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  • Ciudadano Toriello

15 de Septiembre

¿Por qué ¡oh Patria! hoy que se baña / tu suelo en justos regocijos, / olvidas a tus pobres hijos, / los indios de la montaña? // Ahí viven tristemente / bajo la choza ó la tienda, / labrando la ajena hacienda / con el sudor de su frente… // Sin esperanza y sin luz / en su existir precario / cada hacienda es un calvario / ¡cada cafeto una cruz! // Y al fin, en su choza fría, / mueren sin pan y sin lecho, / sin libertad, sin derecho, / como una bestia bravía...” – copiado apresuradamente a mano de un impreso anónimo que fue después, prudentemente, destruido y que circuló entre los nerviosos asistentes apuñuscados bajo “el Templo de Minerva”, durante una celebración escolar de “las fiestas Patrias”, organizada por el gobierno de Estrada Cabrera, hace poco más de un siglo. Aunque conocidos esbirros “de la secreta” anduvieron indagando por los autores y distribuidores de esa “propaganda subversiva”, Mariano López Herrarte guardó copia manuscrita. Muchísimos años después, casi inexplicablemente, siendo finquero y ex Ministro, me la entregó, como muestra de que en su juventud “había tenido sentimientos revolucionarios”. Por averiguaciones posteriores entre historiadores, supe que tras confesiones que hizo en su lecho de muerte y que revelaban la torturada autocrítica de un pensador auténticamente liberal, el poema fue atribuido al autor de la letra del Himno Nacional, el talentoso cubano-guatemalteco José Joaquín Palma Lasso.


La firma del Acta de Independencia el 15 de Septiembre de 1821 fue resultado de una cuidadosa y accidentada trama urdida en la “Casa Aycinena” desde 1820, para que “adelantándose a los acontecimientos”, el proceso independentista condujera, a la postre, a nuestra adhesión al conservador “Primer Imperio Mexicano”, lejos de peligrosas “novedades republicanas”. Sus artífices fueron los parientes Juan José (de 28 años en 1820) y Mariano (de 31) Aycinena y Piñol, dos de los descendientes del legendario ícono de la oligarquía colonial guatemalteca, el “primer marqués”, Juan Fermín de Aycinena e Irigoyen, quien dejó abundante prole tras tres prolíficos y lucrativos matrimonios. Al momento de la conspiración, Juan José era Doctor en Derecho Civil, estudiante de doctorado de Derecho Canónico (llegaría años después a ser nombrado, por sus excelentes relaciones con la Iglesia Católica, como emblemático cuanto absurdo Obispo de la griega Trajanópolis) y también abogado de la Universidad de San Carlos, desde 1817. Contrario a lo que sus iguales dos apellidos podrían dar a entender, no eran hermanos, sino sobrino y tío. Juan José, tercer Marqués de Aycinena, era el primer hijo varón de los catorce que tuvo Vicente Aycinena y Carrillo, a su vez hijo mayor del primer matrimonio de Juan Fermín, casado con Juana María Piñol; mientras que Mariano, era el cuarto hijo del tercer matrimonio del viejo Juan Fermín con Micaela Piñol y Muñoz, hermana menor de Juana María, su nuera. Mariano, por sus evidentes talentos, fue “el consentido” del patriarca y dentro de “la familia” (unos 200 parientes cercanos), lo que a Juan José le correspondía por mayorazgo legal, a Mariano le fluía sobradamente por carisma natural y por “preferencias” que hubo en el testamento del primer Marqués. De suerte que a la muerte de Vicente, el segundo Marqués de Aycinena, en 1814, entre ambos, Juan José y Mariano, asumieron el liderazgo conjunto de un emporio familiar que contaba con barcos en ambos océanos, doce plantaciones de añil en Guatemala y El Salvador y una extendida red comercial intercontinental, que tenía representantes desde la Nueva España hasta el Virreinato de Chile, además de corifeos y soplones en todas las esquinas del Reino de Guatemala. Sentían un profundo desprecio por los funcionarios imperiales peninsulares que en teoría los gobernaban y a quienes consideraban ineptos y aprovechados oportunistas, en general, “de baja estofa” y a quienes había que seguir de cerca “para que no arruinaran las cosas”. Sus inmejorables contactos en Londres y Cádiz le permitían a la familia y a sus numerosos allegados (“el clan Aycinena”), canalizar directamente entre un cuarto y un tercio de todo el comercio exterior del Reino, a través del control de facto del oficial Consulado de Comercio (única entidad legalmente facultada para exportar e importar, a cambio de “cobrar los respectivos impuestos”). Objeto del odio de los agroexportadores provincianos y de los ilustrados guatemaltecos, Juan José era “teniente Prior” del Consulado y Mariano, “representante del Ayuntamiento de Santiago”, del cual era, también, “primer Síndico”.


