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  • Ciudadano Toriello

Las tres recetas

“Mientras bullen las aspiraciones y deseos de hombre, el hombre no escoje, sino yerra”- Johann Wolfgang von Goethe, en ‘Fausto’(1806), cavilando sobre sus encuentros con Mefistófeles.



Las tres persuasiones políticas del mundo moderno se enfrentaron violentamente durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Una improbable y efímera alianza entre el Comunismo y las Democracias Liberales derrotó al Fascismo, expresión extrema de la Autocracia. Tras ello, el mundo, ingenuamente, creyó que esta corriente de pensamiento político jamás resurgiría. Posteriormente, debido a su crónica insuficiencia productiva, con el derrumbe del muro de Berlín (1989) y la implosión de la Unión Soviética (1991), muchos pensaron que el Comunismo, a partir de entoces, también quedaba “kaput”; que la República Democrática, en lo político y la Economía de Mercado, en lo económico, serían la fórmula generalizada del futuro. Era, según postuló Fukuyama, “el fin de la Historia” (1992). Pero he aquí que no hemos llegado aún a tal desenlace: 30 años después, los dinosaurios todavía están allí...


El Estado Autocrático fue el resultado natural del caos que siguió al derrumbe del Imperio Romano de Occidente, en el siglo V. Tras mil años de prueba y error, la sumisión a un Señor armado más poderoso, a cambio de cierta seguridad frente a la anarquía, resultó en una cadena de señores y vasallos que eventualmente llegarían desde la aldea, hasta un Estado Nacional, a cuyo frente estaba un Rey “de nuestro idioma”. Ocurrió primero en España, Francia e Inglaterra y en el siglo XV era un proceso aún inacabado en Italia y Alemania. La “filosofía” política de esta “fórmula de gobernanza” la resumiría muy bien el Zar Nicolás II de Rusia, a fines del siglo XIX, al definirla a través de los siguientes tres elementos: (i) Autocracia, autoridad y poder de última instancia concentrada en una persona, llámese Zar, Rey, Emperador o “máximo líder”; (ii) Ortodoxia, conjunto de creencias y opiniones aceptables públicamente dentro del Régimen; y (iii) Nacionalismo, fervor patriótico obligado hacia los símbolos de la Nación del Autócrata, típicamente expresado mediante expresa identidad racial y disciplina militar.


No obstante, conforme las vidas cortas y brutales de la Edad Media, a través de lenta evolución, fueron cediéndole paso a la posibilidad de estudiar el pasado clásico, los “eternos inconformes” descubrieron, durante “el Renacimiento”, que ya griegos y romanos habían experimentado con otras fórmulas de gobierno distintas al despotismo y se preguntaron “¿porqué nó?”. Pero como es consustancial a la condición humana, para que aquellas disidencias pudieran materializarse, habría conflicto y violencia. Así, en 1649, los ingleses le cortaron la cabeza a Carlos I, porque les quería poner más impuestos, sin la anuencia del Parlamento. El experimento no resultó muy satisfactorio porque el primer “soldado del pueblo”, Oliver Cromwell, también tenía claras inclinaciones autocráticas y pronto se hizo dictador, con todo y “heredero”. Los ingleses pronto terminaron con sus excesos republicanos y eventualmente restauraron formalmente a la monarquía, pero eso sí, como una monarquía castrada de poder político real, sometida al Parlamento. Durante todo este proceso hubo una inusitada discusión pública, durante la cual cobró gran relevancia el pensamiento de John Locke (1632-1704), el “padre del Liberalismo”, en contraposición al de Thomas Hobbes, apologista de la Autocracia. La discusión “saltó el charco” y continuaría entre los futuros artífices de la Independencia de los EEUU y con más consecuencia aún, al otro lado del Canal de la Mancha, inspiró las disquisiciones públicas de los inmortales franceses Voltaire, Rosseau y Montesquieu, teóricos del “contrato social”. La Revolución Francesa (1789), con su concubina, la Guillotina, vendría a epitomizar a ese liberalismo clásico, al cortar otras cabezas reales y nobles y al oponer a la Autocracia, la división de poderes; a la Ortodoxia oficial, la tolerancia de los disidentes; y al Nacionalismo racista, los derechos del hombre (sin distingos de raza). Se buscaba darle libertad (de expresión, de consciencia, de comercio) al ciudadano común, a protegerlo de los abusos del poder político y económico. Se iniciaba la época de los gobiernos constitucionales, de la Ley sobre el capricho de los gobernantes, era el fin, se aspiraba, “del Antiguo Régimen”...


