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  • Ciudadano Toriello

In hoc signo vinces

“Con este signo vencerás.”- Según Eusebio de Cesárea, cuando Constantino marchaba con su ejército al encuentro de su rival Maxencio, por la primacía de la tetrarquía, levantó su vista al cielo, a donde estaba el sol. Vio entre las nubes una cruz de luz, al tiempo que escuchaba la auspiciosa frase. Una noche después, el futuro restaurador del imperio unificado tuvo un sueño en el que Jesucristo le indicaba que usara el lábaro de Chi-Rho, cristograma formado con las dos primeras letras griegas de la palabra Cristo, contra sus enemigos. Habiendo ordenado pintar dicho lábaro en el escudo de sus soldados, venció en la batalla del puente Milvio, sobre el Tíber, tomando Roma en Octubre del año 312. Poco después, en Febrero del 313, firmó el Edicto de Milán en compañía de su co-Augusto Licinio, concediendo libertad de culto en todo el imperio romano. Cuando este último renegó de la obligada tolerancia a los cristianos que implicaba el Edicto, Constantino lo combatió y lo venció, restaurando la unidad del imperio en el 324. Años más tarde, enfermo de muerte, se preparó para ser absuelto de sus pecados con el bautismo, de manos del obispo Eusebio de Nicomedia. Fue enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, en la nueva capital romana, tras La Pascua del 337 y desde entonces, los ortodoxos lo consideran santo. El cristianismo, una secta obsesionada con la ética del buen vivir, de origen palestino, perseguida y semi-clandestina hasta entonces, durante su gobierno pasó a ser la religión dominante del imperio y como tal, se extendió rápidamente por todo el mundo conocido. De esa suerte, la civilización occidental que heredamos de Roma quedó indeleblemente vinculada no sólo al gobierno de leyes, sino al monoteísmo y a la búsqueda permanente del triunfo del bien sobre el mal...



El cristianismo llegó a Guatemala a horcajadas de las huestes que hicieron la conquista española, acompañadas al inicio por humildes frailes idealistas que querían extender a estas tierras “el reino de Dios, que no es de este mundo”. El cristianismo, a su vez, había llegado a España, entonces la provincia romana de Hispania, con el encendido verbo misionero de Santiago, el Apóstol, tras la muerte del nazareno; cumpliendo el imperativo aquél de “llevar la palabra de Dios por el mundo”. Según cuenta la leyenda, la virgen María se le apareció en la hoy Zaragoza, en el año de su asunción, sobre una piedra, dando origen al culto de “la virgen del Pilar”. Tras aquella aparición, Santiago volvió a Palestina, en busca de María, sólo para encontrar la muerte, en el año 44, torturado y decapitado, por orden del Rey Herodes Agripa I, nieto de aquel infame “Herodes mata-niños”, que una vez trató de matar al mismo Mesías infante. Subrepticiamente, sus discípulos llevaron sus restos de vuelta a Hispania, hasta donde hoy queda Galicia, dándole sepultura en una tumba que quedó olvidada por siglos, mientras suevos y visigodos se asentaban en la Península. En el año 813, el ermitaño Pelayo avisó al obispo de Iría Flavia que una estrella en el firmamento señalaba un viejo cementerio romano en un claro del bosque. Uno de los sepulcros contenía un cadáver decapitado y pronto los tres cuerpos enterrados fueron identificados como pertenecientes a Santiago y sus discípulos Teodoro y Atanasio. El Rey asturiano Alfonso II, “el casto”, habiendo escuchado la historia, hizo peregrinación a aquel lugar donde decían estaba enterrado Santiago, de Compostela (“del campo de la estrella”); ordenando la erección de una iglesia en el lugar e iniciando así uno de los centros de peregrinación más concurridos de la cristiandad. Tres décadas después, Ramiro I de Asturias, primo y sucesor de Alfonso II, tuvo otro sueño, como el de Constantino el Grande. En él, el apóstol Santiago alentaba al Rey cristiano a no pagar tributo a los musulmanes, quienes recientemente se habían adueñado de la Península. Así que al grito de “Santiago y cierra (ataca) España”, el asturiano, sin más, inició la Reconquista; a partir de la mítica batalla de Clavijo, en la que entró en escena, faltaba más, un ecuestre y armado de aceros apóstol, Santiago “mata-moros”. Aún hoy, en algunos pueblos del altiplano guatemalteco, como testimonio a la eficaz labor “apostólica” de los frailes españoles, sobrevive aquella leyenda, en la que danzantes autóctonos con máscaras de hombres rubios, de ojos azules, derrotan con sus espadas rectas, a los morenos y narizones moros, con sus fierros corvos...


