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Fantasmas del porvenir

“De todos los locos bandazos sin precedente que han experimentado los mercados financieros desde el arribo de la pandemia del Coronavirus, ninguno ha sido tan capaz de dejarnos con la boca abierta como el colapso este lunes de un segmento clave del comercio petrolero estadounidense. El precio del contrato a futuro (West Texas Index –WTI) que expira este martes (hoy) cayó a territorio negativo: ¡a –US$37.63 el barril! La razón: con la pandemia que está paralizando a la economía hay tanto petróleo sin utilizar, que las empresas energéticas se han quedado sin espacio para almacenarlo… Subrayando la preocupación por capacidad insuficiente de almacenaje a corto plazo, el precio del mercado a un mes plazo, cerró a US$20.43 el barril. La diferencia de precios de futuros de un mes (abril-mayo 2020) es la más alta de la Historia. ‘El contrato de crudo de Mayo se ha ido no con un gemido, sino con un grito primigenio…” – dijo Daniel Yergin, historiador petrolero y vicepresidente de IHS Markit Ltd., citado por Bloomberg Green, entidad “líder en información finaciera, de negocios y análisis”, en su edición en línea de ayer, 20 de abril, 2020, a las 4:28 pm CST.

En su reciente obra, “Las Naciones Desunidas”, Peter Zeihan, uno de esos “gurús tras bambalinas”, consultores de altos vuelos del antiguo –y anteriormente profesional- “departamento de Estado” (hoy institucionalmente despojado de su antiguo talento conceptual por “la gente de Trump”), y también ex “economista en jefe” del Stratfor Institute de George Friedman, señala que estamos al inicio de una nueva era. Nó, no se refiere “al mundo después del Coronavirus”. Se refiere a un mundo en el que los EEUU parecen haber abandonado su rol de “gendarme mundial”. Dice Zeihan, en la obra citada, que los EEUU iniciaron una “era post-imperial” en 1946, al terminar la Segunda Guerra Mundial, durante la cual forjaron una alianza universal en contra de la Unión Soviética. En su lucha por superar a un adversario potencialmente letal, los EEUU persuadieron al mundo a unirse bajo su liderazgo en contra del único imperio de facto que quedó tras el conflicto bélico (la antigua URSS), protegiendo a sus aliados (desde la Europa vencida y la camada de nuevas naciones tercermundistas en el Medio Oriente, África y la América Latina, hasta los poderes asiáticos y la propia China Continental, a partir de 1979) con “el paraguas nuclear y el sistema financiero de Bretton Woods”. El mundo, continúa Zeihan, experimentó una era de paz y prosperidad sin precedentes, dando lugar a un mundo económicamente “multipolar”, mientras los EUA (que técnicamente, al no exigir tributo directo ni sumisión absoluta, no actuaba como un imperio) “patrullaban la estratósfera y los océanos del mundo”, permitiendo con ello a todas las naciones, grandes y pequeñas, amigas y enemigas, acceso gratuito a mercados de cada vez mayor escala, sin riesgos mayores, todo “a costa y por cortesía del ‘american taxpayer’”. Aquella ‘alianza americana’ triunfó espectacularmente al derrumbarse el muro de Berlín en 1989. No obstante, ya sin enemigo común, la antigua alianza ha venido resquebrajándose desde que George H. W. Bush (padre) y su “mundo de mil luces” perdieron la Presidencia de los EUA, en 1992. Desde entonces, dice Zeihan, Bill Clinton ignoró la geoestrategia, George W. Bush (hijo) abusó de sus aliados, Barack Obama los ignoró y Donald Trump, los insultó. Los aliados se fueron reduciendo de casi todos, a los que obviamente no podían “zafarse” y finalmente, “a los que no tienen más alternativa”…

