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¡Resistiré…!

“…y aunque los vientos de la vida soplen fuerte/soy como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie/resistiré, para seguir viviendo/soportaré los golpes y jamás me rendiré/y aunque los sueños se me rompan/en pedazos, resistiré, ¡resistiré!”– extracto de la canción del compositor español Carlos Toro, interpretada sin pena ni gloria por el justamente olvidado ‘Dúo Dinámico’ en la década de los ochenta del siglo pasado, pero que hoy, en boca de los ‘Marismeños’ (edición de Antonio Lorente) se ha convertido en ‘el himno español contra el Coronavirus’ ¡Olé!


Abandono temporalmente mi sistemática incursión pública a detalles ampliamente ignorados de nuestro pasado relevante, para fijar mi atención en el tema del momento. Aunque aún en ésto, la Historia no puede ignorarse: en 1,837, cuando la pandemia del ‘cólera morbus’ entró por la ruta del Caribe, los curas de parroquia le dijeron a un pueblo abrumadoramente iletrado que aquello era “castigo de Dios”. Ardiendo “en santa ira”, clérigos y ‘cachurecos’ “le echaban el muerto” a Mariano Gálvez (Jefe del Estado de Guatemala) y a Francisco Morazán (Presidente Federal), por haber auspiciado, sacrílegamente, la confiscación de latifundios, obrajes e inmuebles de “la Santa y Apostólica”; abortando con ello “las obras pías” y la acción benefactora de “las manos muertas”, con la excusa de “poner ese capital en circulación”. Los liberales ‘comecuras’ -¡’pirujos’!- querían hacer un “registro de la propiedad” (privada, nó ‘corporativa’) y poner las bases de un futuro sistema bancario, iniciando el proceso con parte de los activos de la latifundista institucional más grande del país. Además, retiraron a la Iglesia de su papel de decimonónico MINEDUC, instaurando -en papel, sí- la educación pública“ laica, obligatoria y gratuita”; abolieron el pago obligatorio del diezmo y le dieron carta de naturaleza al ‘matrimonio civil’ (contractual) y al divorcio. Los ‘pirujos’ argumentaban que era necesario sacar a la Iglesia del poder,“…pues los curas no pagan al gobierno y sí cobran sus propios impuestos, hacen a la fuerza y mallas veces de la banca (quitándose la competencia financiera con “leyes contra la usura”) y “pa’acabarla de amolar” también educan a tus hijos y confiesana tu mujer”… En 1,829 Morazán había expulsado al Arzobispo Ramón Casaus y Torres, un dominico baturro que había tildado de “apóstata y traidor” a Hidalgo y que se había opuesto a la Independencia, jurando públicamente defender “hasta la última gota de su sangre” al Rey (de lo cual, en su momento, tuvo que renegar). Este clérigo condonaba la aplicación de azotes en las escuelas y seminarios, además de eso y más, para los presos políticos, que se alojaban en los sótanos de algunos conventos. Expatriado, desde la Habana, con ayuda económica de la monarquía española, dirigía esfuerzos sediciosos contra la República, que empezaron a calar con fuerza cuando el gobierno empezó a cobrar sus propios nuevos impuestos. Al extenderse la epidemia del cólera, Mariano Gálvez ordenó ‘cuarentenar’ Mataquescuintla y otras poblaciones en la ruta que conducía de la costa atlántica a la ciudad de Guatemala y envió “brigadas sanitarias” a echar antisépticos (sales de postasio) a las tomas de agua. Estas brigadas sanitarias fueron acusadas desde los púlpitosde “envenenar las aguas”, cosa que los campesinos “comprobaban” al obligar a los brigadistas a tomarse el antiséptico en altas dosis y morir, lógica y tétricamente, frente a sus ojos. Nunca sabremos cuántos muertos hubo, pero tras tres años de peste y guerra y rompiendo en pedazos a la República Federal, cayó el gobierno ‘pirujo’, bajo el liderazgo de Rafael Carrera, en 1,840…


