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  • Ciudadano Toriello

Guatemala: dos siglos de hegemonía conservadora

“Dejá de hablar babosadas... que ‘aquí el que se mete a redentor sale crucificado’, patojo mula. Ya te voy a dar ‘un tu baño de pueblo’ -dijo, señalando a ‘la ranchería’, a donde ya había amenazado ‘exilarme’ por el resto de la temporada, a ‘asearme’ diariamente ‘en el río o con huacal’- pa’que en vez de hacerle caso a esos curas comunistas, de veras aprendás ‘lo que’s amar a Dios en tierra de indios’, chirís cerote...” – Airada admonición que me hizo un pariente finquero cuando en mi temprana adolescencia me atreví a preguntar en voz alta porqué en las fincas de la zona no se pagaba el salario mínimo, según decían mis mentores jesuitas. Todos los asistentes rieron nerviosamente, mientras me observaban con desaprobación, tratando de minimizar la tensión del ambiente...



La independencia de Centroamérica fue orquestada por el Clan Aycinena para, según el texto del Acta redactada por José Cecilio del Valle, “prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase, de hecho, el mismo pueblo”. Una vez “independientes”, la conspiración conservadora nos anexó “al primer imperio mexicano”, que por ineptitud de Agustín de Iturbide, no duró mucho. Eso dio lugar a una efímera luna de miel liberal durante la cual salieron del territorio centroamericano las tropas del invasor Vicente Filísola (de paso arrebatándonos a Chiapas) y pudimos darnos una Constitución Federal, calcada en su parte orgánica, de la de los EEUU. Repuestos de la sorpresa y el descrédito, sin embargo, los aycinenistas volvieron a la carga y con su dinero y ‘sus conectes’, organizaron nuestro primer fraude electoral, encumbrando al supuesto liberal salvadoreño, productor de añil, Manuel José Arce, a la Presidencia Centroamericana que había ganado en las urnas el conservador, pero no manipulable, José Cecilio del Valle. Pretendían así obstaculizar, dentro de las formas republicanas, la auténtica agenda liberal y preservar para sí, el monopolio del comercio exterior, en alianza con las autoridades eclesiásticas, las cuales querían conservar sus plantaciones comerciales y sus monopolios sobre el mercado financiero legal y la educación. Esta manipulación condujo a la guerra civil y tras la entrada de Francisco Morazán a la capital guatemalteca al frente del Ejército Aliado Protector de la Ley, al exilio, que no al fusilamiento, de los líderes conservadores, en 1829. Apoyados en la ignorancia y los prejuicios y en contubernio con la iglesia católica, desde el exilio los aycinenistas azuzaron con su dinero la rebelión campesina de Rafael Carrera, que a partir de 1839 nos dio “la noche de los treinta años”, sin Constitución y bajo la férula de una especie de monarquía aldeana y retrógrada, teledirigida por el Clan. La muerte de la república liberal centroamericana se selló con el fusilamiento de Morazán en San José de Costar Rica, el 15 de septiembre de 1842. Así quedó la ciudad de Guatemala presidiendo sobre ¡la quinta parte! de lo que un día fuimos, para que un puñado de muy católicos y conservadores “nobles” siguiera monopolizando la exportación de un producto que los llevó a ellos y al país, a la quiebra...


En 1871, en la disminuida Guatemala, los hijos de los montañeses de Carrera se habían incorporado a la élite del país y casados con las hijas de la antigua “nobleza del añil” venida a menos, paradójicamente, hicieron una nueva “revolución liberal”; una que haría del café, “el negocio nacional”. Volvió a ponerse de moda el “gobierno constitucional” por el que habían luchado los “liberales históricos” y hasta se encendió el fervor por reunificar, de nuevo, a la Patria Grande. Pero las instituciones que fomentan y protegen a la propiedad privada no se usaron aquí, como en otros países, para crear una amplia república de pequeños propietarios. El proceso de “lotificar” el país fue sesgado y corrupto, resultando en la creación de inmensas nuevas fortunas familiares basadas en la apropiación de latifundios por allegados al poder y en efectivos mecanismos legales para facilitar el aprovisionamiento de mano de obra barata. La guinda del pastel fue la entrega -a cambio de “mordidas”- de vastas extensiones del territorio a inversionistas extranjeros que con sus telégrafos, ferrocarriles y acceso a los mercados internacionales, supuestamente iban a modernizar el país, pero que sólo contribuyeron a acentuar el carácter semi-feudal de aquella ya entonces “república bananera”. Así, aquellos “liberales” eran en realidad astutos conservadores que estaban preservando la bipolar estructura socioeconómica colonial, de corte semi-feudal, hasta que el ímpetu renovador del pueblo guatemalteco derrocó al gobierno de los catorce años de Jorge Ubico. Pero los más mestizados ubiquistas, como sus antecesores aycinenistas criollos, volverían a la carga tras iniciarse la reforma agraria que inició Jacobo Arbenz en 1952. En vez de transformar, dentro de los cauces republicanos, aquel experimento ingenuamente socializante en algo como lo que hizo MacArthur en Corea del Sur y en Taiwán, la reacción anti-arbenzista rompió en 1954 el modernizante hilo constitucional iniciado en 1945 y buscando preservar aquella sociedad desigual, nos enfrascó a la postre en el terco y sangriento “conflicto armado interno”. A pesar del evidente fracaso del marxismo en todo el mundo, nuestra minoría marxista, encontrando campo fértil entre las mayorías desposeídas del régimen neo-ubiquista, desafió con las armas al Estado guatemalteco, dejando a la mayoría ciudadana, “entre dos fuegos”. Comunistas y “anticomunistas” radicales, justificaban simultáneamente su existencia, con la existencia de sus opositores extremos...


Hartos del pleito entre quienes no quieren que las cosas cambien y los que quieren “reformarnos” con el indiscriminado reparto de lo ajeno, el pueblo guatemalteco apoyó masivamente la adopción de una nueva Constitución en 1985, y vio con esperanza la firma de una “paz firme y duradera”, en 1996. Pero la astuta minoría conservadora logró hacer de nuestro sistema político una democracia de fachada, desprovista de auténtico debate político, una en la que el poder se compra y en el que las corrientes naturales de opinión del electorado no se encuentran claramente representadas en el aparato político. Era “para mantener la calma y la estabilidad” y así “preservar el sistema”, pero el control se les fue de las manos y aquella entelequia devino en lo que hoy tenemos: una descarada cleptocracia. Ese es el sistema que hoy cuestiona la ciudadanía, uno que se desmorona, pero no acaba de morir. Uno que requiere ser reformado de raíz. Ya no podemos permitir que el bicentenario pensamiento conservador guatemalteco impida la reforma del sistema “por temor a los comunistas”, aliándose a la cleptocracia que lucha por consolidar su control de los tres poderes del Estado. No es sólo el tema del Presupuesto, es también el tema de la CC y la CSJ. Es el tema de la reforma de la Ley Electoral y de Partidos Políticos. No progresaremos, realmente, hasta que nos emancipemos de la trampa que nos tienden las minorías radicales, tanto de la izquierda, como de la derecha. Seremos prósperos y pacíficos hasta que encontremos el camino institucional a un capitalismo democrático e incluyente. Por eso la ciudadanía no debe cejar en sus ansias de reforma. Como decían los estudiantes parisinos en Mayo del ’68: “seamos realistas, pidamos lo imposible”...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 1 de Diciembre de 2020"

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