Pero también la Revolución de La Marsellesa tuvo su enfebrecido “soldado del pueblo”, Napoleón Bonaparte. Y también a él le nubló la vista el poder revolucionario, de manera que además de autocoronarse Emperador, llevó la guerra desde Francia hasta Egipto y desde Madrid hasta Moscú. Consecuentemente, todas las testas coronadas de Europa se unieron fatalmente para eliminar aquel desbocado peligro, para ellas mortal; cosa que lograron, finalmente y bajo la conducción intelectual del austríaco Príncipe Von Metternich, en 1815. Para la América Latina, aquello fue fatal: habiéndose iniciado su proceso de Independencia con la Invasión Napoleónica de España, pronto la inspiración de las Revoluciones Americana y Francesa cedió paso a la influencia de la reacción autocrática europea. Las élites criollas de nuestra América, espantadas por los excesos de la Revolución Francesa, aunque desbordadas por el fervor republicano inicial, se aseguraron de que en nuestras nuevas “repúblicas” el sistema autocrático sobreviviera, “disfrazado”. En Europa, el conflicto entre el Liberalismo y la Autocracia continuó hasta la Primera Guerra Mundial, en 1914. En apretada síntesis, el Occidente Europeo se hizo mayoritariamente liberal y el Oriente Europeo siguió siendo Autocrático. A partir de 1848, una serie de disturbios políticos en la Europa occidental y en el Norte de América, condujo al desmantelamiento progresivo de los resabios feudales del Antiguo Régimen y al consiguiente surgimiento de las clases medias. En la Europa Oriental y en la América Latina, no hubo tal suerte. Como resultado, la Revolución Industrial floreció en las naciones liberales y languideció en las naciones autocráticas, con excepción de Alemania y Japón, autocracias que, pragmáticamente, también crearon nuevas clases medias. En 1848, además, Marx y Engels publicaron el Manifiesto Comunista, desafiando la fórmula Liberal, por conducir, según ellos, a la extrema desigualdad económica. El desenlace de la Primera Guerra Mundial (1918) fue la implosión de las Autocracias “clásicas” (el Imperio Austro-Húngaro, la Rusia Zarista, el Imperio Otomano y el naciente Imperio Alemán). Paradójicamente, con el cínico auxilio de la Autocracia Germana y contrario a las predicciones marxistas, la primera Revolución Socialista exitosa ocurrió en la subdesarrollada Rusia y no en la Europa industrializada...


La Revolución Socialista mundial se empezó a articular con la “Internacional Socialista”, que conforme a los postulados del marxismo clásico, creía que ese fenómeno sería un “segundo acto”, tras la inicial “revolución burguesa”, en el contexto de una sociedad industrializada. Pero el ruso Lenín y el ucraniano Trotsky, a través de una pequeña facción del Partido Socialista Ruso de los Trabajadores, los “bolcheviques”, abortaron el proceso en la Rusia Imperial en 1917, demostrando que la Revolución Socialista radical era más viable en las atrasadas sociedades autocráticas que en las industrializadas democracias. Tras convertir oficialmente el ahora “marxismo-leninismo” en el Partido Comunista (1918), se dedicaron a “exportar” la Revolución, cosa que hicieron con éxito sólo hacia el Este, hacia China. Mientras tanto, Japón, tras copiar parcialmente los modelos de desarrollo europeo, incluyendo el desmantelamiento de sus estructuras feudales para crear una clase media, construyó una Autocracia (a la Bismark), industrializada y militarmente poderosa. En Europa, los nuevos autócratas (Mussolini, Franco y Hitler) ya no invocaban el ridículo “derecho divino” de los Reyes, pero seguían fieles a la fórmula de Autocracia, Ortodoxia y “Nacionalismo”. La alianza entre Hitler, Hirohito y Mussolinni (“el Eje”) fue resultado de su afinidad ideológica: los tres, despóticos, intolerantes y racistas. Cuando se abalanzaron sobre sus vecinos, el mundo liberal, a regañadientes, tuvo que enfrentarlos, “en defensa propia”. El “carnicero de Georgia”, José Stalin, a la muerte de Lenín (1924) y mediante sobornos y asesinatos, había tomado el control dictatorial de la Rusia Soviética. Pese a su supuesta persuasión comunista, era ya claramente, un Autócrata; y oportunísticamente se alió a Hitler, hasta que Hitler lo traicionó. Los “Aliados”, las democracias liberales, aprovecharon pragmáticamente la situación y mediante un “matrimonio de conveniencia” le “cerraron el cerco” a Hitler. Lo demás, es Historia: de la Segunda Guerra Mundial, surgieron sólo dos superpotencias, la Unión Soviética, tratando de expander el comunismo, y las Democracias Liberales, tratando de expandir el experimento liberal. El Estado Autocrático había quedado, supuestamente, eliminado para siempre...


No da el espacio de un artículo periodístico para mucho análisis más. Pero baste señalar que el registro histórico deja claras lecciones: la Autocracia, con su concentración de poder, produce abuso y corrupción y retrasa el auténtico desarrollo socio-económico. Es, también, más suceptible de ser derrotada por el marxismo-leninismo que una República Democrática, con sus clásicos mecanismos institucionales de división del poder, destinados a hacer prevalecer el imperio de la Ley. En un mundo en el que vuelven a florecer las Autocracias, con Putín y Xi Jinping blandiendo ortodoxias “de izquierda”, pero también con un aspirante a autócrata, Donald Trump, blandiendo otra ortodoxia “de derecha”, es penoso constatar las miopes inclinaciones autocráticas de nuestras élites. América Latina ha sido falsamente liberal, disfrazando sus claras estructuras semi-feudales bajo un delgado ropaje liberal, habiendo retardado peligrosamente el surgimiento de una verdaderamente amplia clase media. Guatemala es un caso extremo de tal simulación. En un par de años, una vez más, el régimen se propone plantearnos escoger entre las dos fórmulas perdedoras de la Historia reciente: el marxismo-leninismo y la autocracia disfrazada. Ya es hora de que superemos este atavismo y hagamos realidad la auténtica República Democrática. Eso es lo que se está preparando en “la gran Carpa”, ciudadano: una amplia coalición de los amantes de la libertad, de la Ley y del auténtico desarrollo. Una salida a la corrupta y enfermiza trampa política que nos quiere imponer, una vez más, la insufrible narco-cleptocracia que nos desgobierna. Esté atento ciudadano, un futuro promisorio se acerca...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 11 de Enero de 2022"

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