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Entre la espada y la pared

“… el paciente, hombre culto, acomodado y ‘aseado’ de setenta y pico, se había venido deteriorando paulatinamente. No había viajado recientemente al extranjero y el único incidente sospechoso previo a su contagio había sido una visita a una agencia bancaria, durante la cual hizo tres pagos de servicios y cambió un cheque. Cuando a la alta fiebre y a un agripamiento general de un par de semanas se sumó una creciente dificultad para respirar, su esposa y sus hijos decidieron llevarlo a un prestigioso hospital privado. Tras ser rechazados allí y en otros dos, con diferentes excusas, lo llevaron a otro más modesto, en el que la monjita que los recibió, ‘por la hora’ les concedió ‘admisión temporal’. No duró mucho allí, pues su creciente dificultad para respirar era cada vez mayor y en ese hospital ‘no tenían respiradores’. Les aconsejaron llevarlo al Hospital de Villanueva. Cuando ‘lo ingresaron’, personal que tenía unos trajes protectores que parecían ‘de astronauta’ les advirtió que ‘harían todo lo posible’ (un tubo-respirador para inyectarle aire a los pulmones; otro, ‘sonda nasogástrica’, para depositar alimento a su estómago; y una ‘vía intravenosa’, para inyectarle permanentemente un cóctel de sedantes y analgésicos que lo mantendría semi-dormido y anestesiado). No se atrevieron a pronosticar la probabilidad de su recuperación, pues el paciente, además, ‘padecía de insuficiencia renal’… También les advirtieron que no lo podrían visitar, sino únicamente comunicarse con él ‘vía celular’… ‘hasta que fuese dado de alta’ y que ellos mismos tendrían que someterse a las pruebas de contagio. La esposa ‘dio positivo’ -aunque asintomática, por lo que (tras tensa discusión) se le conminó a cuarentena domiciliar supervisada; y los hijos ‘dieron negativo’, por lo que se les ordenó ‘monitoreo obligatorio de tres semanas’. Los parientes, muy angustiados, pedían indicarles si había algo más que se pudiera hacer, ‘que el dinero no era problema’, pero yo imaginé lo peor desde que el doctor ordenó ‘que lo pusieran boca abajo’. No volvieron a ver al paciente y sólo pudieron hacer desgarradores intercambios de ‘mensajitos por el chat’… ‘¡me daba una pena!’ A los pocos días falleció y a mí me tocó estar cerca cuando se los comunicaron… ‘desde entonces, no duermo bien’…” – Testigo de un reciente caso fatal de Coronavirus en Guatemala.


El pasado jueves 14 de mayo, a las siete de la noche, mediante un confuso mensaje “en cadena nacional”, el Presidente de la República, asumiendo de facto que los ciudadanos son una especie de “menores de edad” que “no hacen caso”, decretó “arresto domiciliario” a toda la ciudadanía (“por su bien”) hasta el lunes 18, a las cinco de la mañana, amenazando con algo aún más drástico para el próximo “fin de semana largo”. Al día siguiente, viernes 15, las redes sociales se llenaron de abundantes protestas en las que hasta algunos de sus antiguos simpatizantes reclamaban airadamente al gobernante su actitud “dictatorial”, en un país en el que pese al innegable peligro que representa la nueva enfermedad, probablemente hayan muerto más de picaduras de alacrán y de culebra que de Coronavirus, en lo que va del año 2,020. El sábado 16, cosecheros y transportistas “bloquearon” el crucero vial de “los Encuentros”, increpándole abiertamente al gobierno su abusiva y súbita decisión, que les estaba ocasionando graves pérdidas al arruinarse sus cargamentos de alimentos perecederos. La drástica y generalizada caída de ingresos del ciudadano común y corriente (sin que los fantasiosos “compensadores sociales” ofrecidos por el gobierno hayan empezado a fluir) es directamente imputable al cese forzado de actividades cotidianas (que ya lleva su par de meses) y “la broma” de este fin de semana le cuesta a este pobre país aproximadamente dos mil millones de quetzales de bienes y servicios no producidos, por cada día hábil perdido. Pese a estas realidades, hay quienes argumentan (incluyendo a anteriores críticos del actual gobierno) que oponerse a esa entrega de nuestras libertades no es más que “egoísmo de clase” y “sometimiento a la agenda del CACIF”. No me sorprende en este país de tan arraigada cultura de “temor al Tata”, o de quienes creen que el Estado es mejor guardián de sus intereses vitales que los ciudadanos mismos. Pero un indicio del clima prevaleciente en la opinión pública, que está entre la incredulidad y la incipiente rebeldía, lo denota “el zigzagueo” de la autoridad: en una aparente concesión frente a la presión social, el domingo 17 circuló el “Oficio Circular No.71-2020” de la Policía Nacional Civil, que “aclaraba” (¡otra vez!) el mensaje presidencial, haciendo “consideraciones para la circulación de transportes que trasladen verduras y alimentos”. En otro mensaje televisado del Presidente, el domingo a las ocho y media de la noche, “como nos portamos bien” durante el fin de semana (¿?!) el mandatario volvió a modificar sus “disposiciones”, “dándonos chance” de trabajar de lunes a viernes. Veremos si eso “destapa” el crucero de “los Encuentros”… No cabe duda: llevar las cosas a los extremos, sin guardar las proporciones entre remedios y riesgos, es “jugar con fuego”…


