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  • Ciudadano Toriello

2023: Guatemala otra vez en la encrucijada

“La Historia nos enseña... que no aprendemos de la Historia.”- sentencia atribuida a Jorge Guillermo Federico Hegel (1779-1831).


El pueblo de Guatemala ha sido estafado políticamente, de manera recurrente, el 90% del tiempo durante los últimos doscientos años. Y el régimen que aún hoy nos desgobierna, se apresta a hacerlo una vez más. No exagero, ciudadano. Al hacer un rápido sumario de nuestra Historia reciente se evidencia que con excepción de la década de 1829-39, bajo la tutela del liberal Mariano Gálvez en el Estado de Guatemala y del prócer republicano Francisco Morazán, a nivel federal; y de la década de 1944-54, bajo la influencia de la democrática y renovadora Revolución de Octubre; el resto del tiempo Guatemala ha sido gobernada, directamente o por interpósita mano, por una cultura tercamente reaccionaria, ultra-conservadora, que ha logrado que se detengan, se malogren o se aborten, los impulsos auténticamente progresistas; preservando, en buena medida, las características semi-feudales de esta sociedad abismalmente desigual a la que hemos reducido a la Nación. En el proceso, también hemos reducido el territorio de la Patria a la quinta parte de lo que un día fue y colocado nuestros indicadores sociales en los últimos lugares de la América Latina. La construcción de laRepública de todos los ciudadanos, una en la que domine una amplia clase media, se ha saboteado una y otra vez. Nuestro subdesarrollo no es casualidad, ciudadano, es el fruto de estas recurrentes estafas...


En 1821, por ejemplo, se nos ofreció liberarnos de la tiranía del decadente régimen monárquico español. Inspirados en la Independencia de los EEUU (1776) y la Revolución Francesa (1789), las que en esa época eran nuestras mejores mentes soñaron con un gobierno de leyes emanadas del pueblo, frente al cual todos los ciudadanos fueran “iguales en dignidad y derechos”. Pero aún estaba fresca la tinta del Acta de Independencia (la del 15 de septiembre de 1821), cuando una conspiración elitista nos anexó al “primer imperio mexicano”, el de Agustín de Iturbide, pues la minoría pudiente pensaba que “no estábamos listos para la democracia”. Al fracasar ese trasnochado designio de la élite, se recurrió a nuestro primer “golpe de Estado” (el 14 de septiembre de 1823, contra la Asamblea Nacional Constituyente), a manos del coronel Rafael Ariza; afortunadamente, sin éxito. Ya proclamada nuestra verdadera Independencia (el 1 de Julio de 1823) y en vigor la Constitución Federal de Centroamérica (desde el 22 de noviembre de 1824), las mismas fuerzas ultra-conservadoras recurrieron al fraude electoral, lo que a su vez, nos llevó a nuestra primera Guerra Civil (1826-29). Y tras una corta y accidentada década republicana inicial, desde el exilio, la reacción conservadora nos recetó una segunda guerra civil (1837-40). El resultado fue la partición en siete pedazos de nuestra Patria Grande, Centroamérica, y la instalación de la tristemente célebre “noche de los treinta años” (1839-71); una ridícula monarquía aldeana, que gobernaba a una sociedad de prácticamente sólo dos clases, por decreto, sin Constitución...


