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  • Ciudadano Toriello

Entre dos fuegos

“Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre.” – Dicho popular chapín, que exalta las virtudes de la moderación; el antídoto más eficaz frente a los vicios de la polarización.


Guatemala tiene más de tres cuartos de siglo de estar atrapada entre los que pretenden redimirnos con el violento reparto de lo ajeno y aquellos que lo que realmente quieren, es que nada cambie. Son apenas dos pequeñas minorías vociferantes y fanáticas, pero de una u otra manera han logrado capturar, recurrentemente, el sustrato del debate nacional. Para entender el cuadro bien, hay que añadir que quienes han dominado el escenario el 90% del tiempo durante las últimas dos centurias han sido los ultraconservadores, que constituyen al “régimen”, aunque en los últimos tres cuartos de siglo, con los neo-leninistas siempre al acecho. En un país bi-polar, parido por la violenta Conquista y la subsecuente Colonia semi-feudal, un extremo “le da cuerda” al otro y viceversa: unos señalando las persistentes injusticias y llamando a la lucha de clases y los otros señalando el peligro totalitario y llamando torpemente a resistir cualquier intento reformista. Todo lo cual desemboca en nuestra terca y abismal desigualdad social, impidiéndonos lograr la mayoritariamente anhelada prosperidad pacífica y estable y haciéndonos terreno fértil para uno u otro despotismo populista. La mayoría no quiere ni a un extremo ni al otro, pero el astuto régimen ha logrado confinar el debate a ese irresoluble pleito; quien es moderado es criticado “por no definirse” y presionado para alinearse “o con Dios o con el diablo”.


Eso, que es un “vicio latinoamericano”, nos ha mantenido alejados del camino inteligente que han seguido todas las naciones verdaderamente exitosas del mundo, las que a partir del siglo XIX construyeron sus grandes clases medias con la tríada formada por (i) las dotaciones patrimoniales masivas, fundacionales; (ii) la estructuración de efectivas redes de compensadores sociales para los menos favorecidos; y (iii) la creación de condiciones que propiciaran, mediante el fomento de la gran inversión, el aumento sostenido de la productividad, de los salarios y de ese bienestar generalizado que conduce al consenso social y a la auténtica paz. Contra toda evidencia histórica, el régimen quiere que usted crea que todo lo estatal es malo (y que por consiguiente, hay que desprestigiarlo y combatirlo) y equivocadamente, que la ruta al desarrollo es una simple fórmula de bajísimos impuestos, “mano de obra barata” y un mínimo de “obstruccionistas” regulaciones (cosa que la relativa mayor inversión extranjera, en la también centroamericana Costa Rica, por ejemplo, desmiente). Se pretende desconocer que “el mecanismo de los precios” en un mercado libre no funciona bien cuando existen innegables “demandas inelásticas” y barreras reales (financieras, gansteriles y hasta legales) para que se pluralice la oferta, como sí lo han reconocido las sociedades que han adoptado el exitoso capitalismo incluyente, ése del que hablan Acemoglu y Robinson, en su ya clásico “Por qué fracasan las Naciones”. Para complicar más el cuadro, desde los albores de nuestra vida “independiente”, las élites pudientes han recurrido a la cooptación de grupos cínicos y supuestamente “desideologizados” para que de manera mafiosa preserven al sistema. Aunque sea a costa de la inestabilidad política que se deriva estar siempre a merced de que esos grupos quieran “salirse del huacal” y traicionar a sus patrocinadores. Si a eso añadimos que recientemente ha habido un resurgimiento de obsoletas tendencias autocráticas en “el primer mundo”, nos percatamos de que no nos va a resultar fácil emanciparnos de la trampa histórica en la que estamos metidos. Pero no es imposible.


A mediados del siglo I adC, Julio César se enfrentaba al terrible dilema de estar entre dos fuegos. Habiendo sitiado a Vercingétorix en la ciudad de Alesia, se enteró del llamado del líder galo a todos los pueblos de la hoy Francia para converger en su ayuda. El general romano mandó hacer dos fortificaciones paralelas: una, de 16 Kms. de circunferencia, rodeando a la ciudad, para rendir a sus ocupantes por hambre; y la otra, de 21 Kms., para mantener fuera a las tropas de alivio, que superaban cuatro a uno a las tropas de César. La idea siendo que la superioridad numérica de sus enemigos no pudiera concentrarse para anular la eficaz letalidad de sus cohortes, y sobretodo, que las fuerzas de los sitiados no pudieran combinarse efectivamente con las tropas externas. Julio César prevaleció, y además de cambiar la Historia del mundo occidental, demostró que no es imposible sobreponerse a la condición de estar entre dos fuegos...