El cristianismo fue adoptado de manera discreta pero creciente por la expansiva clase media del imperio romano, durante los gobiernos de “los buenos emperadores”, desde Trajano hasta Marco Aurelio, en el siglo II ddC y eso le dio carácter “universal”. Durante el reinado de Cómodo, el imperio entró en una crisis tan grave que parecía terminal y la angustia sobre el futuro y el sentido de la vida profundizó la propagación de una filosofía existencial que consideraba esta vida sólo como un tránsito hacia una vida superior. Bajo constante asedio de los bárbaros y en un clima de guerra civil, el abandono del politeísmo y de un cínico hedonismo oficial, cobró importancia política para la defensa imperial, realidad que influyó en la adopción oficial del cristianismo por Constantino y sus sucesores, necesitados de ciudadanos de convicciones y principios por los que estuvieran dispuestos a morir. Paradójicamente, el cristianismo sobrevivió al imperio que tras matar a Cristo y reprimir a sus seguidores, posteriormente esparció sus enseñanzas por el mundo; y de manera aún más sorprendente, fue el cristianismo el que preservó el latín y las mejores enseñanzas del mundo clásico, que se derrumbó en Occidente en el siglo V. Pero a fines del medioevo la autoridad moral de la iglesia empezó a utilizarse para darle legitimidad al poder “temporal”, terrenal. Siendo que los cristianos son también humanos, la fusión de la autoridad de Iglesia y Estado condujo a la corrupción y a la disensión. Primero había sido el cisma (1054) con la iglesia de Oriente, mediante la cual, el cristianismo se extendió de la segunda (Constantinopla) a la tercera Roma (Moscú), bajo la influencia de las enseñanzas de San Cirilo y siguiendo su propio alfabeto y camino. Luego vino el cisma de Occidente, el de los papas de la francesa Avignon, durante “el cautiverio babilónico” (1309-76). Finalmente, la corrupción de los papas renacentistas, entre quienes destaca el español Rodrigo de Borja (“el papa Borgia”), Alejandro VI, condujo a la divisiva Reforma y Contrareforma, precisamente cuando las huestes españolas trajeron el cristianismo a esta parte del mundo, la de “Santiago de los Caballeros”.


Aún hoy, el forcejeo ideológico entre el cristianismo de la prosperidad, de parentesco anglosajón y el latino, que subraya que “más fácil pasa un camello por el ojo de una aguja, que un rico al reino de los cielos”, divide a unos cristianos de otros. Pero la esencia de nuestra civilización subyace en una cultura cotidiana que aún cree profundamente en el gobierno de leyes y en la eventual victoria del bien sobre el mal. Aunque no sea lo que nuestros ojos ven, como decían los españoles de la generación de mi madre: “...aquí, gracias a Dios, se peca”. Es decir, aunque vemos -y toleramos- cosas terribles, sabemos que no están bien. Sabemos que no es ésa la verdadera esencia del buen vivir. Añoramos que vengan leyes justas, funcionarios probos, vidas virtuosas. Esa es la herencia cultural que está detrás de “los nacimientos”, de “las posadas” y un poco adulterada, del arbolito navideño y del gordo “santaclós”. En eso medito cuando veo que la vida consciente es un fenómeno bello y efímero, como un canchinflín que asciende airoso, echando sus luces, para desaparecer luego en la oscuridad de la noche y dejando, como diría Albert Camus, nostalgia de trascendencia ... y de Dios. Y en nuestra cultura, ese Dios de nuestras nostalgias se hizo hombre, naciendo en un humilde pesebre, en un establo, perseguida su familia por el déspota de turno. Por eso atesoro mi abigarrada herencia cultural y entre la cacofonía mercantil de la temporada, veo, prodigo y recibo con agrado, un abrazo que viene acompañado de un “¡Feliz Navidad!”...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 22 de Diciembre de 2020"

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