El clan venía estando preocupado por la situación política desde 1808, año en el que Napoleón Bonaparte había invadido España, tras una serie de bochornosas fallas y cobardías en la cima de la decadente Corona española. Con el auxilio de “la España de ultramar” y de otras potencias, el pueblo español se rebeló y expulsó a los franceses de la Península, dándole al imperio, de paso, una Constitución legítima (Cádiz, 1812). En México, sin embargo, desde 1,810, las cosas habían tomado un giro más radical: el cura Miguel Hidalgo y Costilla, tras “el grito de Dolores”, se puso a la cabeza de un movimiento de masas que pronto empezó a cortar cabezas de los “gachupines”, a pedir un gobierno independiente al servicio del pueblo hispano-americano y a amenazar “con piedras, sogas y palos” la estructura misma del aparato socioeconómico mesoamericano. Los criollos de esta parte del continente se sintieron inmediatamente amenazados con el espectro de una “guerra de castas” y aplaudieron la creación de un ejército defensor del imperio español que detuvo a las huestes del cura Hidalgo en las afueras de la ciudad de México y el que a fin de cuentas, lo ejecutó en Chihuahua en 1,811. El Presidente de la Audiencia de Guatemala, Capitán General “de capa y espada”, fue llamado a México para asistir en ese esfuerzo, pero fue detenido en Oaxaca por José María Morelos, quien ahí mismo lo fusiló, en 1,812. Aterrorizados, los criollos mexicanos y guatemaltecos endurecieron su postura y provocaron un prolongado empate militar con los insurgentes, mayoritariamente pobres y mestizos, que se extendió hasta 1,820; encabezada la defensa del régimen, por el militar criollo Agustín de Iturbide. Mientras tanto, en la Península, tras el ocaso de Napoleón en 1814, retornó el absolutismo, derogándose la Constitución de 1812. El ingrato Fernando VII se tomó un lustro para organizar un gran ejército, que al mando de Rafael Riego, vendría a la América Española “a poner orden”. Riego, no obstante, en vez de zarpar hacia América, con ese mismo ejército ¡dio golpe! al Estado Absolutista en la Península, en 1820, poniendo de nuevo en vigor la Constitución de 1,812. Al enterarse de esta noticia, los conservadores mexicanos decidieron que preferían separarse de España al amparo “de las tres garantías” (catolicismo obligado, protección a los criollos y sus haberes e independencia del gobierno peninsular), que seguir en un imperio “republicano”. Pactaron, entonces, con sus debilitados antiguos rivales, los insurgentes, liderados en ese momento por el mestizo Vicente Guerrero. Así terminó la Guerra de Independencia en México: con un “emperador”. Tras profusa correspondencia clandestina con Iturbide, el clan Aycinena decidió conspirar a favor de adherirse a esa misma Independencia inocua, antes de que de manera más radical, esa independencia “la proclamara, de hecho, el mismo pueblo”. Los Aycinena y sus adláteres, tras acordar con Iturbide el envío de tropas al mando de Vicente Filísola, convencieron al dubitativo Capitán General Gabino Gaínza de encabezar ese contradictorio giro político; pero conforme a su oculta agenda, en cuanto se dio la oportunidad, propiciaron nuestra anexión al “trigarante” Imperio Mexicano. Fue así que los conservadores, de hecho, propiciaron la consumación de la Independencia de España, tanto en México como en Guatemala, en Septiembre de 1,821.


El “imperio iturbidista” fue un efímero fiasco, por lo que un momentáneo respiro liberal nos permitió la forzada salida de Filísola (que se estacionó en Chiapas para propiciar la secesión de esa provincia) y la Constituyente de la república centroamericana, en 1823. Tras salir de su estupor, sin embargo, el clan Aycinena volvió a la carga y con sus abundantes recursos, propició el fraude electoral que puso en la Presidencia Federal al cooptado salvadoreño Manuel José Arce, en 1825. Ese “pecado original” luego nos llevó a la primera fase de la guerra civil a partir de 1827, culminando con la violenta entrada del liberal hondureño Francisco Morazán a la capital guatemalteca, en 1829. Diez años de continuada guerra civil le devolvieron el poder a los conservadores, que en incómoda alianza con “el indio Carrera”, terminaron de destruir la unión centroamericana y sometieron a la disminuida Guatemala a “la noche de los treinta años”, para preservar su monopolio comercial. Sólo el derrumbe del mercado del añil, al que el clan se aferró torpe y tercamente, pudo acabar realmente con el oscurantista poder del clan Aycinena en estas tierras, aunque aún hoy sus herederos intelectuales sigan vivitos y coleando. En 1871, con el auxilio de Benito Juárez, quien les dio 300 rifles de repetición, volvieron los liberales a tratar de hacer República. No fueron muy exitosos, lamentablemente, pues en vez de la propagación de la propiedad privada a la que aspiraban sus idealistas, se nos coló, de la mano de cooptados “liberales del diente al labio”, el “capitalismo de Plantación”. De ahí provenían las amargas reflexiones, confesadas en lecho de muerte, de ese sincero y decepcionado liberal, el bardo José Joaquín Palma. Y seguimos aún hoy pendientes de construir un capitalismo popular e incluyente y una amplia República de propietarios. Así que no nos conformemos con reflexiones similares a las de Palma acerca de nuestra actual República en jaque. Sigamos diciéndole NÓ AL GOLPE. Respeten a nuestras más altas cortes, diputados y magistrados. Respeten la Constitución...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 15 de Septiembre de 2020"

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