle, apoyando al perdedor de las elecciones, el liberal salvadoreño Manuel José Arce. En el colegio electoral, similar al que aún prevalece en los EEUU, Valle obtuvo 41 votos, Arce, 34 y otros candidatos, cuatro. La conspiración tomó forma al imponer el criterio de que los votos de Valle en colegio electoral (donde había un delegado electo por cada distrito de 15,000 habitantes) “no constituían mayoría absoluta” (la mitad mas uno), pues contando a los excluidos porque habían habido irregularidades (Petén) o porque habían llegado tarde a emitir el sufragio (Cojutepeque y Matagalpa), el colegio constaba “en total” de 82 electores y consiguientemente, según este dudoso criterio, la mayoría absoluta se constituía con 42 (pese a que Valle obtuvo más de la mitad de los sufragios efectivamente emitidos, que fueron 79 y que si de los tres “excluidos” sólo uno hubiese sido por Valle, la excusa esgrimida para arrebatarle la elección habría quedado sin materia). “No habiendo mayoría absoluta”, la Constitución Federal establecía que el Presidente sería nombrado, en elección de segundo grado, por el Congreso Nacional de 30 diputados (uno por cada 40 mil habitantes, de los cuales, 16 eran conservadores, 12 eran liberales y dos, “no comprometidos”). En ese Congreso Federal, Guatemala y El Salvador tenían abrumadora mayoría y el dinero y las influencias del Clan “obrarían milagros” (por Arce votaron “en segundo grado” 22 diputados, por Valle, sólo 5 y hubo 3 abstenciones). Un argumento similar, aunque en ese caso con toda propiedad, se utilizó también para la elección del “Primer Ministro” de la Corte Suprema de Justicia, en la que el Congreso terminó eligiendo al conservador Tomás O’Horan, quien en la elección de primer grado recibió sólo 15 sufragios, sobre Antonio Rivera Cabezas, liberal, que merced al “voto cruzado”, había recibido en primer grado, 32. Los tres poderes federales habían quedado así bajo la égida del Clan Aycinena, que de esa forma se sacudió la “arrogante” independencia de su antiguo y contestatario “exempleado”, el “sabio” José Cecilio del Valle, aquél que se jactaba de su correspondencia con Jeremías Bentham y de ser miembro de la Academia de Ciencias de París y que difícilmente habría permitido que el Clan continuara con su monopolio de facto del comercio exterior…


El Clan había conspirado previamente para encabezar una “independencia inteligente” (es decir, bajo su control, como plasmó el propio José Cecilio del Valle en la redacción del Acta de Independencia: “… para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo...”). Para ello, Mariano de Aycinena entró en clandestino contacto con el jefe militar de las fuerzas realistas en México, Agustín de Iturbide y preparó al antiguo Reino de Guatemala para “anexarse al primer Imperio Mexicano” inmediatamente que las circunstancias lo permitiesen. Los conservadores mexicanos habían resistido exitosamente la insurrección independentista por la vía militar, y tras el fusilamiento de Hidalgo (1,811) y de Morelos (1,815), tenían acorralado a Guerrero, líder del último reducto independentista. No obstante, cuando en España, en 1,820, el capitán Rafael Riego (utilizando al ejército que el Rey Fernando VII había organizado “para venir a poner orden en las Indias”) le dio golpe al gobierno absolutista y puso en vigor de nuevo la Constitución Española de 1,812, nuestros conservadores mesoamericanos se volvieron súbitamente “independentistas” también (¿qué criollo “bien nacido” querría formar parte de una España “republicana” -en donde todos serían ciudadanos con iguales derechos- si podía seguir viviendo en un régimen “imperial” americano, conservando sus consuetudinarios privilegios semifeudales?). El “Plan Pacífico” de Independencia fraguado en “la Casa Aycinena” tuvo éxito inicialmente: Iturbide envió (en 1,822) a Vicente Filísola, un mercenario de origen italiano, veterano de las guerras napoleónicas, al frente de una “división protectora” de 500 hombres (“armados y entrenados a la francesa”) reclutados en México, a la que pronto se le añadirían otros 1,500, reclutados localmente, para “pacificar” a Centroamérica. Como es sabido, el efímero primer imperio mexicano no duró mucho y su caída forzó el retiro de las tropas de Filísola, la convocatoria de nuestra Asamblea Nacional Constituyente e hizo viable el efectivo cercenamiento de la provincia chiapaneca, todo en 1,823. El desprestigio del Clan Aycinena tras esos azarosos episodios, los hizo permanecer con “perfil bajo” durante todo el período en el que se redactó la Constitución Federal (1,824-1,825), que resultó un documento republicano muy liberal, más inspirado en el experimento político de los EEUU, que en la restauración autocrática de la Europa de Metternich, que los conservadores criollos observaban, a distancia, con creciente nostalgia. Fue en ese contexto de un aparentemente inexorable republicanismo continental, que el Clan hizo su arriesgada apuesta de “co-gobernar” de una vez con el Partido Liberal, aunque fuera “manchando” nuestro primer ejercicio republicano con un inocultable fraude electoral financiado por “las familias”…


Esta segunda apuesta política tampoco le dio resultado al Clan y le costó a Centroamérica “sangre, sudor y lágrimas”: los liberales “exaltados”, como los hermanos Barrundia, Pedro Molina y Mariano Gálvez, nunca se sintieron cómodos con todo este entuerto, que pronto condujo a que consideraran a Manuel José Arce, quien trataba de encabezar un gobierno “de unidad nacional”, como un liberal “traidor, vendido a las familias”. La guerra civil se encendió en 1,826 y culminó con la invasión de la ciudad de Guatemala por otro coterráneo de Valle, el líder de los “fiebres”, Francisco Morazán, en 1,829, al mando del “Ejército Aliado Protector de la Ley”. Siguieron diez años de discordia, durante los cuales los liberales intentaron reformas radicales (confiscaciones a la iglesia y a los grandes comerciantes, reforma educativa, matrimonio civil y divorcio, reforma fiscal y reforma judicial), mientras los conservadores, los principales desde el exilio (incluyendo al Arzobispo Casaus y Torres), encendían los ánimos de un pueblo ignorante y azuzado desde los púlpitos. La epidemia del cólera que entró al país en 1,837 (“azote divino”, por consentir un “gobierno hereje”), condujo a una insurrección campesina liderada por Rafael Carrera, quien en 1,839 tomó por sorpresa la ciudad de Guatemala, sembrando el terror entre conservadores y liberales de la capital. A partir de 1,840, cuando Carrera derrotó definitivamente a Morazán, la Federación Centroamericana estaba muerta y en Guatemala se inició “la noche de los treinta años”. La “Casa Aycinena” volvió al poder en la disminuida Guatemala y reinstaló su monopolio sobre el comercio exterior, hasta ser realmente derrotada por el ocaso del mercado del añil, que no supieron manejar. Fueron sustituidos en la práctica por las nuevas “casas comerciales” de Herrera, Larraondo y Samayoa, quienes empezaron financiando a “los poquiteros” de la grana y después, del café, pero eso es otra historia. Lo relevante es que las temerarias “apuestas políticas” del Clan también iniciaron una tradición mediante la cual el pensamiento conservador “se disfraza” de liberal y por sus temores, termina “protegiéndonos” a cualquier costo, impidiendo nuestro progreso. Como ocurrió nuevamente en 1,871; en 1,954; y finalmente, del año 2,016 a estos días…



"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 26 de Mayo de 2020"

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