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  • Ciudadano Toriello

Aycinenistas sin Aycinenas - I

“… y vi en fiera rebelión / hermanos ¡ay! contra hermanos, / arrancarse con las manos / los ojos y el corazón…” – Estrofa del poema “El Quetzal”, atribuido al autor de la letra original de nuestro Himno Nacional, José Joaquín Palma.


La Constitución de la República Federal de Centroamérica, decretada por la Asamblea Nacional Constituyente en la ciudad de Guatemala el 22 de noviembre de 1824, adoptó en su parte orgánica, siguiendo “el modelo” de los EEUU, un sistema indirecto de elecciones para la Presidencia de Centroamérica, a través de sufragios en un “Colegio Electoral”, a razón de uno por cada 15 mil habitantes. En la primera elección presidencial, en 1825, el candidato conservador José Cecilio Del Valle Díaz, originario de Choluteca, Honduras y probablemente en ese momento el hombre más ilustrado del Istmo y por ello apodado “el sabio”, de 48 años, obtuvo 41 sufragios; el candidato liberal, originario de San Salvador, Manuel José Arce Fagoaga, de 39 años, obtuvo 34; y otros candidatos, obtuvieron, entre todos, 4. Debido a irregularidades en la elección, la del distrito del Petén quedó desierta y los delegados de los distritos de Cojutepeque (El Salvador) y Matagalpa (Nicaragua) no llegaron a tiempo al escrutinio final; por lo que quedaron fuera del cómputo, que de esta suerte contó con solamente 79 sufragios válidos, en vez de los 82 que representaba la suma de todos los distritos constitucionales. Paralelamente, la “cámara baja” del Congreso Federal también resultó con mayoría de diputados conservadores, a razón de un diputado por cada 50 mil habitantes, así: 16 conservadores, 12 liberales y 2 “no comprometidos” (30 en total). La mayoría de diputados, como consecuencia de la concentración poblacional, provenían de Guatemala y El Salvador: en el primer caso, 8 conservadores, 4 liberales y uno “no comprometido”, para un total de 13 diputados guatemaltecos; y en el segundo, un conservador, 6 liberales y otro “no comprometido”, para un total de 8 diputados salvadoreños. Los 9 restantes – de mayoría conservadora, 7 a 2- eran de todas las demás provincias, incluyendo a uno por el Soconusco. Por esta razón se esperaba que el balance regional legislativo lo diera el Senado, con dos senadores por Estado.


Obviamente, el primer Presidente de una Centroamérica Federal debió ser, sin mayor discusión, “el sabio” Valle y así la nueva República habría tenido un auspicioso comienzo. Pero no fue así. Del Valle no contaba con “la confianza” de los acaudalados y poderosos primos-hermanos Aycinena: Mariano (entonces de 36 años) y el clérigo-marqués, Juan José (a la sazón, de 33) y ello resultó fatal para la República. A pesar de ser un conservador que anteriormente opinó que nuestra Independencia era prematura, Del Valle era un hombre de criterio independiente y honesto y durante la etapa de anexión al Imperio (a la que originalmente se opuso) fue electo diputado al Congreso Mexicano, de donde por sus obvias luces, Agustín de Iturbide lo extrajo para ser su efímero Ministro de Relaciones Exteriores; lo cual no impidió que a la caída de Iturbide, abogara de nuevo, dentro del propio Congreso Mexicano, por la independencia absoluta de Centroamérica. Del Valle conocía interioridades del cuestionable papel que los Aycinena habían jugado durante todo el proceso independentista y sobretodo, de la operación monopolística del “Consulado de Comercio”, que “la familia” controlaba y que provocaba agrios y justificados resentimientos en los añileros de El Salvador y en los ganaderos de Honduras y Nicaragua. Manuel José Arce, en contraste, a pesar de ser un liberal supuestamente “fiebre”, era también un terrateniente productor de añil, más joven y por tanto, socialmente más afín a Mariano y su clan, y por consiguiente, probablemente “más manejable” que aquel a quien sus detractores ridiculizaban como “el viejo pedorro”. Los resultados de las elecciones le presentaron a los Aycinena una oportunidad insospechada: alegando que los 41 sufragios a favor de Del Valle no constituían “mayoría absoluta” –la mitad mas uno- que prescribía la Constitución para elegir Presidente (sí eran mayoría absoluta de los sufragios válidos, pero eran sólo el 50% exacto de todos los distritos constitucionales, que sumaban 82), postularon que “el remedio legal” para aquel falso impasse, era una “elección de segundo grado” en el Congreso; cosa a la que el Congreso, a pesar de ser de mayoría conservadora y de manera sospechosamente inexplicable, accedió. Con esa “güizachada” aprobada parlamentariamente, la influencia y el dinero del clan, a través de sus corifeos y adláteres, hicieron el resto. En la elección de segundo grado, Arce sacó 22 votos y Del Valle sólo 5, con 3 abstenciones. Aquel evidente fraude electoral no le granjeó a Arce, quien pretendió hacer un gobierno “de unidad nacional”, ni la confianza de los conservadores (que lo seguían viendo como un terco aunque solapado agente del bastión liberal salvadoreño) ni el continuado apoyo de los liberales, quienes, sintiéndose traicionados en secreto, renegaron de él y lo empezaron a ver como un títere de “la familia”. En aquel ambiente envenenado, de las agrias discusiones se pasó, trágicamente, a la acción armada...


