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  • Ciudadano Toriello

¿Fiesta aycinenista?

“La Historia nos enseña... que no aprendemos de la Historia.”- sentencia atribuida a Jorge Guillermo Federico Hegel (1779-1831).



El 5 de mayo de 1862, un pobremente pertrechado ejército de cuatro mil efectivos del gobierno liberal mexicano, presidido por el acosado Presidente Benito Juárez, detuvo abruptamente en las afueras de la ciudad de Puebla el avance de ocho mil efectivos de las tropas francesas, enviadas por Napoleón III y pertrechadas con la mejor tecnología militar de la época. La inesperada victoria de las armas mexicanas sobre los invasores, invitados por traidores conservadores para forzar una “segunda” monarquía en el Septentrión hispano americano, se debió en no pequeña medida al arrojo con el que entraron a un enfrentamiento desigual, liderados por un oficial de caballería que en aquel momento adquirió dimensiones heroicas, el entonces relativamente desconocido José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, un gallardo y valiente mestizo oaxaqueño. Al año siguiente, trabajadores agrícolas mexicanos en California, aún resentidos por la guerra que México perdió contra los EEUU (1846-1848) y que dio como resultado, entre otras desgracias, la pérdida de la Alta California por México, empezaron la tradición de celebrar jubilosamente, con mariachis, tequila y desfiles, todos los años, aquel día en el que “las armas mexicanas se cubrieron de gloria” combatiendo al “ojiazul” invasor. En México, Benito Juárez ya había declarado, cuatro días después de la acción armada, que aquella fecha sería observada anualmente, como el feriado nacional de “la Batalla de Puebla”. Hoy en día, sin embargo, “el cinco de mayo” es celebrado en los EEUU como el “día de la mexicanidad” por mexicanos y chicanos y por estudiantes anglo-americanos aficionados a la “fiesta” y a la cerveza; pero esencialmente ignorado, oficiosamente, en la mera nación mexicana. La razón probablemente ya la adivinó usted, estimado lector: tiene que ver con el hecho de que Porfirio Díaz pasó de ser héroe indiscutido, a inconfundible villano, en la historiografía azteca...



Este tipo de decisiones políticas en cuanto al simbolismo de las fechas, es potestad de todos los gobiernos soberanos. En los EEUU, por ejemplo, se niegan a celebrar el “día del trabajo” el 1 de mayo, día vinculado a la “masacre de Chicago”, en la que murieron o resultaron heridas decenas de víctimas, a manos de las autoridades, cuando manifestaban a favor de la jornada laboral de las ocho horas. En vez de tal fecha, los norteamericanos celebran “Labor day”, el primer lunes de septiembre, todos los años, así le pese o le incomode al resto del mundo. El propio Porfirio Díaz fue adicto a tal “pecado”: ya entrados los mexicanos plenamente en el llamado “porfiriato” (1876-1911), poco a poco se fue creando la tradición de celebrar “el grito de Dolores” desde el día anterior, fecha del “santo” de don Porfirio, quien fue bautizado el 15 de septiembre de 1830. De esta suerte, “las fiestas patrias” empezaban entonces en México, “desde el 15”, con “el besamanos” de don Porfirio y continuaban todo el día hasta que al filo de la medianoche, ya bien “encumbrados” todos por los tequilas del caso y por la ininterrumpida música de los mariachis, cualquier jefe político de aldea -imitando al Presidente- se subía al estrado y “se echaba... ¡el grito!”. Esta manera de mezclar “el cumpleaños de la nación” con el “cumpleaños del Presidente” -que se pretendía que en la mente del pueblo viniera a ser lo mismo- llegó a su epítome en 1910, cuando ¡por séptima vez! “don Porfirio” fue “electo” Presidente en el año en el que México “cumplió 100 años” y su “héroe” y cuasi-vitalicio portaestandarte, sus “vigorosos 80”. El último caudillo y general-revolucionario “de campo” que presidió México, “el manco” Álvaro Obregón Salido, trató de “jugarle la vuelta” a don Porfirio, celebrando su propio “Centenario de la Nación Mexicana”, en 1921. Hasta mandó a acuñar una moneda de pura plata de dos pesos y otra de oro, de cincuenta, con las fechas 1821-1921. Pero los ideólogos de la Revolución mexicana no vieron conveniente aquello de celebrar la consumación de la guerra independentista como la fecha de la “verdadera” Independencia, porque ello equivalía a hacer del conservador Agustín de Iturbide un ambivalente “héroe” de la misma. Así que muerto Alvaro Obregón (por cierto, a tiros, por un conservador “cristero”, en 1928) y tras condenar a Porfirio Díaz a un discreto olvido oficial, los mexicanos volvieron a la tradición de Hidalgo, Morelos y “el grito” de 1810...