El sistema político guatemalteco está diseñado para que no puedan competir en las elecciones más que aquellos “autorizados” por los grandes titiriteros del régimen: los grandes empresarios, las mafias herederas de “los oficiales que ganaron la guerra” y las de unos cuantos exguerrilleros cooptados, también adeptos a las trampas y al pisto. Los “partidos”, esos vehículos electorales permitidos, que tienen dueño, no aceptan a cualquiera, sobretodo si es alguien que pueda “¡Dios guarde!” desafiar al régimen. Ya no digamos la institucionalidad cooptada. En esta democracia controlada, en realidad, “de fachada”, la propaganda, sobre todo la radial y televisiva, ha estado, además, tradicionalmente restringida sólo para “los del Club”. El debate público y la auténtica competencia política, está confinada a un estrecho período en el que la cacofonía mercadológica se encargue de obstaculizar la difusión de nuevas propuestas. El objetivo es que cueste mucho pisto hacer política, para que sólo los que dispongan de mucho, bien o malhabido, puedan participar. Personajes que a fuerza de someterse al sistema ya gozan de conocimiento previo (“top of mind”, según los mercadólogos), cobran así ventaja, pese a su mediocridad. En ese contexto, la oferta electoral realmente consiste en un (i) par de “favoritos (as)”; (ii) un “saco de los siete enanos” ofreciendo “más de lo mismo” (que nada cambie); y (iii) un par de “petates del muerto” (la necesaria “amenaza comunista”). Ubique usted allí a Sury y al Meme, a Zandra y a Thelma, y a la adocenada “sopa de letras”, para “aterrizar” el modelito.


Pero el régimen está en crisis y hay posibilidad de que algo auténticamente diferente se cuele entre las rendijas del sistema. Si las primeras barreras son superadas, vendrá la batalla entre la inteligencia y el pisto malhabido. Deberemos demostrar los chapines que no todos los votantes “se pueden comprar”. Que el espíritu del 2015 puede renacer. Que la estructura informal de liderazgo de la Nación puede hacer que prevalezcan las ideas sobre los lemas pegajosos y las cancioncitas insulsas. Que lo único que ha faltado para encaminarnos a un destino diferente, es que surja una auténtica expresión de la generalizada demanda política insatisfecha. De ahí, el camino a seguir es claro: (i) Habrá que llevar a cabo un proceso que efectivamente expulse del poder a la Cleptocracia, “sacudiendo al zapotal” hasta despojarlo de todos sus frutos podridos (¡al bote todos los ladrones del erario y de vuelta al pueblo lo robado!); (ii) habrá que re-activar el proceso de construcción de una efectiva red de compensadores sociales (en salud, educación, trasporte público y seguridad) para las grandes mayorías, iniciándolo con el pago de la semi-centenaria y más que multimillonaria deuda del Estado al IGSS; (iii) habrá que darle acceso a la ciudadanía a la pequeña propiedad, mediante la Ley de Dotación Patrimonial Ciudadana, que combinará la distribución de acciones de una cartera de grandes proyectos republicanos en infraestructura y servicios, con facilidades para la adquisición de vivienda digna; (iv) habrá que hacer detonar el proceso de inversión local e internacional masiva, mediante el cese del sabotaje contra el Corredor Interoceánico de Guatemala, ese visionario proyecto del que tres administraciones corruptas sucesivas -y sus necesarios cómplices privados- han intentado apropiarse, para hacer de Guatemala una próspera bisagra del comercio marítimo mundial y transformando, de paso, la estructura macro-económica del país; y (v) habrá que iniciar un auténtico proceso de diálogo regional, que algún día nos lleve a la restauración de la Patria Grande, la original, la República Federal de Centroamérica...


Y es aquí donde entra usted, ciudadano, con su indispensable labor cívica “a nivel hormiga”. Porque usted constituye el espinazo de la estructura informal de liderazgo de la Nación. Porque usted puede contribuir, decisivamente, a cambiar la voluntad colectiva de la sociedad. A cambiar la indiferencia y el fatalismo. A impedir que sigamos teniendo gobiernos que persigan y encarcelen a quienes denuncian y combaten la corrupción. A impedir que los fondos del erario, en vez de ser empleados en atender nuestras múltiples carencias sociales, sean canibalizados por ladrones “con inmunidad” (“el pisto alcanza cuando nadie roba”). A impedir que sigamos siendo “campeones” de las malas estadísticas, vergüenza del Continente. Somos el 70% los que queremos una Patria digna, verdaderamente soberana, dotada de un capitalismo moderno, próspero, incluyente, con un régimen político auténticamente democrático. Usted puede decirle nó a un pasado que se niega a dar paso al futuro que merecemos y con su ejemplo y liderazgo, cambiar nuestro destino. Para que la Guatemala posible se dé el destino que se merece. Sí, la hora del 70% llegó. Ya no queremos a aquellas que representan a -o que son- “la vieja política”. Que pretenden imponernos a “Suguelito” en la Presidencia del Congreso. O a alguien que salga “del saco de los siete enanos” para ofrecernos otra hipócrita versión de “más de lo mismo”. Nó, ciudadano. Está en nuestras manos. El destino será nuestro, si nos atrevemos a tomarlo. No hay vuelta de hoja: “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 10 de Enero de 2023"

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