A fines de 1,917 hubo un gran terremoto en Guatemala. Eran tiempos del dictador ‘liberal’ Manuel Estrada Cabrera, émulo del mexicano Porfirio Díaz. Se había hecho del poder a sangre, intriga y plomo, tras el nunca bien explicado asesinato de Reyna Barrios en 1,898. Las casas ‘finas’ de la capital eran entonces de adobe y teja y las paredes y los techos aún en pie se caían con cada réplica, no digamos los edificios públicos y las viviendas “del pobrerío”. El mundo entero estaba en guerra y todo lucía muy mal. Los bolcheviques habían triunfado en Rusia ese mismo año y asesinarían al zar ruso y a su familia a mediados de 1,918. El vecino México estaba aún en la etapa más sangrienta de su Revolución y pronto sus más connotados personajes morirían asesinados, en rápida sucesión (Zapata en 1,919; Carranza en 1,920; y Pancho Villa, en 1,923; entre algo como otro millón y pico de muertos); por lo que “en prevención de desórdenes” el tirano había sembrado de “orejas” a la sociedad guatemalteca, que vivía vigilada de cerca por un grotesco Estado Policial. A principios de 1,918, hubo un segundo terremoto y las estructuras que quedaban, ya debilitadas, causaron más mortandad. La gente ‘pudiente’ salió de sus dormitorios a vivir “en carpas”, en el patio o el jardín. La mayoría de la gente en pueblos y ciudades, salió de sus casas destruidas a vivir en "champas", en parques y potreros, sin dinero para reconstruir. En eso se acabó la Primera Guerra Mundial (1,914-1,918) y los soldados regresaron a sus casas en todo el mundo y trajeron con ellos la terrible "influenza española", incubada en las trincheras. Con mucha gente aún hacinada en los parques, en Guatemala cundió la pandemia –que llegó por barco y se internó por tren- “como fuego en un reguero de pólvora”. Se calcula que en el país murieron entre 75 y 150 mil habitantes, en un país que entonces tenía alrededor de 2 millones, pero el gobierno ocultaba la verdad. Muchos pensaron que venía "el fin del mundo" y que no había tiempo que perder. Entre quienes pensaban así estaban los jóvenes “de sociedad”, quienes para no perder el tiempo “se iban de luna de miel” antes de morir, poniendo de moda, a diferencia de hoy en día, eso de casarse muy jóvenes. La mortandad en el campo y el miedo al contagio ocasionó que buena parte de la cosecha de café, de donde el país obtenía el 90% de sus divisas, quedara sin recogerse; y que el mercado alimentario se desabasteciera. La pobreza y la insatisfacción social y política crecieron y por fin, en abril de 1,920, tras refriegas armadas sangrientas en plena capital, el gobierno tiránico cayó…


La “pandemia del coronavirus” nos sorprende en el 2,020 con “aviones jet” de pasajeros, internet y “redes sociales”. En Guatemala, un gobierno recién estrenado y una población hiperinformada reaccionan a la emergencia adoptando de buena fé y “para aplanar la curva de contagios”, fuertes medidas de contención de la pandemia, fincadas, fundamentalmente, en el “distanciamiento social”. Pero tras semanas de cuarentena generalizada y aún asumiendo que las medidas de contención resulten exitosas (de lo cual no podemos estar seguros pues no hemos hecho suficientes pruebas, ni "muestreos" estadísticamente significativos, por lo que en gran medida estamos "dando palos de ciego"), la población seguirá siendo vulnerable a brotes futuros (sólo se necesita UN infectado para iniciar un nuevo brote). Consiguientemente, si se siguiera la misma e impracticable "estrategia de contención", habría que iniciar otra cuarentena "nueva" y otra y otra, ad infinitum...hasta que todo el mundo muera de hambre o de violencia social, en vez de coronavirus. O sea que la única opción viable(en ausencia de una vacuna efectiva, o de un antídoto que esta sociedad es incapaz de producir) es que la población regrese ordenadamente a trabajar y se infecte “poco a poco”,que la mayoría se cure y que entonces crezca la proporción de población inmune (aunque aún no esté “probado científicamente” para este virus, ése es el curso natural que registra la Historia). Sí, aunque suene cruel el sólo decirlo, así es que se han terminado, históricamente, todas las pandemias. Aplazando (por espacio insuficiente) para mi próxima columna el análisis de las muy manoseadas “medidas de reactivación económica” ¡el presupuesto de 92 millardos –un millardo son mil millones- aumentado súbitamente en otros 22 (5, de “ajuste ordinario”; 11, “por la crisis”; y otros 6, “por resolución de la CC”), suficiente para darle Q2,200.00 a todos los ciudadanos!, lo que no puedo dejar de señalar es lo que hoy sí podemos empezar a hacer: que este proceso (afortunadamente esta enfermedad parece tener en una morbilidad realmenor al 2%) sea atenuadomediante (1) muchas PRUEBAS ("tests") y cuarentenas focalizadas; y (2) Medidas lógicas de contención no disruptiva(uso obligatorio de mascarillas en lugares públicos, escalonamiento de horarios productivos y el consiguiente fraccionamiento horario del transporte público), educación pública constantesobre las precauciones a tomar (como insistir en que la gente se lave las manos, en vez de campañas de "pánico" como mostrar cadáveres en bolsas). Habrá, lamentablemente, muchos muertos... pero menos de los que ya actualmente se mueren de las consecuencias de la pobreza generalizada... que estamos en proceso de agravar. Es un dilema que no quisiéramos tener, pero está aquí, frente a nosotros. No es la primera pandemia que amenaza al ‘homo sapiens’, ni la más grave que ha ocurrido. Es parte inevitable del riesgo de vivir. Usted, amable lector, actúe con prudencia, pero dígase, también, con esperanza: ¡resistiré!


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 7 de Abril de 2020"

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