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  • Ciudadano Toriello

El pulso entre la democracia y la autocracia

“Ni Zandra, ni Sury / ni el tal Meme Conde / ¡pues es Timo Chenko / quien atrás se esconde!”. Ya el pueblo lo sabe, aunque los oficialistas finjan...


La República Democrática moderna es un experimento que aunque inspirado en las lecciones de la milenaria historia greco-romana, fue iniciado, realmente, hasta hace apenas un par y pico de siglos, con la Independencia de los EEUU y la Revolución Francesa. En realidad fue una evolución lenta, un largo debate público gestado durante el Renacimiento europeo y en particular, con los sucesos que condujeron a la decapitación del Rey Carlos I de Inglaterra, en 1649, por insistir en imponer impuestos y reclutar soldados a la fuerza, en contra de la expresa voluntad popular. Mentes brillantes como la de Locke, Voltaire, Rosseau y Montesquieu, hicieron pensar -y actuar- a las dirigencias de las naciones que hoy son “las del primer mundo”, hasta desembocar en un sistema cuyos frutos -como el espectacular desarrollo económico y tecnológico global- son lo mejor que puede ofrecer la civilización a la humanidad hasta el momento. Se soñó y se vio accesible un mundo de hombres libres y prósperos, iguales en dignidad y derechos. El ascenso de este “experimento” democrático, por otra parte, ha sido accidentado e incierto, y en ocasiones hasta contradictorio; pero sus resultados generales corroboran las palabras de Winston Churchill cuando dijo que “es el peor sistema político que hay, con excepción de todos los demás”. En efecto, el éxito de las primeras repúblicas democráticas fue manchado por el abuso de poder de las potencias industriales a las que dio lugar, al expanderse por el mundo; pues negando en la práctica sus principios, impusieron a otras naciones más débiles un cruel neo-colonialismo explotador. Esa contraditoria actitud en la arena internacional condujo, incluso, a una regresión interna en las nuevas repúblicas entonces emergentes, que se manifestó a principios del siglo XX con una “nostalgia” por “el orden” del antiguo régimen, el de las monarquías; lo que a su vez dio lugar a un resurgimiento de las ideas autocráticas: el liderazgo de “un hombre fuerte”, una ortodoxia “oficial” (con su concomitante supresión de todas las ideas disidentes) y la tentación de uniformar, militarmente, a toda la sociedad. En su versión más extrema, ese pensamiento autocrático condujo al solapadamente racista fascismo y al abiertamente racista nazismo, lo cual orilló a la humanidad a las dos guerras mundiales del siglo pasado, tras las cuales, las democracias reformadas, creyeron haberse librado de ese peligro para siempre...


Pero he aquí que no ha ocurrido, aún, “el fin de la Historia” del que hablaba Fukuyama. A pesar de la implosión del otro rival ideológico del así nacido capitalismo democrático, el socialismo radical que emblematizaba la URSS, el mundo ha presenciado, en las últimas décadas, un resurgimiento del pensamiento autocrático: por un lado, las antiguas sociedades que aspiraban a ser comunistas (como China y Rusia), adoptaron un “capitalismo dirigido” que sin ceder el control político de sus “vanguardias revolucionarias”, las ha convertido, de facto, en exponentes de un nuevo “fascismo de izquierda”; funcionalmente fascistas, pero con un lenguaje y una ortodoxia dizque “izquierdista”. Por otro lado, los aún no plenamente superados problemas socioeconómicos de las democracias liberales y las consecuencias de la globalización (inmigraciones masivas, pandemias, disparidades crecientes de poder, etc.), también han dado lugar al resurgimiento de movimientos fascistoides nuevos, el “neo-fascismo de derecha”, en los EEUU y en otras partes del mundo capitalista. Por eso hoy presenciamos aquí el curioso espectáculo de nuestros ultra-derechistas tropicales coincidiendo con nuestros comunistas de patio, en la expresión de simpatías por personajes como Vladimir Putin y Xi-Jinping. De hecho, ante el ascenso de muchos jefes de Estado de este corte en el mundo, muchos analistas concluyeron que el autoritarismo político había vuelto “para quedarse”. Pero no hay tales, ciudadano. Los adversos resultados para el “trompismo” en las últimas elecciones “de medio tiempo” en los EEUU, el humillante fracaso de la invasión de Putin sobre Ucrania y muy recientemente, las espontáneas -y casi increíbles- manifestaciones de descontento popular en la rígidamente represiva China, han demostrado que “el genio de la libertad”, una vez salido de la botella, no se puede volver a contener fácilmente...


Con ese telón de fondo, la adormilada América Latina ha transitado a torpes tropezones por la Historia de los últimos dos siglos. Con un ambivalente republicanismo a medias, sin desembarazarse plenamente de las herencias feudales del período colonial, ha venido sosteniendo hipócritas “democracias de fachada”, hoy insuficientes para responder a los desafíos del momento. El pueblo de Guatemala, por ejemplo, ha sido estafado políticamente el 90% del tiempo durante los últimos dos siglos. Y el régimen, envalentonado con una lectura imperfecta de los sucesos mundiales, se apresta a repetir y a radicalizar la estafa, una vez más. Con un sistema de partidos políticos que no son tales, con sus acciones para sofocar la discusión pública y la correcta administración de justicia y con un sistema electoral amañado, el régimen guatemalteco aspira a imponernos, una vez más, “al menos peor” de una oferta política deliberadamente restringida. Y con tal conspiración, espera seguir haciendo posible la preservación de una sociedad de casi sólo dos clases, sin memoria histórica, en la que la mayoría apenas sobrevive, sin compensadores sociales mínimos, sin esperzanza real de futuro. Con una clase política abrumadoramente corrupta, que cobra millonariamente para dizque “salvarnos del comunismo”. Son los que aquí creen que este pueblo, mantenido en la ignorancia, al que sistemáticamente se le ha negado una escuela digna, un hospital funcional y un empleo decente, que vive desposeída y en vivienda precaria, puede seguir siendo engañado con “espejitos”, con pequeños sobornos, con promesas inviables y con una masiva campaña publicitaria, fincada en abundantes dineros claramente malhabidos. Creen que por haberlo mantenido ignorante, pueden contar con que “el pueblo es tonto”. Que con unas cancioncitas y lemas insulsos lograrán volver a estafarlo...

Pero no se puede detener el inexorable devenir de la rueda de la Historia, que está por aplastar a nuestro viejo régimen. La mayoritaria demanda política insatisfecha pide cambios reales, sustantivos, para hacer de ésta una sociedad moderna, de gran clase media, inserta en las corrientes del próspero comercio internacional, al amparo de un capitalismo moderno e incluyente. El pueblo ya intuye que en todas las sociedades exitosas hubo un proceso deliberado para desarrollar una gran clase media, ésa que hace funcional a la economía de mercado y a una auténtica democracia. Pero ese proceso requiere de reformas, es “el liberalismo quirúrgico”, que no ha estado hasta ahora presente en Guatemala. Pero un capitalismo moderno e incluyente viene. Y busca manifestarse electoralmente, aunque sea, entre las rendijas del sistema. Esté atento, ciudadano, aquí también se impondrá la democracia sobre la autocracia. Somos el 70%, la gran mayoría. Y aunque muchos aún no lo sientan, y sostienen “que no hay nada que hacer”, empiezan a soplar fuertes vientos de cambio...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 6 de Diciembre de 2022"

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