La siguiente camada de gobernantes resultó de un maridaje entre los rudos guardianes del poder que Carrera “bajó de la montaña” (los crecientemente prósperos “poquiteros” de la grana) y las hijas de la arruinada aristocracia criolla del añil. Y aquella nueva élite mestiza (eso sí, con ínfulas también europeizantes) terminó renegando de las supuestas bondades de la dizque pía sociedad “cachureca”. Tras otra revolución (la “liberal”, de 1871) nos ofrecieron una Constitución (la de 1879) y la prosperidad del régimen de propiedad privada, que entonces transformaba al mundo en otras latitudes. Pero contrario al auténtico espíritu liberal, al crearse el Registro de la Propiedad Inmueble (1877), los allegados al nuevo régimen “se recetaron con la cuchara grande”, repartiendo de manera corrupta -y grotescamente desigual- las entonces relativamente abundantes tierras sin dueño de un territorio prácticamente despoblado y decretando legislación laboral que les garantizara abundante “mano de obra barata”. En búsqueda del “progreso” que emblematizaban los ferrocarriles, el telégrafo y los buques de vapor, también entregaron parte de las mejores tierras del país a un puñado de extranjeros, consolidando nuestro Capitalismo de Plantación, aquel en el que según el autor de nuestro Himno Nacional, José Joaquín Palma, “cada hacienda es un calvario, cada cafeto una cruz”. La matriz socio-económica fundamental de esta sociedad de “finqueros y mozos” y del hoy “capital tradicional”, había quedado establecida. Y con el subsiguiente dominio de la United Fruit Company, nos hicimos, también, “República Bananera”. Cuando en el vecino México, que también había pasado por un proceso similar, estalló la Revolución (en 1910), la subsecuente década de Guerra Civil mexicana sirvió de excusa para endurecer aquí (y así evitar “la anarquía”) a la “dictadura liberal” (!). En ese clima, hasta nuestra incipiente industrialización fue con frecuencia fruto del favor del dictador de turno, experto en propiciar jugosos arreglos oligopólicos, a costa del usualmente sufrido consumidor. Pero la derrota internacional del terror nazi y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, inspiró a lo mejor de nuestras juventudes y por fin llegó la esperanza que trajo nuestra Revolución de Octubre de 1944. Una Revolución que con la Constitución de 1945, nos trajo elecciones libres, un incipiente seguro social y libertad de expresión. Que dio los primeros pasos para empezar a crear la aún insuficiente clase media que observamos hoy. Unos años después, sin embargo, cuando el gobierno de Arbenz le expropió poco menos de mil kilómetros cuadrados de tierra ociosa (de los dos mil doscientos que poseía), la poderosa “compañía frutera”, con el auxilio de propios y extraños, en 1954, lo derrocó...


Una vez más, la República nos había quedado a deber. Y no es que Arbenz no haya cometido errores e incurrido en excesos, que podrían -que debieron- haberse corregido dentro del cauce institucional. Pero la ruptura del hilo constitucional en 1954 dejó una trágica cauda indeleble. Con sabor a promesa rota, la engañosa prosperidad del banano nunca “se derramó” lo suficiente para hacernos una sociedad de amplia clase media. “La frutera” terminó desmembrada por una Corte de los EEUU, por sus prácticas monopólicas y la huella física de su paso por Guatemala, casi se esfumó. Todavía lograron vender “sus” tierras y le extrajeron a Guatemala hasta la última gota de los frutos de su avorazada inversión. Quedaron unos fierros viejos, hoy ya canibalizados, y poco beneficio tangible y duradero para esta Nación. Pero, eso sí, una honda división entre sus hijos, lo que a la postre nos llevó al Conflicto Armado Interno, con su amarga cauda de sangre, sudor y lágrimas. Fue en aquel contexto que surgieron quienes pensaban que el camino para la mayoría era una ruta de violencia revolucionaria, basada en el marxismo-leninismo y se alzaron en armas contra el Estado. Siguieron años en los que la mayoría de los guatemaltecos quedaron atrapados “entre dos fuegos”, amenazados por dos bandos extremistas con los que pocos se querían identificar. Hasta que la Historia nos rebasó: la mayoría se dio cuenta de que había remedios que resultaban peores que la enfermedad que pretendían curar. Con el telón de fondo de la Perestroika y el Glasnost, el muro de Berlín se derrumbó. La URSS se auto-disolvió y en Guatemala, la paz, “firme y duradera”, se firmó. Con la Constitución de 1986 y el país sin “guerra interna” desde 1996, muchos creyeron que la democracia y la prosperidad estaban, finalmente, a la vuelta de la esquina...


