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  • Ciudadano Toriello

La pre-consciencia de las masas

“... La Ley de Amparo establece que ‘si el solicitante del Amparo no puede firmar, lo puede hacer por él otra persona o el abogado que auxilia’ (inciso i del Artículo 21). Es fundamental que quede claro que la ley no exige que el solicitante se encuentre en territorio nacional para plantear un amparo y que en caso de que el solicitante no pueda firmar, lo puede firmar el abogado que auxilia. En los amparos donde no he podido firmar las solicitudes, por no estar en Guatemala o por otra razón, lo hizo por mí el abogado que me auxilió en cada caso. He cumplido con todos los requisitos que exige la ley para solicitar amparos y la Corte de Constitucionalidad no me puede pedir requisitos distintos a los que están específicamente definidos en el Artículo 21 de la Ley de Amparo. Los magistrados Roberto Molina, Dina Ochoa, Leyla Lemus y Rony López pretenden violar mis derechos, ordenar mi persecución penal y pretender que el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala me sancione, a pesar de que he cumplido estrictamente la ley...” – Alfonso Carrillo, jurista guatemalteco disidente, objeto, como otros, de una obvia y burda vendetta política.



Hace unos días una señora que vive en una casa palaciega sobre una colina, con paradisíaca vista a los volcanes y entre el esplendor de nuestra exuberante flora tropical, pero rodeada de paupérrimas poblaciones rurales, me recriminó mi crítica al “despotismo efectivo” de Bukele. “Cuando finalmente alguien está haciendo lo que resulta necesario” -me dijo- “los necios, como vos, lo critican”. “Además, eso de que entró con la fuerza armada a la Asamblea Legislativa, que igual que aquí, era una cueva de ladrones ¿por qué te molesta? Y lo de ‘volarse’ a todos los magistrados de la Sala de lo Constitucional, que no lo iban a dejar gobernar ‘bien’, no es más que cumplir los deseos de los votantes, o sea que es legal; para eso lo eligieron los guanacos. Ojalá tuviéramos un Bukele aquí, que meta al bote a los mareros y a los políticos corruptos y que la gente pueda andar tranquila sin temor a que los asalten, como en mis pesadillas” -dijo, señalando con el dedo y el mentón los alrededores. “Creo que deberíamos hacer a Bukele Presidente de Centro América” – sentenció finalmente. De nada sirvió que yo señalara que también a Barrios lo había declarado una Asamblea Constituyente “dictador constitucional”, cumpliendo los deseos de los votantes, con todos los peligros que eso implica. “Necesitamos a alguien así”- dijo apasionadamente- “o estos corruptos nos van a echar en manos de los comunistas”. “Y también está bueno que mande a los gringos al carajo, seguro los chinos le van a dar el pisto que necesite”. Iba a explicarle que pese a lo mucho bueno que le reconozco a Bukele, El Salvador es una economía dolarizada, con, al menos, uno de cada cinco ciudadanos viviendo en los EEUU y enviando remesas a ciencia y paciencia del Tío Sam y con una deuda en moneda dura equivalente a más del 90% del PIB, por lo que el Presidente salvadoreño pronto tendrá que reducir gastos o aumentar impuestos, por la dificultad de adquirir más deuda en dólares, pero desistí. Ella sólo sabe que “las cosas no andan bien” y que parece que Bukele, “las va a arreglar”...



