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El TRG y la dotación patrimonial ciudadana

“El gobierno del Estado de Guatemala no podrá enajenar por cualquier medio, incluyendo la aportación, la venta, la concesión temporal, la renta indefinida o a término o cualesquiera otros medios que impliquen la cesión de derechos soberanos sobre activos republicanos, materiales o inmateriales, tales como los derechos sobre terrenos del Estado, sobre el subsuelo, sobre sus costas, sobre su espectro electromagnético, sobre sus aguas territoriales o sobre cualquier otro activo republicano que así sea calificado por el Congreso de la República, si dicha enajenación no se materializa con la simultánea cesión, titulada conforme a los mecanismos establecidos en esta misma Ley, del cuarentinueve porciento (49%) de tales activos, directamente, a todos los ciudadanos adultos de la República que así lo soliciten, durante los tres años siguientes al acto de enajenación.” – Parte medular de una futura Ley de Dotación Patrimonial Ciudadana, que convertiría a Guatemala en una sociedad capitalista incluyente y participativa, promoviendo el ascenso socio-económico de sus mayorías desposeídas.


La semana pasada abordé el tema del “Tren Rápido de Guatemala” (TRG) que auspicia el Presidente electo de Guatemala, Dr. Alejandro Giammattei, felicitándolo por su iniciativa y comprometiéndome a darle, desde esta columna, unos consejos públicos acerca de cómo, a mi juicio, podría mejorar las posibilidades de éxito de tal iniciativa, que merece toda simpatía. El primero y principal de tres consejos que resumí al final de dicho artículo, fue el de “darle acciones de su gran Proyecto a todos los ciudadanos… (incluyéndolos)… en est(a) gran (iniciativa) republican(a)…( y generando, así)…un consenso nacional que no hemos tenido desde que mataron a Arana en el Puente de la Gloria, en 1,949”. Dicha estrategia está inspirada en el espíritu de los Homestead Acts de Abraham Lincoln, pero sin recurrir al reparto agrario que hoy por hoy, en Guatemala, resulta aritméticamente imposible, técnicamente regresivo y políticamente inviable. Una dotación patrimonial generalizada entre la ciudadanía guatemalteca tendría un efecto positivo casi incalculable y dado que los gobiernos anteriores han privatizado torpemente muchos activos republicanos sin el duradero efecto socioeconómico que debería lograrse con semejantes decisiones, un proyecto como el TRG no debería sufrir tal destino, sino constituirse en deslumbrante y novedoso ejemplo de cómo salir del subdesarrollo. Sinceramente creo que no hacer esto con el TRG, también con un paralelo sistema de carreteras de peaje y con otra cartera de “proyectos republicanos” posibles y deseables, que esperan para que Guatemala despierte de su larga pesadilla, sería otra de esas coyunturas en las que nuestra Patria habría desaprovechado, una vez más, una oportunidad histórica. Para entenderlo, debemos recurrir, de nuevo, a las lecciones de la Historia…


El incidente del “Puente de la Gloria”, el 18 de julio de 1,949, fue un punto de inflexión para Guatemala porque ahí se inició, realmente, el ‘conflicto armado interno’. Tras la Revolución de 1,944, la República se había sacudido una larga tradición de hipócritas dictaduras falsamente “liberales” y empezó a ensayar la vida en Democracia. De manera natural, con las entonces novedosas (para estas latitudes) libertades de pensamiento y expresión, surgieron las dos corrientes de opinión política que han dominado la escena guatemalteca desde entonces y que radicalizadas a partir de la muerte violenta del ex triunviro revolucionario Francisco Javier Arana, las simplifica el ciudadano común como “la derecha” y “la izquierda”. Arana, un oficial “de línea” que coyunturalmente se encontraba en el lugar preciso y en el momento crítico cuando la Patria llamó en 1,944, respondió heroicamente al llamado y por ello, junto a un oficial “de escuela”, Jacobo Arbenz Guzmán y a un civil comprometido, Jorge Toriello Garrido, integró el popular Triunvirato Revolucionario que nos legó Constitución legítima, elecciones libres y un esperado aunque tardío ingreso al siglo XX. La euforia de un pueblo desacostumbrado a la libertad terminó encumbrando a un hasta entonces desconocido pedagogo, el Dr. Juan José Arévalo Bermejo, a la Presidencia de la nueva democracia en las siguientes elecciones; y éste, a su vez, propició el surgimiento de un inusitado y vigoroso debate público en el que las ideologías políticas empezaron a cobrar forma en la mente del público guatemalteco. Siendo que Guatemala es aquel lugar en el que “hay piedras que flotan, madera que se hunde y donde ‘cómo nó’ quiere decir sí”, el moreno y modesto “oficial de línea” terminó abanderando la causa de “la derecha”, constituyéndose en candidato para las elecciones de 1,950, apoyado por la entonces poderosa “frutera” (UFCO), dueña, por cierto, de los ferrocarriles; de los finqueros y de buena parte de una clase media crecientemente desconfiada de “los excesos”, reales e imaginados, de “la Revolución”, como la asistencia de nuestro gobierno a movimientos armados en otros países de la región. El ojiazul “canchito”, sofisticado y apuesto “oficial de escuela”, Jacobo Arbenz Guzmán, casado con una rica heredera salvadoreña, por otra parte, abanderó la causa de los intelectuales, de los incipientes sindicatos y en general, del cambio acelerado “desde el feudalismo hacia un capitalismo moderno”, constituyéndose en el candidato “de la izquierda” con el no muy disimulado apoyo del gobierno Arevalista. No es el lugar ni el momento para entrar en detalles, pero el caso es que en ese puente sobre el río Michatoya, en Amatitlán, las pasiones políticas guatemaltecas pasaron de las palabras a los tiros: en el confuso incidente mataron a Arana mientras Arbenz observaba “con anteojos de larga vista” desde “el Filón” y a partir de entonces, las derechas y las izquierdas de Guatemala se odian a muerte y han polarizado un debate que para nuestra desgracia colectiva ha terminado siendo entre los que no quieren que nada cambie y los que quieren repartir lo ajeno. Pero, 70 años después, ya es hora de que salgamos de este impasse histórico


Oportunidades no han faltado: imagine usted, Dr. Giammattei, ¿qué Guatemala tendríamos hoy, por ejemplo, si cuando privatizaron la telefonía y la electricidad, o cuando dieron en concesión la carretera de peaje Palín-Escuintla, hubiesen dotado a la ciudadanía con el 49% de las acciones? ¿No estaríamos viendo ahora una sociedad guatemalteca próspera, pacífica, en franco “despegue”? No se atasque en los temores de quienes son incapaces de pensar “fuera de la caja”. Ya es momento de ser audaces, haga del TRG, el Tren Republicano de Giammattei… Hay voces que insisten en que “hay que pasar de la protesta a la propuesta”. Bueno, élites económicas y políticas chapinas: aquí les queda, por escrito, la propuesta…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriodico el 08 de Octubre 2019"

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