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  • Ciudadano Toriello

¿Qué pasó en Chile? ¿qué implica para Guatemala?

“Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘cierren los ojos y recen’. Cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.”- Frase de Eduardo Galeano sobre la que mordazmente comenta un lector de esta columna: “Fue la dotación patrimonial original de la conquista para las élites corruptas de Latinoamérica”. Y la verdad es que, en esencia, al margen del calificativo, no se puede negar que así fue.



El resultado de la reciente elección presidencial en Chile es particularmente dolorosa para “la derecha” latinoamericana y no sólo para aquella que había encontrado en Chile la justificación de sus regímenes de fuerza, como el de Pinochet (“no hay otra forma de hacer progresar a ‘nuestros pueblos’ más que ‘la mano dura’, mano; ‘hay que ser realistas’...”); sino también para aquella, más moderada, que sólo aboga por una conservadora no-intervención de la economía, en la convicción de que el crecimiento económico concomitante, se “derramará” sobre los más desfavorecidos, lo que terminará sacándonos a todos -es la promesa implícita- de la pobreza. Chile ha sido en las últimas décadas el más exitoso ejemplo, el epítome, de esta fórmula conservadora. Pero al pueblo chileno (“desagradecidos, ¡insensatos!” - dicen amargamente los conservadores), no le ha parecido suficiente. No le ha parecido suficiente a los chilenos que la macroeconomía crezca y que el nivel de todos haya subido apreciablemente. Porque les parece que ese crecimiento no se ha distribuido en suficiente proporción hacia los menos favorecidos; que el sistema privatizado de seguridad social no ha resultado conforme a lo ofrecido, pues no está dándole aceptable alivio a la mayoría; que no es justo que la educación superior sea un lujo impagable y en general, que ya es inaceptable que el mejor predictor del nivel de vida de los ciudadanos siga siendo el nivel de vida de sus padres y abuelos, negando la característica meritocracia de las auténticas democracias. No les parece, dicen, que derechos sociales como la salud y la educación se conviertan en “mercancías”, sujetas a la Ley de la Oferta y la Demanda, en mercados oligopólicos donde la mayoría de consumidores tiene bajo poder adquisitivo. En otras palabras, los chilenos han votado por menos desigualdad, contradiciendo la aseveración conservadora de que “la desigualdad no importa” si todos creen poder estar “un poco mejor”...


No que no haya aprensiones al respecto. Muchos de los que votaron por Boric lo hicieron sólo después de que este otrora ferviente aliado del Partido Comunista chileno se “desmarcó” de las dictaduras nicaraguense y venezolana y aún así persiste el temor subyacente de que un desborde del reformismo pueda terminar “matando a la gallina de los huevos de oro”. Pero en ausencia de una oferta final de capitalismo popular e incluyente, de un liberalismo auténtico, o de una propuesta abiertamente social-demócrata, terminaron por rechazar el que todo siga igual, sobre todo, tras los amagos pinochetistas de Kast; y se arriesgaron a escoger al candidato neo-marxista que entre la primera y segunda vuelta “moderó” su oferta reformista, diciendo que es más demócrata que marxista, calmando así un poco al amplio “centro” del electorado chileno con promesas de responsabilidad fiscal y de respeto al crecimiento económico. En esencia, el electorado chileno quiere algo más parecido a Francia o a Canadá que a Cuba o a Nicaragua, pero como no había una propuesta explícita en esa dirección, le están “apostando” a una “corrección hacia la izquierda”, que tiene su freno en un Congreso dividido y en una fuerte tradición jurídica de respeto a los cauces republicanos. Aunque los jóvenes, no se puede dejar de observar, se han volcado a esta opción con apasionado entusiasmo, haciendo realidad el lema de que ésta ha sido una batalla en la que “la esperanza le ganó al miedo”... ¿Miedo? Sí, miedo a que por excesos radicales se deslice la sociedad hacia lo que hemos visto suceder en Venezuela. Miedo a que un país rico, aunque imperfecto y desigual, caiga en tales penurias, que con excepción de la minúscula capa gobernante, todos los que se queden terminen sometidos a la más abyecta de las pobrezas y sojuzgados por la más implacable de las dictaduras. En los últimos dos años, la fuga de capitales chilenos ya lleva un acumulado que ronda el 8% del PIB. Imposible no es...