El apasionado intercambio de opiniones, sin embargo, me pareció revelador: esa señora había sido hasta ahora parte del “voto duro” del régimen conservador guatemalteco, del cual ya está, obviamente, desencantada. Teme que la corrupción y la insensibilidad del sistema hacia los deseos de los ciudadanos pobres (¡las vacunas!, por ejemplo), orille a estos últimos a “ponerle coco a las Telmas”. Y es que no nos llamemos a engaño, ciudadano: desde 1986, el menú electoral guatemalteco sólo permite dos opciones: el de los conservadores del régimen, tanto “por la izquierda” como “por la derecha”, y el de los neomarxistas, tolerados “para asustar con el petate del muerto”. Eso sí, “controlados” todos los disidentes con leyes capciosas, ahora reforzándose mediante una agenda legislativa regresiva. El sistema permite una competencia sucia por tomar el porta-estandarte del régimen, pero una vez queda esto definido “en primera vuelta”, como sucede ahora mismo en El Perú, se orilla al elector a ‘elegir’ un gobierno malo – o por lo menos, impopular, porque el otro, es peor. Se apuesta por el miedo del votante al cambio radical. De esa manera, la mayoría de la minoría ha logrado la persistencia del sistema desde 1986. Claro que los cálculos pueden fallar. Hasta hace poco, cuando la situación llegaba al extremo de hacerse insostenible, venía “el cuartelazo”, o más técnicamente, el “golpe de Estado”. Pero en el siglo XXI, con los ejércitos extirpados de la política, eso ya no es políticamente viable y entonces, para ciertas damas de sociedad, por ejemplo, una bienvenida salida es que surja un Bukele, para dar, si es necesario, “un bukelazo”. Si sale bueno, pues bueno; y si nó, “sangre, sudor y lágrimas... ¡pero nó comunismo!”



En un país en el que no se enseña a los escolares la asignatura de Historia, y en particular no se enseña Historia Patria, no es extraño que nuestras élites ignoren que el sistema liberal republicano empezó como un movimiento sedicioso en contra del despotismo de las monarquías, cosaque aquí no se logró plenamente. El sistema liberal republicano resultó de la imposición de “un orden nuevo de cosas” y en la mayoría de las ocasiones, a través de un proceso revolucionario. El filósofo alemán Jorge Guillermo Federico Hegel (1770-1831) inspiró el análisis del proceso, en “cinco fases”, así: (1) La primera fase es aquella en la que se hace evidente la insuficiencia del orden anterior. Esto se manifiesta de dos maneras: (1.a) con la pre-consciencia de las masas, esa sensación indefinida pero generalizada en la que sin precisarlo bien, la gente intuye que “las cosas no andan bien”; y (1.b) con lo que Hegel llamó la “consciencia vigilante” de los formadores de opinión, “los teóricos”. Estos proponen “fórmulas” para salir del atasco histórico. Una sociedad puede quedarse indefinidamente en esta situación, hasta que se entra a (2) La segunda fase, o sea, la fase política. En esa fase, surgen líderes con suficiente capacidad como para entender a los “teóricos”, pero además, con suficiente carisma como para transmitir el deseo de cambio “a las masas”. Los marxistas europeos del siglo XIX , por ejemplo, entendieron esto a la perfección: Marx y Engels eran su “consciencia vigilante” y Lenín y Trotsky fueron, al final del proceso ruso, los líderes políticos que capitalizaron, en la tierra del Zar, un específico deseo de cambio. Si la segunda fase se completa exitosamente y llega un mayoritario deseo de cambio, inexorablemente viene la (3) Tercera fase: la toma del poder; y si esta supera la inevitable (4) Cuarta fase: la reacción, entonces se entra a la (5) Quinta fase: la consolidación y expansión del Orden Nuevo. Hasta que ese “orden nuevo de cosas” se vuelva otra vez insuficiente y el proceso -según la visión “dialéctica” de Hegel (tesis, antítesis, síntesis)- se repita, en una espiral sin fin...



