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  • Ciudadano Toriello

No habrá esperanza sino hasta que se sepa que ARDE la Cleptocracia...

Para empezar la cura de nuestro cuerpo social, contribuya usted a divulgar que “Ni Zandra, ni Sury / ni el tal Meme Conde / ¡pues es Timo Chenko / quien atrás se esconde!”. Después, acompáñenos a identificar cuáles de la docena y pico de opciones electorales restantes, se comprometerán públicamente a promover la Agenda de cinco puntos de ARDE...


El domingo 13 de abril de 1829, el hondureño Francisco Morazán, al frente del “Ejército Aliado Protector de la Ley”, tomó por las armas a la ciudad de Guatemala y encarceló al Presidente y al Vicepresidente de la República Federal, los ciudadanos Manuel José Arce y Mariano de Beltranena, respectivamente; así como al poderoso Jefe del Estado de Guatemala, el verdadero titiritero detrás del drama, Mariano de Aycinena. Era el final del segundo acto de una tragedia en tres actos que destruyó a nuestra Patria Grande, Centroamérica.


En el primer acto, el Clan Aycinena conspiró para hacer una Independencia sin República (1821) y así anexarnos al régimen monárquico (1822) que encabezó Agustín de Iturbide en México. Al derrumbarse ese complot (1823), la presencia de las tropas de Filísola en Chiapas (originalmente “invitadas” a nuestro territorio por el Clan Aycinena para apoyar su confabulación) fueron decisivas para la separación de esa provincia del antiguo Reino de Guatemala y su incorporación a la entonces naciente república mexicana. Todo el fiasco causó tal desprestigio para sus promotores, que los miembros del Clan mantuvieron un “perfil bajo” durante la elección de la Asamblea Constituyente que nos legó la Constitución de la República Federal de Centroamérica (1824). El segundo acto empezó cuando el Clan Aycinena, ya repuesto del revés sufrido con la caída de Iturbide, decidió conspirar para manejar “tras bambalinas” a la nueva república centroamericana. Esto se materializó con nuestro primer fraude electoral, mediante el cual le robaron las elecciones para la Presidencia de la Federación a José Cecilio del Valle (1825), quien a pesar de ser conservador, no gozaba de la confianza del Clan, por ser hombre de criterio independiente. Les pareció que Manuel José Arce, hasta entonces de credenciales liberales intachables, héroe militar de la lucha contra la anexión a México, quizá por ser “colega añilero”, por su relativa juventud, o por su más afín condición social, sería más manejable por el Clan que el insufrible “viejo pedorro” de Valle. El fraude estuvo a la vista de todos, pues pese a la clara mayoría de votos del “sabio Valle”, esgrimiendo “güizachadas” se llevó el asunto a una elección de segundo grado en el Congreso Federal, donde el dinero y las influencias del Clan lograron que hasta los diputados conservadores votaran por el “liberal” ungido por los aycinenistas. Los liberales salvadoreños, de manera temporal, creyeron que la elección de Arce, también cuscatleco, aunque fuese obviamente fraudulenta, convendría a sus intereses políticos y callaron; pero sus colegas liberales guatemaltecos y los demás centroamericanos, hicieron todo lo contrario. La vida de la República Federal empezó así, desde el principio, envenenada...


En ese clima político, el gobierno liberal del Estado de Guatemala, encabezado por Juan Barrundia, según el Clan un “exaltado advenedizo”, pronto entró en conflicto, “por cualquier pequeñez”, con el gobierno de la Federación. Arce terminó arrestándolo, deponiéndolo y sustituyéndolo por el Vice Jefe del Estado, Cirilo Flores, quien para evitar más fricciones, pronto trasladó la sede del gobierno estatal a su ciudad natal, Quetzaltenango. Para infortunio adicional de la República Centroamericana, Flores poco después murió a manos de una turba de fanáticos (instigada por un cura anti-liberal), quedando el gobierno del Estado de Guatemala, acéfalo. Dada la gravedad de los acontecimientos, en el Congreso Federal se gestó un movimiento para deponer a Arce, quien a su vez, buscó apoyarse en los poderosos conservadores guatemaltecos y en sus coterráneos, los casi uniformemente liberales salvadoreños. Pero ya no pudo mantenerse el equilibrio. Una infructuosa búsqueda de soluciones constitucionales a la controversia partidaria culminaron con la auto-disolución, en protesta, del Congreso, del Senado (1826) y finalmente, con la auto-disolución de la Corte Superior de Justicia de la Federación. En Guatemala, unas apresuradamente preparadas elecciones colocaron como Jefe del Estado de Guatemala (1827) al factótum, Mariano de Aycinena, quien inmediatamente proscribió “por traidores” a connotados liberales guatemaltecos como Pedro Molina y los hermanos Barrundia y empezó a reclutar tropas “del gobierno estatal”. Arce buscó convocar a una nueva Asamblea Constituyente Nacional que creara una “república unitaria” y entonces los salvadoreños lo abandonaron. Concentraron tropas en la frontera entre ambos estados y así estalló nuestra “primera” guerra civil (1827). Pronto Arce fue repudiado por ambos contendientes: los guatemaltecos desconfiaban de él en la guerra contra el Estado vecino, “por guanaco”; y entre los salvadoreños, lo veían como traidor, por haberse “vendido” a los aycinenistas. El desenlace de ese “segundo acto” fue el ingreso de Morazán y sus tropas a Guatemala, en abril de 1829.