Pero esta desintegración “del imperio que se rehúsa a serlo” (Borges), nace de las entrañas de la propia República Norteamericana. El cronista-historiador Mike Duncan dice que hay una analogía evidente en las presiones que sufrió la República Romana al finalizar las ‘guerras púnicas’, con los EEUU de hoy. En el caso de Roma, la República devino súbitamente imperial, al someter bajo su égida ‘a todo el mundo conocido’ de entonces, lo que dotó al Estado romano con inusitada riqueza y poder, pero sin dotarlo paralelamente con el andamiaje institucional necesario para administrar un imperio universal. Surgió una tensión, entonces, entre las instituciones republicanas (diseñadas para una ciudad-estado) y las nuevas realidades imperiales de Roma. Finalmente, la realidad imperial se impuso sobre las tradiciones republicanas y el andamiaje constitucional colapsó. Roma dejó de ser República y devino un nuevo tipo de despotismo universal, bajo el dedo gordo de potencial letal del Emperador. Afortunadamente, la “inercia republicana” preservó de manera solapada e intermitente, a los valores civilizatorios de Roma, por unos siglos más. Hoy, los EEUU viven sus propias tensiones derivadas del no buscado enfrentamiento entre sus realidades imperiales y sus tradiciones republicanas. No hay espacio en una columna periodística como ésta para ahondar con propiedad sobre este tema; pero baste decir, que como respuesta al dilema, una vez más, los EEUU, de manera errática y reticente, se repliegan sobre sí mismos. Y eso tiene repercusiones en todo el mundo y si nó, que lo digan Jimmy, nuestras mafias y sus despistados aliados de ocasión, los conservadores locales, que se beneficiaron inesperadamente –aunque quien sabe por cuánto tiempo- de tal repliegue en el aquí controversial caso del “combate a la corrupción” vs. la “expulsión de la CICIG”…


La República norteamericana, aunque se niegue a ejercer su rol imperial, tiene por virtud de sus dimensiones económicas, geográficas, tecnológicas y militares, un inevitable impacto sobre la sociedad planetaria. Los fenómenos que allí ocurren en buena medida son anticipo de su propagación a “la aldea global” de hoy. En ese sentido, es pertinente observar que aún antes de la “crisis del coronavirus” muchos de sus más visionarios pensadores han venido meditando sobre la sostenibilidad a largo plazo de sus políticas domésticas. No sólo ha habido un proceso sostenido de regresión en términos de una anteriormente envidiable equidad social (uno de los “secretos del éxito” de los EEUU a lo largo de varias épocas), sino que hay, además, alarmante evidencia de que la evolución tecnológica está conduciendo a un persistente –y creciente- desempleo “estructural”, causado básicamente por la automatización. Fórmulas que anteriormente eran sólo disquisiciones académicas de los eruditos, como el concepto del “ingreso básico universal”, encontraron acomodo en la discusión político-partidista de la última elección primaria del partido Demócrata, a pesar de que tales fórmulas chocan directamente con la ortodoxia macroeconómica de la era de Bretton Woods. Pero “el hambre tiene cara de chucho” y las consecuencias del “distanciamiento social” a que nos ha obligado el Coronavirus están exponiendo debilidades anteriormente “maquilladas” por la “normalidad”, hasta el punto de que hay quienes dentro de los EEUU (como George Packer, editorialista de la revista “The Atlantic”, por ejemplo), se atreven a acusar a su Nación, abiertamente, de ser “un Estado fallido” (ya no sólo a nosotros nos ponen “el sambenito”). En ese clima, estamos viendo un masivo abandono de los frenos que la ortodoxia hasta hace poco prevalente le había puesto a la creación de “amortiguadores sociales”. Hoy, lo hasta hace poco impensable, es súbitamente aceptable políticamente: multimillonarias líneas aéreas, por ejemplo, piden “rescate”; los ciudadanos de a pie, sueldo sin trabajo; y los políticos de ambas esquinas del espectro político, están dispuestos a financiar todo aquello, imprimiendo dinero…


Guatemala no quedará inmune a estas sacudidas. Ya hoy por hoy, un gobierno “conservador” se está disparando el déficit fiscal más abultado de la historia chapina. La pandemia continuará evidenciando la insostenibilidad de nuestra esquilmada República bi-polar, esa que no puede satisfacer aún las necesidades básicas de la mayoría de sus habitantes. Ojalá la crisis nos precipite a lograr nuevos consensos que permitan hacer de ésta, una República de todos los ciudadanos: pacífica, próspera, en franca conquista de un mejor futuro…



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