Todo esto viene a cuento por nuestro próximo bicenterario.... que opino no debemos celebrar el 15 de septiembre de 2021, sino hasta el 1 de julio de 2023. La tradición de celebrar el 15 de septiembre ha sido un astuto golpe propagandístico, prolongado por dos siglos, de una conspiración cuyo fruto final ha sido la terca cultura política de este disminuido Estado conservador y elitista, que a ojos vista, tras 200 años de supuesta “independencia”, ha sido incapaz de proveer de ciudadanía plena y de una vida digna a la mayoría de sus habitantes. Pese a las viejas y también a las actuales apologías al respecto, la evidencia de esta conspiración retrógrada es abrumadora: en el afán de proteger su control sobre el comercio exterior, una pequeña élite capitalina no tuvo empacho en enemistarse con todas las dirigencias provincianas, retrasar la adopción de auténticas fórmulas republicanas y llevarnos a la guerra civil que destruyó a la nación centroamericana. Siempre hubo resistencia, sin embargo: (i) José Cecilio del Valle, introdujo en el Acta del 15 -que no quiso firmar- el requisito de que la Independencia y sus formas de gobierno fuesen definidas por una Asamblea Nacional Constituyente; (ii) al caer en México el efímero imperio iturbidista al que la conspiración tramposamente nos anexó, Vicente Filísola se vio orillado a convocar a tal Asamblea; y (iii) ya instalada la Asamblea, ésta le exigió el retiro inmediato de las tropas mexicanas y nos declaró independientes “de... España, de México y de cualquier otra potencia...”, el 1 de julio de 1823.



La reacción retrógrada no se hizo esperar, no obstante: pese a que el descalabro “del primer imperio mexicano” los hizo guardar “perfil bajo” por un tiempo, ni bien había salido Filísola de Guatemala (el 3 de agosto), los enemigos de la República orquestaron un golpe militar contra la Asamblea, a manos de Rafael Ariza; quien tras destituir a su Comandante, tomó control del “Batallón de fijo” y la sitió el 15 de septiembre de 1823. Un grupo de patriotas capitalinos, encabezados por José Francisco Barrundia, enfrentaron a los golpistas y solicitaron ayuda al ejército del Estado de El Salvador. Los conservadores, temerosos de la hegemonía de una facción republicana armada, solicitaron también el envío de tropas quetzaltecas. Hubo muertos y heridos, pero finalmente Ariza salió huyendo rumbo a “los Altos” el 27 de septiembre y sus partidarios se desbandaron. Tanto las tropas quetzaltecas como las salvadoreñas, que se tardaron un mes en llegar, regresaron en Noviembre a sus terruños, no sin antes “hacerse muecas” y presagiar futuros desencuentros. Pero los conspiradores conservadores continuaron con sus maquinaciones frente al hecho consumado de un gobierno constitucional, perpetrando nuestro primer fraude electoral en los primeros comicios para elegir autoridades federales. La subsecuente guerra civil eventualmente conduciría a la destrucción de la República: en 1838, el clérigo-marqués Juan José de Aycinena, recién vuelto del exilio y siendo diputado conservador ante el Congreso Federal reunido en San Salvador, propuso la derogación de la Constitución de 1824 y que los Estados “siguieran sus propios rumbos”. Tal propuesta se hizo irreversible cuando “el guardián armado de la República”, Francisco Morazán, fue pasado por las armas, en Costa Rica, un 15 de septiembre de 1842... ¿Qué celebramos el 15 de septiembre?



En 1867, en Querétaro, Benito Juárez fusiló a Maximiliano I de Hasburgo, testa coronada del “segundo imperio mexicano”. Desde entonces decir “conservador” en México vino a ser casi equivalente a decir “traidor a la Patria”, pues ellos habían asistido a la invasión francesa que puso “al emperador” en el trono del Castillo de Chapultepec. En Guatemala, sin embargo, los conservadores fueron más astutos y se conformaron con una autocracia aldeana, la del “presidente vitalicio” Rafael Carrera, eso sí, sin Constitución; y con ello preservaron el pensamiento conservador en Guatemala más efectivamente, lo hicieron parte de la cultura política que subsiste hasta hoy. Intentaban conservar aquello, la sociedad de dos clases, que la República intentaba transformar. En boca de uno de los voceros de la élite conservadora, Manuel Francisco Pavón y Aycinena: “el mejor gobierno es el que no se siente” (por sus tradicionales beneficiarios, añado yo; porque el pueblo vaya que sentía el peso de sus estructuras feudaloides). Pero la rueda de la Historia no se detiene y por fin la República llegó. Los conservadores aprenderían su lenguaje y continuarían minándola por dentro, pero ésa ya es la historia que sigue. Por eso creo que hoy hay que conmemorar el bicentenario recordando a los verdaderos “padres” de la República: a José Cecilio del Valle, a Pedro Molina, a Mariano Gálvez y a Francisco Morazán; eso puede hacerse citando el texto del himno nacional que escribió el bardo liberal José Joaquín Palma, antes de que el dictador Jorge Ubico lo mandara adulterar. Donde hoy dice “sin choque sangriento” (que sí lo hubo, antes, durante y después de 1823) el bardo había dicho que “nuestros padres... te arrancaron del potro sangriento y te alzaron un trono de amor”. Y mañana 15, a falta de las campanas doblando y los 21 cañonazos, a las seis de la tarde, un minuto de silencio por el sueño de una Centroamérica republicana, que aún vive, a pesar de que trataron de fusilarlo sumariamente, junto a Francisco Morazán...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 14 de Septiembre de 2021"

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