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Los catastrofistas frente a la Gran Utopía

Actualizado: feb 17


“El poder del crecimiento poblacional es inconmensurablemente mayor al poder de la Tierra para producir la subsistencia del hombre” – frase del clérigo anglicano Thomas Robert Malthus, autor del ‘Ensayo sobre Principios de Población’, publicado en Inglaterra, en 1,798.


Cuando habiendo aprendido a hablar “salimos del paraíso”, en el centro oriental del África, hace unos setenta mil años, según la evidencia científica más reciente, los homo sapiens éramos un puñado de ejemplares al borde de la extinción. Se estima que al llegar a la Revolución del Neolítico, hace menos de diez mil años, éramos menos de diez millones de habitantes esparcidos por toda la geografía del planeta y seguíamos en peligro de extinción. De la adopción definitiva de la agricultura (por primera vez en la actual Turquía, unos siete mil años A.C.) al inicio del Imperio Romano (siglo I, A.C.) habíamos logrado una razonable probabilidad de supervivencia como especie, al llegar a una población mundial de alrededor de 200 millones. Al final del siglo XVIII nuestro éxito como especie era contundente: habíamos llegado a ser mil millones de habitantes y crecíamos como una colonia de hongos sobre la cáscara de una manzana. Hoy, dos siglos y pico después, somos un poco menos de ocho mil millones y empieza a perfilarse un horizonte de estabilidad demográfica futura (entre once y trece mil millones de habitantes, según proyecciones de la ONU) para fines de este siglo XXI…

En 1,798, el inglés Tomás Roberto Malthus postuló que la prosperidad generalizada era imposible porque mientras la producción material crecía de manera aritmética, la población crecía de manera geométrica, anulando cualquier posibilidad de mejora material universal sostenible. Pese a que la Historia le negó contundentemente la razón a Malthus, pues en los últimos dos siglos, pese a guerras, epidemias, hambrunas y otras catátrofes, la producción creció a un ritmo consistentemente superior al de un crecimiento poblacional exponencial y con ello dio lugar a un espectacular incremento en la calidad de vida, un persistente “maltusianismo” ha permeado el debate intelectual de Occidente desde entonces. En 1,972, el llamado “Club de Roma”, fundado por el industrial italiano Aurelio Peccei, comisionó a un grupo de tecnócratas del Instituto Tecnológico de Massachusets (“MIT”, por sus siglas en inglés), para que utilizando las técnicas de simulación digital de sistemas complejos, desarrolladas por el profesor Jay W. Forrester en esa casa de estudios, preparara un reporte sobre “el predicamento futuro de la humanidad”. El reporte, un conjunto de proyecciones computarizadas de un gran número de variables interrelacionadas, señalaba que el crecimiento acelerado de la población conduciría a un también acelerado consumo de recursos naturales no-renovables y a un incremento de la contaminación ambiental, que si no era limitado voluntaria y pacíficamente por la humanidad, irremisiblemente conduciría a escenarios catastróficos como la violencia social, guerras por los recursos, epidemias y envenenamientos masivos causados por la contaminación; y en general, a un súbito incremento de la mortandad y al deterioro de la calidad de vida, durante el siglo XXI. Aunque algunas de las predicciones más inmediatas del reporte (“Los Límites del Crecimiento”, 1,972), referidas al inminente agotamiento de las reservas petroleras, fueron desmentidas por la evolución de los acontecimientos en las décadas subsiguientes, otros aspectos de esta problemática empezaron a hacerse ominosamente evidentes, como la “contaminación térmica” que se deriva de la contaminación atmosférica, o lo que hoy se conoce como el “calentamiento global”. Esto condujo a una reacción política que en su manifestación más extrema postula que “el egoísta consumismo que propicia el capitalismo occidental es moralmente objetable e insostenible en la práctica, por sus efectos nocivos sobre el ambiente que nos alberga a todos” y por consiguiente, “debe restringirse eficazmente y de inmediato, mediante el poder coercitivo del Estado”…a nivel global. El Occidente industrial, en otras palabras, “debe arrepentirse cuanto antes de sus pecados ante la Madre Tierra…”