La destrucción irracional de la generación de ingresos no conduce a salvar vidas (¿cómo va a comprar "su tonel de agua", para -entre otras cosas- "lavarse las manos", el desposeído habitante de nuestras barriadas, si ya no puede ni ir "a cuidar carros" ni a vender “sus tiliches”, porque el Presidente le impone el "quédate en casa"?). Cualquier gobernante tiene que tener mucho cuidado antes de olvidar que vivimos en una República y no en un Cacicazgo. El Presidente, quizá con buenas intenciones (que no es suficiente excusa), está atribuyéndose facultades que es discutible que la Constitución le confiera, amenazando con sanciones penales (cárcel y multas), sin que haya habido previamente comisión de delito. Es una ruta peligrosa, sobre todo cuando se alimenta de la incauta propagación de miedos irracionales y se sustenta en la coerción por la fuerza pública. Todo ello sin disminuir la vulnerabilidad de la población en relación a la pandemia: el confinamiento no produce inmunidad. La pretensión humana de vivir sin riesgos o eliminar lo incontrolable es una quimera. La vida ya de por sí, es mortal; pero estas medidas la están haciendo, además, invivible… El dilema no es fácil y confronta al mundo, sin distinciones ideológicas: Trump, por ejemplo, quiere “abrir” la economía de EEUU, insinuando que ésta está “cerrada” por “los intereses políticos del partido Demócrata”; pero el nicaragüense Ortega, también, dice que el “quédate en casa” es un “vicio burgués”, es decir, un solapado esfuerzo por desmentir “las bondades” del “paraíso Orteguista”... Quizá los suecos, validados por creciente evidencia de que los temores iniciales acerca de la morbilidad de la nueva enfermedad eran exagerados, hayan seguido la ruta más ecuánime: informar bien a la ciudadanía acerca de los riesgos y tomar medidas precautorias, pero permitir la cuidadosa continuación de las actividades económicas cotidianas; en busca de un equilibrio entre el desarrollo de la “inmunidad de rebaño”, la protección de la salud de los ciudadanos y la protección de sus fuentes de trabajo…


Mientras no se nos haya arrebatado también la libertad de expresión, es derecho y deber de los ciudadanos conscientes hacerle ver a los gobernantes las posibles consecuencias de sus excesos, sin caer tampoco en la vulgaridad y la falta de respeto. Mientras el pueblo perciba que el gobierno respeta la esencia del “Contrato Social", la mayoría de los ciudadanos también respetará al gobierno. Pero, ¡ojo!, no es sabio poner al pueblo, “entre la espada y la pared”…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 19 de Mayo de 2020"

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