Pero Morazán no aprovechó su victoria para “cortar por lo sano” fusilando a los aycinenistas (como lo haría Carrera con los separatistas “altenses”, en Quetzaltenango, muy efectivamente, una década después), sino que tras expropiarles “un tercio” de sus haberes como “reparaciones de guerra”, sólo los envió al exilio. Esa decisión resultó ser el inicio del tercer acto del drama, que culminaría con su propio fusilamiento, en San José de Costa Rica, un 15 de Septiembre de 1842. Desde su exilio en los EEUU, el “tercer marqués”, Juan José de Aycinena, con el auxilio del también exiliado -en La Habana- arzobispo de Guatemala, Ramón de Casáus y Torres, auspiciaron la insurrección contra la República Federal restaurada, utilizando al púlpito, el dinero y la pólvora. Cartas incendiarias del arzobispo y encendidas homilías dominicales calificaron de “herejes” al gobierno estatal liberal que encabezaba el ilustre Mariano Gálvez y al federal que encabezaba Morazán, por promover la separación de Iglesia y Estado, confiscar propiedades eclesiásticas, propiciar la educación laica y gratuita, el matrimonio civil y el divorcio y la inmigración extranjera. El asunto se agravó hasta el paroxismo por la promulgación de un nuevo sistema tributario, la adopción de los “juicios por jurados” y la aparición de la pandemia del “cólera morbus”. Aprovechando la ignorancia del pueblo (“el cólera es castigo de Dios por permitir un gobierno hereje”) y los errores de juicio de algunas idealistas pero prematuras reformas gubernativas, los astutos aycinenistas se granjearon el apoyo de las mismas clases desposeídas a las que las políticas feudales que promovían, pretendían continuar explotando. Surgieron así los indios y ladinos “de a caballo” y con mosquete, que llevaban en el cuello un escapulario, un crucifijo y un “cacho” de buey, ahuecado, lleno de pólvora y con un tapón de trapo encerado. Eran “los montañeses” de Carrera, llamados “cachurecos” por los “pirujos” liberales, en alusión a sus ominosos colgajos. Un 31 de enero de 1838, gritando “¡muera el gobierno hereje y viva la Religión!” los “cachurecos” de Carrera descendieron “como el chapulín” sobre una aterrorizada ciudad de Guatemala, a la que saquearon inmisericordemente por primera vez. Fue el principio del fin del tercer acto de la tragedia que acabó con la unión de Centroamérica. Surgió así la alianza entre los encopetados aycinenistas (a quienes sólo parecía importarles mantener su monopolio sobre el comercio exterior en el nuevo país, a cualquier costo) y los montañeses de Carrera; alianza que nos condujo a “la noche de los treinta años” y a una ridícula monarquía aldeana, sin Constitución, disfrazada de “presidencia vitalicia”...


No quedó claro, con el paso de los años, si eran los aycinenistas quienes utilizaban a Carrera o si era éste quien “se les subió encima”. El hecho es que los “aristócratas” habían habilitado un gobierno de “sus inferiores”, con la idea de utilizarlos en la discreta promoción de sus posturas ideológicas y de sus intereses pecuniarios. Y a la postre, “les salió el tiro por la culata”, pero esa es una historia para otro día. El asunto viene a cuento porque el fenómeno hoy se repite con la alianza de cierras élites empresariales que han hecho pacto con los ladrones del erario que ahora, mayoritariamente, nos gobiernan. Por eso la ciudadanía consciente, la estructura informal de liderazgo de la sociedad, debe ir empezando no sólo a conscientizar al electorado para que no nos prestemos al juego que conduce al final a “la elección del menos pior”, continuación del presente desastre, sino que pensemos de una vez en las bases de una alianza que produzca “el tsunami de votos” que se necesita para la reforma integral de nuestra actual “democracia de fachada”. Las bases de ese Pacto Político Público por venir, es una agenda mínima de cinco puntos: (1) El desmantelamiento de la Cleptocracia, para tener esperanza de futuro; (2) La universalización de la seguridad social, para encaminarnos a la “república de todos los ciudadanos”, mediante el cobro de la semi-centenaria deuda del Gobierno al IGSS; (3) El inicio de un capitalismo popular e incluyente, mediante la Ley de Dotación Patrimonial ciudadana, que nos encaminará a una república de pequeños propietarios; (4) La creación de un nuevo “motor económico” nacional, mediante el cese al boicot del Corredor Interoceánico de Guatemala, para catapultarnos a un futuro promisorio; y (5) El inicio del largo y consensuado proceso de restauración de la República Federal de Centroamérica, nuestro inexorable destino. Dedicaré una columna semanal a cada uno de estos cinco puntos, empezando el próximo martes, por el principio: cómo desmantelar a esta oprobiosa Cleptocracia que con su desgobierno nos roba el futuro.


Sí, ciudadano. Ya sé que los ultraconservadores le dirán que todo esto son quimeras. Racistas que son, le dirán que parece que “no ha aprendido lo que es amar a Dios en tierra de indios”. Pero esos neo-aycinenistas están equivocados. El truco de atomizar a la oposición real y plantearnos “el cuento de Blanca Nieves y sus siete enanos contra Maléfica” ya es “cohete quemado”. Y aunque Timo Chenko calcula que sólo necesita un porcentaje de un dígito “para pasar a segunda vuelta”, debe de ser un dígito “alto” y “el Meme” como que “no levanta”. Por eso anda desesperado Suguelito. Sí, se viene una batalla entre el dinero malhabido y la inteligencia. Pero tenga fe, ciudadano, estamos del lado correcto de la Historia...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 5 de Julio de 2022"

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