top of page
Buscar
  • Foto del escritorCiudadano Toriello

En Guatemala, la imbecilidad se aferra al poder

“...resolvemos que estos muertos no han muerto en vano... y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no habrá de perecer de la faz de esta tierra.” – Abraham Lincon (1809-1865), en la conclusión de su famoso discurso de Gettysburg, al consagrar ese emblemático cementerio -uno más- en honor a los caídos en la sangrienta Guerra Civil (1861-65) de los EEUU.


Con la posible excepción del sobrio pero majestuoso Obelisco, erigido en memoria de Jorge Washington, el monumento a Abraham Lincoln, en la ribera de un meandro del río Potomac, viendo hacia “el Mall” y al Capitolio, es el monumento más impactante de una ciudad de grandes monumentos. Esto es así porque diversas generaciones de la gran Nación del Norte han reconocido que fue Lincoln quien terminó de cimentar lo que Washington inició, la construcción de una República para todos sus ciudadanos. Se le honra no sólo por haber hecho posible la abolición de la esclavitud en su tierra, sino también por una serie de reformas que arrancaron a su Patria del atraso y la catapultaron a la vanguardia del mundo. Uno de cada tres ciudadanos norteamericanos de hoy, por ejemplo, es descendiente de algún beneficiario de la dotación patrimonial que Lincoln hizo posible mediante los “Homestead Acts”, un reparto agrario masivo, que convirtió a la sociedad estadounidense en una de muchísimos modestos propietarios; la sociedad de la inmensa clase media, la sociedad donde “el consumidor es el rey de la economía”, la potencia industrial del mundo. Cosa que apuntaló con un régimen fiscal federal destinado a mejorar las comunicaciones (puertos y caminos) y la educación y la salud públicas. Y con un nuevo dinero nacional, fiduciario, independiente de los entonces dominantes bancos privados, el papel-moneda verde, los “greenbacks”, que hoy son el todo-poderoso dólar. Y los incentivos para el futuro surgimiento de una red de ferrocarriles intercontinentales, que generarían empleo masivo y estimularían un acelerado crecimiento industrial. Habiendo asistido a la escuela rural sólo un año en toda su vida (cosa que compensó con un casi increíble celo autodidacta), puso todo su empeño en lograr que su gobierno tuviera como meta mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos, condiciones que él había experimentado en carne propia en su niñez y juventud. Y todo esto, contra la voluntad de la entonces muy poderosa oligarquía sureña, que quería que “las tierras del Oeste” se subastaran en grandes extensiones, “al mejor postor”, para ser explotadas con mano de obra esclava; algo no sólo injusto e inmoral, sino, deliberadamente, inaccesible para la mayoría de la población. Gracias a Lincoln, se empezó a imponer en los EEUU un capitalismo democrático e incluyente, sobre el Capitalismo de Plantación; ese otro que perpetúa a la sociedad de sólo dos clases, una de muchos pobres y sólo un puñado de ricos. De premio, se sacó un tiro en la cabeza, a quemarropa y por la espalda (“por chairo”, habrían dicho aquí y ahora) y el intento -mayormente infructuoso- de echar para atrás el reloj de la Historia en su tierra, tratando de eliminar su legado...


El asunto viene a cuento por estos lares y en estos momentos, porque Lincoln ayudó tempranamente a Benito Juárez y éste, con el tiempo, ayudó a Miguel García Granados (con trescientos rifles de repetición), para tratar de hacer avanzar aquí una agenda similarmente liberal. Para acabar con “la noche de los treinta años” que nos recetó el Clan Aycinena en los albores de nuestra vida “independiente”, en su designio de preservar, a toda costa, la esencia de la sociedad colonial; sí, la de sólo dos clases, con una privilegiada clase criolla en su cima, detentando el monopolio del comercio exterior, y coexistiendo incómodamente con los rufianes del “indio Carrera” y sus sucesores, a quienes pusieron en el gobierno, para que se hicieran cargo “del trabajo sucio” y de mantener el orden. Hasta que se hizo la revolución. Pero al igual que lo hizo Porfirio Díaz en México, aquí Justo Rufino Barrios traicionó el espíritu de esa revolución “liberal”, propiciando -a beneficio propio y de sus allegados- precisamente el tipo de Capitalismo de Plantación por el que Lincoln ofrendó su vida para lograr derrotar. Así, durante nuestra falsa revolución liberal, se creó el “Registro de la Propiedad” y se repartieron corruptamente las “tierras baldías del país”, base de nuevos latifundios de propósito agro-industrial, en vez de crear muchos pequeños propietarios. De esa manera, surgió la impronta socio-económica básica de nuestra sociedad: una de finqueros y mozos, estos últimos “anclados” a las fincas cafetaleras por una horrorosa “legislación laboral”, que no los hacía esclavos, pero sí siervos de facto, “mano de obra barata”, semi-forzada. Y los nuevos ricos: súbitas familias “de abolengo”, de innegable cepa mestiza pero con ínfulas de blancura criolla, lograda a base de casorios de conveniencia y la ocasional infusión de sangre extranjera; eso sí, en el centro del poder real. Esa sociedad semi-feudal continuó “modernizándose”, al extenderse los beneficios de ese capitalismo de plantación “tropical” -abundantes tierras a cambio de las consabidas “mordidas” para los gobernantes- a los “inversionistas extranjeros” de la United Fruit Company y el ferrocarril... Hasta que llegó una nueva revolución, la de Octubre de 1944.


