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  • Ciudadano Toriello

Patria mestiza, Nación próspera

El... gobernante de una sociedad no debe tener más bandera que la justicia... (y deben ser) iguales los hombres ante su presencia, como lo son ante la Ley. Sólo debe distinguir al mérito y a la virtud para recompensarlos; y al vicio y al crimen, para procurar su castigo.” – Benito Juárez (1806-1872); nacido zapoteca, ignorante del idioma español en su huérfana niñez campesina y al morir, liberal Presidente mexicano y uno de los hispano-parlantes más elocuentes de la Historia.



Dos peligros acechan al futuro de Guatemala: los neo-marxistas y los ultra-conservadores. Los primeros creen -contra toda la evidencia histórica de su violenta futilidad- en aquello del forzado “reparto de lo ajeno”; y los segundos, en que dada la potencialmente explosiva naturaleza de nuestra desigual sociedad, es mejor “que nada cambie” y ¡ay! del que lo intente. Ambos medran con la confrontación y desde sus minoritarias esquinas, atizan el odio. Ninguno de los dos grupos nos sacará del subdesarrollo y si no los extirpamos de la cosa pública, nos llevarán a la debacle...



La “última moda” entre los neo-marxistas guatemaltecos es promover al “Estado Plurinacional”, a través de la ya propuesta convocatoria a una Asamblea Nacional “re-fundacional”. Sorprendiendo a los incautos, es la excusa y el mecanismo con los que calculan poder zamparnos las fracasadas recetas de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Con el agravante de que cuando alcanzan el poder, estos grupúsculos “no sueltan la guayaba” a menos que el pueblo aporte abundante cuota de sangre, sudor y lágrimas. Aparte de ser una quimera irrealizable, esta peligrosa ocurrencia no es más que el inútil intento por iniciar otro experimento social destinado a ser fallido, de los que a lo largo de la Historia ya hemos tenido suficientes. “Ya no está la Magdalena para tafetanes”, ciudadano... ¿Qué por qué digo que eso del “Estado Plurinacional” es una quimera irrealizable? Pues porque tras más de quinientos años de innegable mestizaje, usualmente gestado -tampoco se puede negar- por abusivas y asimétricas pasiones, en la oscuridad, y disimulado por la vergonzante ocultación social, los ladinos son más indios de lo que creen y los indígenas tienen más sangre chapetona de la que imaginan. Inescapablemente, étnica, cultural y hasta culinariamente, los chapines somos un pueblo mestizo y nó cuatro ficciones. Y mestizos, por cierto, son también los españoles: celtas, griegos, púnicos, romanos, visigodos y sarracenos, en abigarrada mescolanza. No hay “raza” española, hay pueblo español... Así que sin dejar de valorizar la rica diversidad de nuestros orígenes, pretender un “Estado Plurinacional” no es más que insistir en otro albur experimental divisivo, destinado a fallar en nuestro tránsito hacia una sociedad más vivible, que lo que debe buscar es aproximarnos a la simple igualdad de derechos y oportunidades y nó a separarnos más. No se puede hacer desaparecer -por cruel que nos parezca- medio milenio de Historia. El único “indigenismo” útil es el que emblematizó Benito Juárez -quien, por cierto, habiendo nacido zapoteca fundó una familia mestiza de inusual padre indígena y madre criolla- al demostrar que el mérito no depende ni del color de la piel, ni del idioma que hablemos al nacer, ni de los dioses que adoremos, ni de la ropa que escojamos usar... Pero, además, sin menospreciar nuestra también riquísima herencia maya, de los españoles heredamos el ubérrimo idioma de Cervantes que es nuestra lingua franca y nuestra congénita conexión a la aún promisoria civilización occidental. El régimen colonial no fue nefasto por español, sino por sus ribetes feudaloides, construidos -por cierto- sobre la “hipanización” del régimen precolombino, que no era ni mucho menos, una bonancible utopía salvaje, rebosante de “sabiduría ancestral”, sino un muy concreto y cruel despotismo de teocracias ancladas en el neolítico tardío, con dioses supuestamente ávidos de sangre humana... Guatemala no debe caminar -a contrapelo de la Historia- hacia una mayor y empobrecedora balcanización; sino todo lo contrario, hacia la restauración de su destino natural, como parte principal y consustancial de un Estado Centroamericano más grande, másunido, más libre y más fuerte...