Pero el destino nos tenía preparada otra decepción. Contrario al proceso natural, la bella mariposa de la democracia experimentó una “metamorfosis inversa” y tras un cuarto de siglo de regresión, el sistema político guatemalteco es hoy, de vuelta, un espantoso gusano. De militares, guerrilleros y empresarios tradicionales, pasamos en “el post-conflicto”, a otras dos minorías radicales, en ambos extremos del espectro político, que se gritan unos a otros “chairos” y “fachos” y buscan alimentar la polarización de una mayoría fundamentalmente moderada, pero deliberadamente castrada de poder real. El proceso democrático, ese en el que se debaten las ideas y se contrastan propuestas programáticas, ha sido suplantado por insulsas pero millonarias campañas de mercadeo político en las que -como quien vende un detergente- recurrentemente nos imponen en la más alta magistratura, gastando montañas de dinero mal habido -en una deliberadamente muy corta temporada eleccionaria- “al menos peor”. La representación nacional en el Congreso, extraída en buena parte de listados anónimos, de “partidos” que en su mayoría no lo son, no refleja las verdaderas corrientes de opinión del electorado y consiguientemente, el pueblo no se siente -ni está- presente ahí. Las Cortes que nombran estos dos organismos estatales enfermos, resulta en un sistema judicial que apaña -como el “costo” de mantener al status quo- un cada vez más descarado robo del erario; lo cual a los ojos del pueblo, carece de la más mínima legitimidad. Todo para que, en realidad,nada cambie. Mientras tanto, los hospitales están sin medicinas, las escuelas sin pupitres, los alumnos sin libros, las escasas carreteras semi-destruidas y los drenajes, el aprovisionamiento de agua, el tratamiento de nuestros desechos y los caminos vecinales, en gran medida, abandonados. Nuestro entorno, contaminado y deteriorándose. Y la mayoría de la gente, con suerte, apegada a un trabajo precario, esperando no ser víctima, en el momento menos pensado, de nuestra generalizada inseguridad... Para rematar el cuadro, la cleptocracia gobernante se niega a reformar las “reglas del juego” que la mantienen en el poder; y con el eficaz sistema de “tasajear” a la oposición, se apresta desde ahora, una vez más, a imponernos, contra viento y marea, al minoritario y de antemano comprometido candidato (o candidata) que sus abundantes dineros puedan colar “a la segunda vuelta”, en la próxima elección...

Así es, ciudadano. Vivimos bajo un régimen que desalienta el auténtico debate público. Que dificulta la participación política de nuestros migrantes y de nuestras desesperanzadas juventudes, con trámites retardatarios y onerosos para integrarse “al padrón electoral”. Que trata de ahogar las voces disidentes, encarcelando a periodistas y saboteando económica y fiscalmente a los medios de comunicación independientes. Que procura que no surjan liderazgos frescos que puedan competir con eficacia, electoralmente. Que trata de sacarlos “legalmente” de la contienda electoral. Que castiga la expresión de las ideas con el cuento de “la campaña electoral anticipada”. Que no quiere que hayan auténticas opciones opositoras del régimen...


Pero el régimen está herido, y probablemente, de muerte. Las mafias gobernantes, divididas y enfrentadas entre sí, están desprestigiadas local e internacionalmente; aunque tienen mucho dinero y la institucionalidad tomada y por eso, se sienten falsamente seguras. Pero ya no es tan fácil embaucar al pueblo. Hay creciente consciencia de la cruda realidad y esa patraña de “nosotros o el comunismo” ya no convence a muchos. Cada vez más gente sabe que los países del primer mundo -a donde nuestra gente, desesperada, cada vez emigra más- son hoy lo que son, porque primero salieron de sus estructuras feudales. Como con Lincoln en los EEUU. O como con McArthur en Corea del Sur y Taiwán. Cada vez más gente sabe que hasta en la conservadora Alemania, Bismark, en el S.XIX, inició el hoy generalizado “Estado de Bienestar” de los países prósperos. Que es una combinación de dotaciones patrimoniales masivas, la creación de una red de satisfactores sociales básicos y el acceso mayoritario a la pequeña propiedad, lo que -fundamentalmente- compartiendo la prosperidad, los hizo ser lo que son hoy. Que no se puede seguir pontificando ad infinitum que “no hay que hacer olas” y que “con el tiempo y un ganchito” la prosperidad “se derramará”. Ya mucha gente sabe que la construcción de una amplia y pujante clase media es siempre fruto de una sostenida acción política deliberada. Y por eso el pueblo necesita acciones concretas e inmediatas que el régimen está diseñado para no proporcionar. Porque la paciencia del pueblo no es infinita, se agota. La coyuntura internacional, además, es propicia para un retorno a las verdaderas fórmulas democráticas, y para nuestra inserción en nuevas corrientes de comercio internacional, actualmente en formación. Por eso, en el 2023, Guatemala se encuentra, una vez más, en la encrucijada: o se permite que las justas demandas insatisfechas del pueblo encuentren expresión electoral, o nuestros insensatos gobernantes estarán sembrando vientos que -de manera inexorable- resultarán en grandes tempestades...


“Publicado en la última edición especial impresa de elPeriódico, el 23 de Diciembre de 2022”.

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