No permite una columna periodística entrar en mucho más detalle. Los hechos históricos, no obstante, son irrefutables: tras un accidentado dominio conservador de facto (1826-29), los incipientes ejércitos estatales y federales se utilizaron como “argumento de última instancia” para dirimir las diferencias entre gobernantes de uno y otro partido. Tras cruenta guerra civil, en 1829, al mando del “Ejército Aliado -fundamentalmente salvadoreño/hondureño- Protector de la Ley”, el catracho Francisco Morazán tomó la ciudad de Guatemala y expatrió a los líderes conservadores, incluyendo a los primos Aycinena y al recalcitrante Arzobizpo de Guatemala, Ramón de Casáus y Torres. Muchos pensaron que era “el inicio de una nueva era de paz y prosperidad”. Pero desde el exilio, mediante cartas, panfletos y dinero, los conservadores propiciaron el conflicto y la disensión. El Arzobispo Casáus y Torres, por ejemplo, mediante incendiarias cartas enviadas desde La Habana, azuzaba a las masas ignorantes para derrocar al ilustrado régimen estatal de Mariano Gálvez, por ser “tan hereje” que el cólera morbus nos vino como “castigo de Dios” (1837). Permitir un gobierno “que casaba y descasaba”, que auspiciaba la “educación laica” y que confiscaba los “bienes de manos muertas” que hacían posible las “obras pías” de la “Santa y Apostólica”, para no mencionar la disolución del Consulado de Comercio o “los juicios por jurados”, se consideró intolerable por los “cachurecos”. Renegando del principio liberal de separar la Iglesia del Estado y haciendo de cada Púlpito una Tribuna, la Rebelión de la Montaña, bajo el liderazgo en el terreno de Rafael Carrera y dirigido contra los “pirujos”, se hizo inevitable. En 1839, sembrando el pánico entre tirios y troyanos, “el Tata” Carrera y sus desarrapados guerrilleros tomaron la ciudad de Guatemala. Poco después, tras la restitución legal del Consulado de Comercio (1839), en 1840, Carrera derrotó definitivamente a Morazán, quien salió brevemente al exilio. Al retornar, en 1842, fue fusilado en San José de Costa Rica, un ominoso 15 de septiembre, como símbolo fatal del triunfo de la terca conspiración aycinenista. Y la esperanza de una Centroamérica republicana y unida, también cayó con él...


El acérrimo conservadurismo del Clan Aycinena logró preservar tercamente, por algún tiempo, las más nefastas características semi-feudales de una aislada y territorialmente disminuida Guatemala, convertida en oscura autocracia aldeana, sin Constitución. Pero ese mismo conservadurismo le impidió adaptarse a las cambiantes condiciones de un mundo en transición y a la postre, su poder se derrumbó junto al mercado del añil. Nuevos actores entraron en escena y se hicieron poderosos, aunque su legado conservador sobrevivió, encarnando en nuevos “aycinenistas sin Aycinenas”; asunto que nos agobia aún hoy. La provinciana creencia en que “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”, por ejemplo, aún hoy envalentona a los anacrónicos remanentes de dicho pensamiento, aquellos que “le sacan la lengua” al gobierno de Biden, por pedir decencia en el gobierno a su supuesto aliado. Utilizando “el miedo al comunismo” como antes utilizaron “el miedo a Satanás”, los conservadores de hoy insisten en que ignoremos la destrucción de los equilibrios republicanos y aceptemos, “como mal menor”, el predominio de la cleptocracia y la podredumbre en los tribunales. Pero la Historia nos ha dejado sus lecciones, y “aunque no hay peor ciego que el que no quiere ver”, la conciencia ciudadana, tras dos siglos de acoso, se niega a morir...


- CONTINUARÁ -


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 24 de Agosto de 2021"

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