Los ultraconservadores, por su parte, como en todas las épocas y en todas las latitudes, desconfían de su propio pueblo ; y como ilustraron especialmente aquellos rusos que fútilmente defendían hace cien años a un Zar antiliberal, por eso quieren autocracia (“orden”, impuesto con mano fuerte), ortodoxia (“nada de ideas exóticas”) y “nacionalismo” (eso sí, “sin faltas de respeto” a sus íconos internacionales, como aquí y ahora, míster Donald Trump). En su abierta -aunque a veces también solapada y por interpósita mano- defensa del orden imperante, están dispuestos a las alianzas más cuestionables, como la que actualmente han hecho en Guatemala con nuestra impresentable cleptocracia. En su inverosímil defensa de “las bondades” de este corrupto régimen excluyente, insisten, por ejemplo, en que “la desigualdad no importa”. ¡Sólo a los ultraconservadores les parece “normal” este arreglo social mediante el cual Guatemala ha devenido una amurallada “isla” de mansiones como las de La Cañada, rodeada de un mar de covachas como las de La Limonada! No parecen entender, que si las cosas no cambian, irremisiblemente la incontenible marea de un comprensible resentimiento, inundará, destructivamente, a esa isla de insostenible y desigual prosperidad. Porque no hay que darle muchas vueltas, ciudadano: la raíz de nuestra cruel problemática social, de nuestra perenne inestabilidad, y de la falta de un vigoroso crecimiento económico, es nuestro bicentenario fracaso en construir una república de todos los ciudadanos. Una sin ciudadanos “VIP” frente a ciudadanos “de segunda”. Porque, lamentablemente, seguimos sin superar el concepto colonial de “las dos repúblicas”, que heredamos de la Colonia. Ya lo he dicho y lo repito: (1) en 1821, la reacción conservadora prefirió destruir la República Federal, que consentir el abandono de nuestras fórmulas feudaloides; (2) en 1871, cuando aún la tierra sin dueño era abundante en relación a la población, perdimos nuestra segunda oportunidad, pues la Revolución Liberal fue adulterada, para darnos el Capitalismo de Plantación, ese de los latifundios obtenidos a la sombra del poder, el que nos dio este país “de finqueros y mozos”, en vez de un mercado de innumerables pequeños propietarios, semilla de una fuerte y expansiva clase media; y (3) en 1954, abortamos un proceso revolucionario que -pese a sus desvíos y errores- podría haberse moderado legalmente y así habernos acercado a una sociedad menos abrumadoramente desigual, más aceptable. En vez de eso, llevamos tres cuartos de siglo con los ultraconservadores encontrando “chairos” hasta debajo de las piedras y a los radicales complotando a la sombra, enfrascados en “la guerra fría chapina”, que a ratos, peligrosa pero inevitablemente, amenaza ponerse caliente...



A juzgar por los resultados de “la primera vuelta” de la pasada elección y de algunas encuestas relevantes, los neo-marxistas guatemaltecos tienen persuadido, a estas alturas, a un 15% del electorado. La apuesta que parecen estar haciendo es que los abusos, escándalos y frustraciones derivadas de vivir bajo “la sabia dirección” del “doctor Timo Chenko”, engrosarán esos números y consiguientemente, las posibilidades de triunfo de una “candidata de CODECA” en las próximas elecciones. Los ultraconservadores, por otra parte, también son respaldados por otro 15%, pero han demostrado ser mucho más hábiles a lo largo del devenir histórico para remontar su condición minoritaria: su agenda ha prevalecido un 90% del tiempo durante el último par de siglos. Fuera de las décadas del 1829-39 y la del 1944-54, de manera abierta o solapada, su agenda inmovilista, de facto, se ha impuesto, mediante trampas estructurales que calladamente han insertado en el sistema. Hoy le apuestan a que el surgimiento público de desafíos radicales, aumentará el “factor miedo” de los moderados, “llevando agua a su molino”. Se preparan, meticulosamente, para seguir en lo mismo: asustando al 70% “con el petate del muerto” (la potencial “candidata de CODECA”) y vedándole cualquier otra opción diferente, el régimen, nuevamente, “nos salvará del comunismo” mediante nuestra “sabia” -y supuestamente inevitable- elección de la poliándrica “hija del General”. Porque otra vez, será “lo menos pior”. Y dizque habrá esperanza: el mensaje subliminal es que “teniendo paciencia” (otros doscientos años, digo yo), la prosperidad de los pocos “se derramará” hacia los muchos, si tan sólo “dejamos claras las reglas del juego”. Es decir, si cobramos pocos impuestos, no regulamos las tarjetas de crédito, no extendemos la cobertura del IGSS a toda la población, y sobretodo, si “nos hacemos brocha” de la extendida, abyecta y descarada corrupción de los que mandan...



El desafío, ciudadano, es hacer un ¡hasta aquí! El reto es escaparnos de esa trampa estructural, en la que el régimen nos veda las opciones y decir: ¡ni la Chana, ni la Juana! ¡Basta ya de que ignoren al 70%! Avancemos hacia la sociedad democrática moderna, con un capitalismo vigoroso e incluyente, que nos convierta en el foco de prosperidad en el Centro de América que estamos destinados a ser. Para ello, hay que buscar dónde “se coló” en el sistema político un poco de idealismo entre tanta miasma. El nuevo movimiento ciudadano debe decir: BUSCO UN PARTIDO que nos convenza de (1) que “terminará la limpia” que empezó la CICIG; y (2) que iniciará nuestro camino hacia una República de todos los ciudadanos, alejándonos de esta obsoleta república bipolar. Sólo hace falta que esa talentosa, abnegada y ya harta mayoría ciudadana, cobre consciencia de sí misma, le recuerde a los políticos que su misión es servir al pueblo y no al revés, y tome así , en sus propias manos, las riendas de su destino...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 5 de Octubre de 2021"

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