Ésto está pasando en una sociedad que tiene un ingreso percápita de aproximadamente cuatro veces el de Guatemala. ¿Qué podemos esperar aquí, en esta época de Internet y de mobilidad migratoria creciente, si en nuestra muy “latinoamericana” oferta política, el sistema nos prepara, otra vez, para escoger “entre lo radical y lo mismo”, entre la candidata de CODECA y la candidata de la Cleptocracia? La tradicional política maniquea de la América Latina se está manifestando en todas partes de manera similar, pero con un modelo conservador dominante desprestigiado y hoy, pareciera, agotado: Perú, Chile, Honduras y pronto, Colombia. Las viejas fórmulas conservadoras se han desgastado, ya no ofrecen esperanza. Llegó el momento de un viraje histórico y debemos ser inteligentes, ciudadano, para que aquí en Guatemala eso no signifique intentar, por enésima vez, las fracasadas fórmulas marxistas...



Hay que empezar por reconocer que no somos lo que somos por casualidad. En vez de superar las taras de nuestra herencia colonial, primero, hicimos una “independencia sin República”, que duró hasta que cayó “el Chente” Cerna, en 1871. Luego, hicimos una “revolución liberal” que con tierras del Estado, agudizó la dualidad latifundio/minifundio y no nos desembarazó de prácticas semi-feudales, hasta la Revolución de 1944. Finalmente, en 1952 hicimos una “reforma agraria” que no democratizó la propiedad privada y que al revertirse en vez de reformarse (en 1954), nos precipitó a la terca discordia política que hasta hoy nos caracteriza. Pocos están conscientes de que el liberalismo se inició como una rebelión contra el abuso de poder, tanto político como económico. Que tenemos que caminar en dirección a lo que hizo prósperas y pacíficas a las sociedades del hoy “primer mundo”: que eso implica que tenemos que crear una sociedad de consumidores, de pequeños propietarios; una república de todos los ciudadanos. Los países que hoy admiramos, primero se desembarazaron de sus resabios feudales y antidemocráticos. Construyeron repúblicas incluyentes y al hacerlo, crearon grandes mercados y sus concomitantes “milagros económicos”. Ese es el camino por recorrer. Eso es lo que aquí plantea “la conspiración del bien”. Una agenda que empiece por (i) retomar la lucha auténtica contra la corrupción; bien dice el vecino Bukele que “el pisto alcanza cuando nadie roba”. Que siga con un combate frontal a la raíz de nuestra inequidad crónica: (ii) una Ley de “dotación patrimonial ciudadana”, expresión de un ambicioso liberalismo quirúrgico. No podemos seguir, como en la reciente concesión del “sistema de peajes Escuintla/San José”, privatizando activos estatales sólo en favor de una minoría. También debemos avanzar en dirección a la (iii) universalización de la seguridad social; un compensador social crecientemente urgente, en una sociedad que esta dejando de ser agraria pero que aún “no despega”. Además, provocar ese “despegue” económico dejando de obstaculizar la materialización del único macro-proyecto que tiene el potencial de transformar la matriz socio-económica del país: (iv) el Corredor Interoceánico de Guatemala (CIG). Todo lo anterior, sin perder de vista nuestro inexorable y promisorio (v) destino Centroamericano...


Por eso, la “conspiración del bien” está trabajando en construir “una carpa grande”. Una en la que quepan todos los ciudadanos de buena voluntad, que deseen una Guatemala próspera y pacífica, alejada de los extremos. Desde conservadores moderados hasta social-demócratas, pasando por todas las expresiones liberales auténticas, conforme a lo que quieren siete de cada diez electores. Eso requerirá de una madurez política que los guatemaltecos ya hemos exhibido en otras encrucijadas históricas, reuniendo en pos de un ideal común a grupos con pensamientos disímiles aunque no irreconciliables. Una coalición, en suma, que superando los escollos que deliberadamente le pone “el sistema’, tenga el potencial de derrotar a este sistema cleptocrático sin caer en la dictadura radical, que le de una lección al resto de la América que habla nuestro idioma de cómo, realmente, construir un futuro mejor... Sí ciudadano, vienen “tiempos interesantes”... ¡Feliz año nuevo!


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 29 de Diciembre de 2021"

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