Durante diez años (1944-54), Guatemala avanzó por una senda similar a la que había propiciado Lincoln en su propia tierra. Se modernizaron las leyes bancarias y fiscales, se creó el Seguro Social y se mejoraron los sistemas de salud; se impulsó la educación pública y por primera vez en nuestra Historia, hubo intentos serios de expandir y apuntalar a la clase media. Con la Reforma Agraria de Arbenz, sin embargo, el proceso se empezó a desviar del exitoso antecedente de Lincoln, pues no se crearon, realmente, nuevos propietarios individuales; aunque con sus mecanismos “colectivos”, inspirados en el ejido cardenista mexicano y en el koljós soviético, se benefició directamente a una de cada seis familias guatemaltecas. Los errores y los excesos de la Reforma Agraria guatemalteca no eran nada que el proceso democrático no hubiera podido corregir con el tiempo, si éste hubiese continuado. Algo, no obstante, que ya nunca sabremos si habría sido posible, pues en el proceso (la expropiación de tierras ociosas, pagadas con bonos del Estado al precio declarado para propósitos fiscales) se habían afectado fuertes intereses, incluyendo los de la poderosa “compañía frutera”; que por haber sido instrumental en el ascenso del General Eisenhower a la Presidencia de los EEUU, derrotando al “agrarista” Douglas MacArthur (el que había dirigido “reformas agrarias capitalistas” en Japón, Corea del Sur y Taiwán), tenía gran influencia. Los hermanos Dulles (uno, Secretario de Estado y el otro, Jefe de la CIA) y Henry Cabot Lodge (Embajador de los EEUU en la ONU), todos consultores, socios y dirigentes de la UFCO, convencieron a “Ike” de que era necesario derrocar al gobierno “comunista” de Arbenz... y el resto, es Historia.


En un ambiente político previamente envenenado desde la trágica muerte del triunviro Francisco Arana en el “puente de la Gloria” en 1949, la conspiración de la CIA para derrocar a Arbenz (1954) contó con el entusiasta aplauso -y la obvia colaboración- del “anticomunismo” guatemalteco: los grandes finqueros, una curia entonces muy conservadora (enemiga “del comunismo ateo”) y en general, la siempre asustadiza “mayoría de la minoría” de Guatemala. La mal llamada “liberación” echó las agujas del reloj para atrás: se “devolvieron” la mayoría de las tierras afectadas por la Reforma Agraria y se “tropicalizó” la “cacería de brujas” que el senador Joe McCarthy había puesto de moda en el Norte, descubriendo “comunistas” hasta debajo de las piedras. Sin embargo, aquello no resultó en paz ni en prosperidad generalizada. Pues hasta hoy, después de dos siglos de “independencia”, seguimos viviendo en un país que ni caminos decentes tiene. Donde las escuelas y los hospitales se caen a pedazos. Donde la mayoría de la gente común y corriente vive en la indigencia y no encuentra suficiente empleo ni oportunidades; y termina emigrando o engrosando –“por necesidad”- las filas del crimen, mientras los ricos se hacen cada vez más ricos y un puñado de incondicionales se hacen “millonarios instantáneos” cada cuatro años. Dando pábulo a los extremistas de ambos signos, el aborto del proceso iniciado en 1944 terminó atrapando al pueblo guatemalteco en el terco pleito entre dos fanatismos igualmente estériles. Y finalmente, nos llevó a la actual “democracia de fachada”, en la que el régimen se asegura de que tengamos representantes que no nos representan, para que mantengan reglas de juego inmovilistas y elijan a jueces y magistrados que se aseguren de que nada cambie...


No hay país del hoy “primer mundo” que haya iniciado su viaje hacia una prosperidad pacífica y estable, sin haber antes empezado por desmantelar los resabios de sus estructuras feudales; a veces sin violencia, pero otras veces, pasando por grandes convulsiones colectivas. La Historia ha demostrado que el capitalismo funciona mejor en sociedades en las que se han atenuado las grandes diferencias sociales de la atrasada sociedad dual: la de sólo un puñado de ricos frente al inmenso pobrerío. Cuando ha habido alguna dotación patrimonial masiva, fundacional; y/o la construcción de una red de satisfactores sociales básicos, accesibles a la mayoría (salud, educación, transporte cotidiano, seguridad), acompañadas de un estímulo productivo general, como la construcción de ferrocarriles o de una flota mercante. En otras palabras, el desarrollo se alcanza cuando se pone en marcha un proceso de democratización del acceso a la propiedad, a la educación, a la salud y al crédito, “sin matar a la gallina de los huevos de oro”. Es un ejercicio de equilibrios que los latinoamericanos parecemos querer esquivar. Por eso, como en las recientes elecciones argentinas, oscilamos entre extremos de irresponsabilidad fiscal y fantasiosas quimeras que nunca en la Historia han conducido a una prosperidad ampliamente compartida y estable. Pero Guatemala tiene una gran suerte. O mejor dicho, un mejor destino. Este 2023, el pueblo “le jugó la vuelta” al oprobioso régimen que nos sojuzga. Con los factores reales de poder en su contra, sin embargo, el régimen -cual bestia acorralada- se atrinchera en las instituciones que ha penetrado. Pero ya sólo es cuestión de tiempo. La imbecilidad en el poder será expulsada; por las buenas o por las malas. Sí. Guatemala tendrá un gobierno decente y se convertirá en un eslabón estratégico del comercio internacional, con su Corredor Interoceánico. Vienen tiempos de paz y prosperidad, ciudadano. Sólo tenemos que terminar de sacudirnos a estos alacranes que tenemos entre la camisa...

4750 visualizaciones5 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page