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La farsa de la acusación de “autoamparo” contra la CC

Se puede engañar a toda la gente por algún tiempo; se puede engañar a alguna gente, todo el tiempo; pero no se puede engañar a toda la gente, todo el tiempo…” – Abraham Lincoln, Presidente y estadista norteamericano, del Partido Republicano; recordado hoy por su lucha, en el S.XIX, a favor de la abolición de la esclavitud y la promoción socio-económica de los menos afortunados. Fue asesinado en el palco de un teatro, al final de la trágica Guerra Civil de aquella Nación, por derrotados amigos del capitalismo de plantación, quienes pensaban que el leñador de Illinois había abusado del poder coercitivo del Estado, para conculcar “sus derechos”…


Tras la expulsión de la CICIG, que vino finalmente a Guatemala por insistencia de la administración de Oscar Berger, se inició una evidente regresión en el proceso de combate agresivo a la corrupción. La expulsión de la CICIG correspondió claramente a la voluntad de las élites empresariales, de los representantes del pensamiento conservador y también, obviamente, a la de muchos de los integrantes de las mafias enquistadas en la cosa pública, que se sintieron –como nunca antes- perseguidos y acosados por esa Misión de la ONU. Por supuesto, el asunto nunca se sometió al escrutinio del electorado. De esa manera, utilizando astutamente las fórmulas republicanas, una persuasiva minoría conservadora impuso su voluntad sobre una mayoría que aunque favorecía tímidamente la permanencia de la controversial institución, se quedó de facto, sin voz efectiva. Ni durante la campaña presidencial se atrevió candidato alguno a debatir públicamente aquel “intocable” tema, so pena de dejar a su campaña “sin fichas” o colocarse legalmente “fuera del juego”; así de “abierta” es esta “democracia” (de mentiras). De esta manera, el pensamiento conservador guatemalteco, en vez de contribuir a moderar los excesos y reorientar el rumbo del esfuerzo anti-corrupción, desarrolló una visceral desconfianza hacia lo que percibía como un claro “sesgo izquierdista” de sus operadores y patrocinadores y terminó coincidiendo, en la práctica, con los intereses de las mafias. Hay que recordar que aunque el vehículo específico utilizado por la CICIG fue una especie de “acuerdo formal” entre Guatemala y la ONU, el impulso inicial y la inteligencia que estaba detrás de la entidad era, realmente, el servicio exterior de la poderosa República norteamericana, hartos de conocer interioridades del casi siempre impune crimen organizado guatemalteco. Los promotores más apasionados de la expulsión de aquel “experimento” invocaban por ello (i) los sentimientos de nacionalismo (considerando “chairos” a los norteamericanos de filiación “demócrata”) y (ii) la natural aversión de los ciudadanos de a pie, a los abusos y excesos que la malograda entidad cometió también, entre sus logros y progresos. Un coincidente “cambio de aires” en la política norteamericana terminó de “cocer el arroz”. La mayoría de nuestras clases pudientes fue seducida por esta postura, mientras que “la gente de izquierda” empezó a generalizar el prejuicio de que todos los empresarios favorecen la corrupción y por eso, la discordia en la sociedad guatemalteca alcanzó nuevas cotas de enfebrecida pasión. Una vez más, como a lo largo de nuestra infortunada Historia, el sistema político guatemalteco se polarizó, exigiendo adhesión a uno de dos extremos, dejando vacío el espacio donde usualmente se aloja la moderación…


Es en ese contexto que hay que analizar las desafortunadas reacciones de nuestras élites al “escándalo Gustavo Alejos”. El Ministerio Público (MP), contrapartida local de la CICIG y la Corte de Constitucionalidad (CC), se perciben por los conservadores como “contaminadas” por el paso de la defenestrada Comisión y consiguientemente, “enemigas de nuestras libertades”. No parece importar que tan obvia ha sido la corrupción en el proceso de renovación de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y las Cortes de Apelaciones (CA), o que tan obviamente estén a punto de “ser cooptadas” por las mafias; toda acción de la CC se ve con extrema desconfianza por los conservadores, que la consideran una “Corte chaira”, cuyo único propósito es favorecer la agenda partisana de “la izquierda”. Por ello, la sentencia de la CC que buscaba “enderezar” el torcido proceso de renovación de las magistraturas, pese a ser lógica ((i)descalificar a los candidatos vinculados al preso; (ii) exigir abstención de voto a los diputados cachados en esas pláticas; y (iii) iniciar un proceso de reforma de la elección de Cortes), ha sido objetada “contra viento y marea”. Para impedir sus efectos, se ha urdido una conspiración en los conciliábulos conservadores, que se centró en la fabricación de un supuesto crimen cometido por la CC al emitir su sentencia. Esta acusación, al ser rechazada por obvia, frívola e inconducente, ha sido presentada a la opinión pública como un pecaminoso “auto-amparo” de la actual magistratura de la CC. El resto del mundo nos mira con una mezcla de lástima y sarcasmo, al constatar que aquí, cuando a los poderosos no les gusta una sentencia del más alto Tribunal, si bien ya no auspician un golpe militar, de todas maneras ejecutan un “golpe técnico” desconociendo sus efectos, mediante acusaciones espurias a los magistrados. Lo que los conservadores realmente quieren es “que no queden en las magistraturas los candidatos chairos” y por eso ceden a las “mafias de derecha” el poder imponer a sus candidatos. Eso implica mantener a la actual CSJ hasta que venza el período de la magistratura actual del la CC el próximo abril. Creen que se saldrán con la suya porque el pueblo está muy preocupado por sobrevivir su “día a día” y porque, gracias a un sistema político diseñado para “comprar” el poder, tenemos representantes que no nos representan, ilustres desconocidos alquilados “para levantar el dedo” en el Hemiciclo. No se dan cuenta de que todo tiene un límite y que se les viene encima la inexorable rueda de la Historia…


La mentalidad conservadora ha predominado recurrentemente en la Historia de Guatemala mediante un astuto juego en el que se descalifica la moderación. No se busca el equilibrio, el balance de poderes y visiones, sino que se auspicia la polarización. Así se hizo en 1839 y en 1954 y por eso hoy somos lo que somos. Esta insistencia en dividirnos entre los que no quieren cambios y los que quieren incendiar la tienda nos tiene aherrojados al subdesarrollo y al atraso y por tanto, se debe combatir. Es tiempo de que entre en escena un auténtico pensamiento liberal, enemigo del abuso del poder y propulsor de un capitalismo incluyente y democrático. No podemos seguir aceptando que sólo podemos escoger entre cachurecos y neo-marxistas. Tome nota, ciudadano: siete de cada diez electores no queremos ni una cosa, ni otra y sin embargo, no estamos realmente representados en el sistema de gobierno. Tome nota de quienes de los nagüilones futuros candidatos se está pronunciando al respecto HOY, para proteger los intereses de los de a pie. Y no lo olvide dentro de tres años y pico, cuando le lleguen a pedir el voto…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 14 de Julio de 2020"

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