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Falsos liberales

“Y como se los llevó a donde están los topógrafos definiendo el trazo del ferrocarril de Escuintla a Guatemala, fijàte vos que le contaron que su suegro -Aparicio- estaba en Xela registrando lotes de 30 caballerías a nombre de testaferros, para después desmembrar y vender por su cuenta lotes más pequeños. Barrios bromeó que eso no importaba, porque éso ‘le iba a terminar de hacer justicia’ a sus hijos, nietos de don Juan. Entonces, Herrera le dijo: ‘Pero, General, ¿y a mí cuándo me va a hacer justicia la Revolución?’; a lo que Barrios contestó: ‘¿ves aquél cerro? Hacé una línea desde ese cerro, a esa ceiba que ves al frente y de ahí...¡hasta el mar!’ Entonces Samayoa, que iba al otro costado, le dijo, celoso: ‘¿y a mí, General? ¿a mí cuándo me va a hacer justicia la Revolución?’ Barrios ripostó: ‘de la misma ceiba, para el cerro del otro lado... ¡hasta el mar, también!’ ¡Y los dos salieron a galope a hablar con el Registrador de la capital!” – Historia apócrifa que los críticos del gobierno susurraban con malicia en las reuniones sociales, para demostrar su desagrado por la forma en que se estaban creando súbitas fortunas a través del flamante Registro Nacional de la Propiedad Inmueble, a partir de su creación por don Justo, en 1877.


El 14 de abril de 1865, en el teatro Ford de la ciudad de Washington, D.C., Abraham Lincoln fue mortalmente herido de un balazo en la cabeza, muriendo la mañana siguiente. Fue la ingrata retribución que obtuvo por mantener la unidad de su República, abolir la esclavitud y sentar las bases del espectacular desarrollo económico de los EEUU en la segunda mitad del siglo XIX. No obstante y pese a que su sucesor, Andrew Johnson, quien era su antítesis política, trató de echar hacia atrás los efectos de su paso por la Presidencia, el legado del leñador de Illinois no pudo ser revertido. Al amparo de los Homestead Acts, miles de familias desposeídas se lanzaron a la conquista del Oeste americano, creando una nueva e inmensa clase media, los consumidores que hicieron posible la creación de los imperios industriales de Vanderbilt, Carnegie y Rockefeller; a los que después seguirían los de Westinghouse, Morgan y finalmente, Henry Ford. El proceso iniciado tras la muerte de Lincoln, el cual duró hasta el inicio de la primera Guerra Mundial, caracterizó a una época que al inicio fue calificada por algunos autores como “capitalismo salvaje”, por su corrupción y falta de escrúpulos, pero que al final, gracias a la fortaleza institucional de aquella gran Nación, permitió reformas (como la jornada laboral de ocho horas, la mediación gubernamental de conflictos obrero/patronales, la pública rendición de cuentas, etc.) que hicieron posible un capitalismo políticamente viable. En Europa, el conflicto entre una visión conservadora, que pretendía la conservación de regímenes monárquicos como el del Imperio Autríaco, o el de la Rusia de los Zares, o el nuevo y agresivo monarquismo alemán, encabezado por Prusia, no terminó de perder la batalla contra la visión republicana, sino hasta el advenimiento, también, de la Gran Guerra. Las nuevas economías industriales, por otra parte, de signo republicano o conservador, desarrollaron una conducta internacional que se terminó conociendo como “neocolonialismo” y que le restó autoridad moral a las naciones más prósperas. Fue en ese contexto que surgieron las “revoluciones liberales” de la América Latina y quizá la explicación de fondo de sus contradicciones.


El liberalismo había surgido originalmente, como una rebelión en contra del abuso del poder y su manifestación más típica fue la insistencia en la creación de “contratos sociales explícitos” entre gobernantes y gobernados, es decir, la creación de sistemas basados en una Constitución. Puede afirmarse que al terminar la primera Guerra Mundial, los regímenes constitucionalistas habían ganado la batalla de la opinión pública en la América Latina, pues hasta las dictaduras más sanguinarias adoptaban un ropaje “constitucional” y “democrático”. Eran liberales “del diente al labio”, pues en la práctica, eran autócratas implacables, enemigos de la libertad de expresión, concesionadores corruptos de privilegios monopólicos y otras grandes distorsiones del mercado, pero insistían en llamarse “liberales” (“¿y te apellidas liberal, bandido?” le escribió el poeta Ismael Cerna a Barrios, en “Desde la cárcel”). En el caso de Guatemala, a través de la puesta en marcha del Registro de la Propiedad, un proceso que debió servir para ampliar a la clase media y aproximarnos a una República de todos los ciudadanos, empezó por beneficiar de manera desproporcionada a los allegados al gobierno, y terminó entregando gruesas proporciones del territorio a inversionistas extranjeros, a cambio de la construcción de una infraestructura que siempre nos fue ajena. De paso, desprestigiaron trágicamente al liberalismo y convirtieron la discusión política en ese anacronismo que aún hoy nos agobia, de oscilar entre los extremos de un obsoleto conservadurismo y un nefasto radicalismo socialista. Al caer el régimen ubiquista en 1944, se cerraba el segundo y fracasado intento, de crear una auténtica República en Guatemala. Se iniciaba, con la Revolución del 20 de Octubre, un tercer intento, que pese a sus trágicas incidencias posteriores, sembró la esperanza, que aún hoy nos alienta, a contemplar el prospecto de un futuro mejor…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 20 de Octubre de 2020"

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