En febrero de 2,012, mientras especuladores y charlatanes hacían gala de sus exageradas creencias escatológicas (que el fin del mundo, supuestamente según lo vaticinado en la Estela ‘C’ de Quiriguá, ocurriría el 21 de Diciembre de ese año), dos estadounidenses, Peter H. Diamandis y Steven Kotler, publicaban “Abundancia: el futuro es mejor de lo que usted cree”. Esa obra, epítome del tecno-optimismo que empieza a visibilizarse frente al neo-maltusianismo, postula que cuatro fuerzas globales están posicionando a la humanidad en el umbral de la hasta ahora inalcanzada gran utopía: una civilización global en la que una decena de millardos de seres humanos tengan acceso al agua potable, a una alimentación sana y suficiente, a la energía abundante y barata, a la salud, la educación y todo lo que se considera representativo de la calidad de vida de las naciones del hoy “primer mundo”, gracias a la innovación tecnológica. Los tecno-optimistas, en general, vaticinan que con acceso a creciente innovación y con abundante y cada vez más barata energía no-contaminante (extraída de la “lluvia solar” que desciende inexorablemente sobre nosotros), lograremos detener y luego revertir los efectos del “calentamiento global” (al ya no necesitar combustibles) y con el creciente acceso de las masas (vía “el celular” inteligente) a la educación y al debate colectivo, limpiaremos la atmósfera y los océanos y procesaremos civilizadamente nuestras basuras y desechos. Extraeremos agua potable del mar, además de alimentos de concentradas y eficientes “fábricas alimenticias” verticales (de varios pisos hidropónicos y de proteína animal industrial y hasta artificial). El acceso creciente a la educación descentralizada acelerará la transición demográfica global (llevándonos de las primitivas altas tasas de natalidad y mortalidad, a las modernas tasas bajas de mortalidad y natalidad), estabilizando antes de lo esperado y a volúmenes menores a lo esperado, a la población mundial (en torno a los diez millardos de habitantes para el fin de siglo). Los más pobres del mundo irán gradual pero rápidamente auto-educándose, “conectándose” a un mercado global crecientemente descentralizado del que han estado excluidos y adquiriendo así prosperidad y aportando con su consumo, nuevos mercados, y con su creatividad, más innovaciones. En un clima de palpable avance hacia la abundancia generalizada, las tensiones políticas disminuirán a nivel local, regional y global, haciendo posible una inusitada época de paz en las relaciones humanas…


En el proceso, no obstante, el avance tecnológico convertirá en inútiles y obsoletas a muchas hoy necesarias actividades humanas en el “primer mundo” (choferes, dependientes de tiendas, meseros y oficinistas, por ejemplo), provocando desempleo “estructural” masivo. La caída de la “demanda agregada”, entonces, requerirá de alguna versión del “ingreso básico universal” (UBI, por sus siglas en inglés), un concepto postulado originalmente por Martin Luther King, avalado por Milton Friedman (premio Nóbel de Economía en 1,976) y ahora colocado por primera vez en el foro del debate electoral norteamericano, por el aspirante demócrata Andrew Yang. El UBI está concebido como una transferencia monetaria incondicional del Estado, que garantice la “demanda agregada” en una economía crecientemente robotizada (y “uberizada” y de “compras por Internet”), eventualmente sustituyendo a todos los programas sociales burocratizados. El incremento del ocio, fenómeno creciente desde el inicio de la revolución industrial, no se vislumbra en esta cosmovisión como algo negativo, sino como el clima en el que se desarrollará un renovado interés en la especulación científica, artística y filosófica de crecientes proporciones de la ciudadanía, hecha posible por nuestros “esclavos inanimados”, alimentados por el sol... Habremos arribado, antes de que termine el siglo XXI, a la auténtica gran Utopía… Se inicia un gran debate político mundial entre estas dos cosmovisiones; mientras tanto, ¿seguiremos, los chapines, encerrados en nuestro pueblerino y estéril debate entre neo-marxistas y conservadores?


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 11 de febrero de 2020"

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