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  • Ciudadano Toriello

El conservador inteligente


“Más vale malo conocido que bueno por conocer…” – Increíble refrán popular guatemalteco que retrata de cuerpo entero el talante conservador de este pueblo.


Como todo buen chapín, irremediablemente tengo encuentros con amigos y parientes conservadores, que aquí forman parte del paisaje. Hace poco uno de ellos coincidió conmigo en un estacionamiento y en cuanto me vio, corrió hacia donde yo estaba y me espetó: “Seguís escribiendo babosadas… ¿no te das cuenta de que son peligrosas en un pueblo como éste, que es ignorante y resentido? ¿No entendés que aquí el que se mete a redentor puede salir crucificado? …¡pilas! ¡no vaya a ser que por escupir al cielo, te manchés la cara!”. La pasión puesta en la admonición era genuina y la convicción, sincera. “Y sí, ¡soy conservador, pa’ que lo sepás de una vez!”. Durante unos segundos, me quedé sin habla. Aquella explosión de emoción mal contenida, me desconcertó, pero recordando otros encuentros con él que vienen repitiéndose desde nuestra adolescencia, acerté a decirle: “No hay nada malo en ser conservador, si lo que querés conservar es una República institucionalmente funcional, con una economía pujante y un estado de derecho; el clavo es cuando lo que querés conservar es un remedo de país que no funciona, que nos encadena a la pobreza de las mayorías y en el que en el Congreso hay bandas de ladrones…” “¡Necio, seguís sin entender! Pero al fin y al cabo, al que le guste el caite…¡que con su pan se lo coma!” y hecho un energúmeno, se metió a su carro y en tres chiflidos, salió “chillando llanta”…


La tarde, por contraste, era tibia y apacible. El cielo, de un azul profundo, con una que otra nubecita coqueta, sólo le añadía encanto a los árboles floreados que adornan a esta ciudad casi cosmopolita, entre tímida y altanera, que se luce en nuestra gentil zona diez, sobretodo ahora que semi-despoblada, “se defiende” del Coronavirus. Un patojo enmascarado observó la escena y en cuanto me quedé solo me preguntó de un grito: “¿lustre?”. No esperó que terminara mi cortés frase negativa, cuando, levantando ligeramente su “máscara”, escupió al suelo y siguió su camino. Viendo de frente a una exuberante buganvilia, incongruentemente arrimada a un edificio de acero y vidrio, no pude menos que reflexionar, embelesado simultáneamente por la belleza de nuestra tierra, que eso de ser conservador en Guatemala nos retrata en todas las capas, en un “corte longitudinal” del cuerpo social: son conservadores los chancles, pero también los hay entre lo que estos últimos llaman “la shumada” y no digamos, en la clase media. Rafael Carrera encabezó la única auténtica insurrección popular generalizada que hemos tenido, al frente de sus “montañeses” desarrapados, empecinados en echar las agujas del reloj para atrás… Pero entonces, como decía mi nana, “me acordé de don Chevo”: ser conservador no es participar de una ideología, es nada más –y nada menos- que la expresión política de una actitud; de una actitud de profundo y visceral temor al cambio. No es ideología, es una actitud de aversión al riesgo, que puede ser simple prudencia o terminar buscando conservar la ideología del aquí y del ahora. Por eso, muchas veces el conservador no encuentra inconsistencia en hacer la apología de uno que otro personaje indefendible: revela pensar como se dice sentenció Franklin Delano Roosevelt cuando se quejaron, por enésima vez, con él, del nicaragüense Tacho Somoza; dicen (Time Magazine, 15 Nov., 1948) que dijo Roosevelt: “será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.”


¿Y cómo le ha servido a Guatemala esta actitud de extrema “prudencia”? ¿Cómo nos han guiado, a lo largo del tiempo, los conservadores? Examinemos el registro histórico: (1) En 1,810, no querían la Independencia Republicana, querían seguir bajo el Absolutismo español. (2) En 1,821, cuando España se hizo republicana, no quisieron seguir siendo españoles; nos unieron al “Imperio Mexicano”. Nos costó la pérdida de Chiapas, Belice y a la postre, la desintegración de Centroamérica. (3) En 1,839, su terror al comercio libre, al laicismo y a los juicios por jurados, nos empujó a “la noche de los 30 años”, en alianza con un clero mercantilista. (4) En 1,871, al no poder impedir “la segunda ola liberal”, la cooptaron y nos dieron el “capitalismo de plantación”, en vez de la República de Propietarios. (5) Finalmente, en 1,954, aliados al clan de los hermanos Dulles, en vez de seguir el camino que señaló McArthur en Japón, Taiwán y Corea, declararon “comunista” a Arbenz e hicieron inevitable nuestro posterior “conflicto armado interno”. (6) Aún hoy en día, el temor a un desborde “izquierdista” de la necesaria purga de nuestras estructuras gubernamentales y empresariales corruptas, los hizo apoyar “la expulsión de la CICIG”, aunque ello le haya dado nuevo aliento a nuestras mafias locales…


Una serie de improbables coincidencias nos ha colocado, de nuevo, frente a otros cuatro años de gobierno conservador. En un país tan tercamente desigual como éste, el conservador inteligente debiera verlo como una oportunidad para avanzar pacífica y aceleradamente en dirección a una República de todos los ciudadanos, cosa que hemos sido incapaces de lograr en doscientos años de “vida independiente”. Avanzar hacia una república en la que como aconsejan Acemoglu y Robinson (los autores de “Por qué fracasan las naciones”) construyamos “instituciones incluyentes”, que alejen a nuestra sociedad de la tentación radical que subyace tras esos líderes mesiánicos que siempre están al acecho y que están prestos a surgir con sus espejismos, conforme aumente la desesperación social. Ello se presenta hoy como algo inusualmente accesible porque la crisis de la pandemia está haciendo que el mundo entero se cuestione los paradigmas existentes y se ensayen en todas partes soluciones inusuales. La ruta histórica indicaría que nuestra sociedad debe recurrir a alguna variante de una dotación patrimonial ciudadana, para incorporar gradual pero firmemente a las mayorías desposeídas a una creciente clase media. Pero en el mundo desarrollado, la regresión de las últimas dos décadas en cuanto a equidad social, puesta de relieve por la actual crisis del Coronavirus, está propiciando la discusión de novedosas rutas hasta hace poco consideradas impensables: variantes del ingreso básico universal. Estos temas, entonces, volverán en todas las latitudes a la palestra. Inevitablemente, muchos los descartarán como quimeras inaccesibles, tras invocar aquel axioma conservador de que “no hay almuerzo gratis”; sin embargo, los temas de todas maneras se discutirán y algunos de los más audaces futurólogos sociales anticiparán que en una sociedad no tan distante, quienes “paguen el almuerzo” serán “robots, alimentados por el sol”…


Hoy que ronda los vecindarios uno de los jinetes del apocalipsis, tenemos que rescatar la calidad de nuestra discusión política nacional. Pero los partidos políticos, tal como actualmente operan en Guatemala, no están siendo eficaces interlocutores de las corrientes reales de opinión, frente al aparato estatal. Parece claro, entonces, que la primera reforma que el país necesita es darnos un sistema político en el que nuestros “representantes” en el Organismo Legislativo, por señalar sólo lo más evidente, no sean listas de desconocidos; cuyos integrantes, al igual que muchos alcaldes, ya no sean descaradamente colocados en sus curules y en las tribunas edilicias, en vez de por los ciudadanos conscientes, por el dinero opaco…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 12 de Mayo de 2020"

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