El actual régimen político guatemalteco es, evidentemente, “un orden de cosas insuficiente” -no muy distinto de El Salvador “pre-Bukele”- para conducirnos a un futuro mejor. En decadencia y dando “patadas de ahogado”, como lo revela su patética y burda persecución de los disidentes (de los cuales los casos de Alfonso Carrillo y Juan Francisco Solórzano Foppa, no son más que los notorios más recientes). No saben sus envalentonados beneficiarios que en el fondo son débiles, o no lo quieren aceptar; pero un análisis desapasionado de las encuestas previas a la “primera vuelta” de la última elección presidencial (2019), revela que los verdaderos conservadores son, si bien les va, un 15% de nuestro electorado. Los radicales marxistas y neo-marxistas, otro tanto. Esto quiere decir que siete de cada diez guatemaltecos no están conformes ni con lo uno ni con lo otro. Pero el régimen, con sus alambicados requisitos y sus trampas estructurales, se las arregla para que “el menú” político, al final de cada ciclo, sea escoger entre uno de los “líderes” de la cleptocracia (de “izquierda” o de “derecha”) y a veces, un “candidato anti-sistema”, para asustar al electorado “con el petate del muerto”. El cuento del régimen es “o nosotros, o Venezuela”. Y no digamos nada, por redundante, de cómo el sistema nos asigna “representantes” al Congreso, o magistrados y jueces, en esta crecientemente ilegítima “democracia de fachada”, diseñada para imponer la voluntad de la minoría conservadora. Así, la mayoría observa, hasta ahora impávida, como “el actual orden de cosas” está por convertirnos en una nueva Honduras, para evitar que dizque nos conviertan en una nueva Nicaragua. Claro, muy pronto los aspirantes oportunistas a la Presidencia empezarán a dar a entender que ellos son “nuevos Bukeles”, pero “respetuosos de los controles republicanos”, para convencernos de que podemos ser una mezcla de El Salvador y Costa Rica...



Si usted está leyendo esto, ciudadano, usted forma parte de la “estructura informal de liderazgo” de nuestra sociedad. Debe entender que para que Guatemala salga de este predicamento, usted se tiene que involucrar. Y no necesitamos otro “caudillo”. Necesitamos un auténtico movimiento político que genere un genuino, generalizado y específico deseo de cambio, hacia una república incluyente, con un sistema capitalista moderno y popular, verdaderamente democrático. “La fórmula de Lincoln”, pero “tropicalizada”. Esto no sólo es posible, ya sólo es cuestión de tiempo; que no lo engañe la absurda prepotencia y actual preponderancia pasajera de la cleptocracia que aún sueña con Trump, pues su fin se avecina. A cámara lenta y pese a las apariencias, este sistema se derrumba. Ya existe aquí -aunque con dos siglos de retraso- “la pre-conciencia de las masas”, sólo falta que la estructura informal de liderazgo de la sociedad se involucre. Lo exhorto a no perder la esperanza y a estudiar esa fórmula. Vaya a www.ciudadanotoriello.com, a la pestaña de “Plataforma Ideológica” y encuentre el “Manifiesto Fundacional del Partido Liberal Auténtico de Centroamérica”. Si no tiene mucho tiempo, diríjase directamente a la página 71 y siguientes y analice “la fórmula” ahí propuesta. Tenemos futuro, pero éste no descansa sobre los hombros de un novel cacique “salvador”, sino en la estructuración de un verdadero y generalizado movimiento político liberal, moderno, en el que lo que cuenta son las ideas, las propuestas, más que sus porta-estandartes. Cuando el 70% se manifieste, no habrá poder que lo detenga. No permita que nos roben el futuro de la Patria. Aún estamos a tiempo...



ACLARACIÓN: En carta pública de Sergio Ricardo Barrios Palacios, publicada en elPeriódico en su edición del 18 de mayo pasado, dicho ciudadano se refiere a mi columna “¿La República Insolidaria?” (del 4 de mayo) y señala que fue el gobierno arbencista el que empezó la mala práctica de no contribuir al IGSS. Para los amantes del detalle histórico, el gobierno de Arbenz, un par de meses antes de ser derrocado, "condonó legalmente", sus incumplimientos con el IGSS y mediante Decreto del Congreso, se "autofacultó" para determinar los montos a pagar en lo sucesivo. Aprovechando el precedente de dicho instrumento legal, el gobierno de Castillo Armas sencillamente dejó de pagar a partir de 1956, sin molestarse con sucesivas formalidades legales. Las autoridades del IGSS sólo registran como adeudos del Estado, los impagos "no condonados legalmente" a partir de 1956. Pero sí tiene razón Barrios Palacios, fue el gobierno arbencista el del “pecado original”.


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 25 de Mayo de 2021"

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