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Modelo político agotado

“Los pueblos que no aprenden de su Historia… están condenados a repetirla.” – Célebre frase atribuida a Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana (1,863-1,952), madrileño más conocido como “George Santayana”, profesor de Harvard. Filósofo, ensayista, poeta y novelista; se hizo próspero y famoso con su novela, en inglés, “The Last Puritan”.


Dos emblemáticas elecciones retratan este momento histórico para los chapines: la de Mynor Moto por el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala (CANG) para llenar la vacante que dejó Bonerge Mejía en nuestra CC y la reciente y accidentada elección de Joseph R. Biden a la Presidencia de los EEUU. En el primer caso, se trata del primer acto del capítulo final de un avasallamiento anunciado de los tres poderes del Estado por la narco-cleptocracia que nos gobierna tras bambalinas, con la aquiescencia y/o la indiferencia de la mayoría de nuestra minoría conservadora. En el otro caso, se trata del inicio de un fuerte golpe de timón en la conducción de la Potencia Norteamericana, con inexorables implicaciones para el Triángulo Norte de Centroamérica, que va en directa oposición al rumbo que de facto ha venido buscando el corrupto y socialmente estéril régimen político de la región.


Las adherencias a una corriente de opinión, movimiento político o partido, se concretan en tres ámbitos: el transaccional, el ideológico y el tribal. El (i) transaccional es típico de los sistemas incipientes o de los decadentes (como el nuestro), en los que la fidelidad del afiliado es producto de una transacción racional (desde la simple expectativa de recibir una esperanza de seguridad y prosperidad a cambio del voto, hasta la más pragmática de intercambiar un “hueso” en el Estado u otras prebendas derivadas de la ubre estatal, a cambio de “ponerse la camiseta” del partido; pasando por la más cínica venta de voluntades a cambio de satisfacciones abiertamente pecuniarias (participando en o haciendo caso omiso de violaciones a la Ley desde posiciones de gobierno, por ejemplo). Este es el ámbito político más común, pero sólo produce adherencias volátiles y efímeras en la minoría cercana al poder y el rechazo generalizado de la mayoría excluida. El (ii) ideológico es el ámbito auténticamente político, aquel en el que priva la lucha por un ideal, que auspicia alguna “receta colectiva” que el adherente considera conduce al mayor bien común para su sociedad, aunque ello implique alguna medida de sacrificio personal. Este es el ámbito en el que las adhesiones combinan “corazón y cabeza”, análisis racional y emoción y por ello, son las adhesiones “a la causa” que perduran en el tiempo. Y finalmente, el (iii) tribal, que es un ámbito estrictamente emocional y coyuntural, hijo, típicamente, del odio o del miedo; el que conduce a “cerrar filas” con la tribu, en un momento crítico, en torno al “líder”. Es el ámbito cuyos resortes psicológicos busca hacer surgir cualquier aprendiz de dictador, para “venderle” al electorado su abierta o velada propuesta de “benéfico” despotismo. En realidad, todas las militancias, a lo largo del tiempo, tienen algo de los tres ámbitos, pero cuál de los tres es el factor dominante, determina la naturaleza y la calidad de la afiliación a un “movimiento político”...


El “modelo político” guatemalteco, resultado del proceso que a partir de 1986 nos llevó a “la firma de la paz” una década después, aunque formalmente adoptó una institucionalidad de formas republicanas, en realidad pretendió “desidiologizar” el proceso político, incentivando preferentemente las adhesiones estrictamente transaccionales, dentro de un magro menú de “opciones políticas” permitidas. El pacto de 1986 fue fruto de una implícita y quizá hasta inconsciente negociación entre “los militares que ganaron la guerra”, “la intelectualidad de izquierda” y “el empresariado organizado”. Los tres grupos pensaron que podrían obtener importantes cuotas de poder en el régimen de co-existencia pacífica de nuestra “paz firme y duradera”, sin anticipar el lógico -dadas nuestras “reglas de juego”- surgimiento espontáneo de esa nueva, amorfa, pero agresiva cleptocracia fragmentada, que cobra cada vez más cuotas de poder, fuertemente influida por un nuevo actor: el narcotráfico. Resultado: un sistema de “liderazgos de alquiler” ya sin legitimidad, en el que las “opciones políticas” son ideológicamente mudas, dominadas por una casta de políticos transaccionales, que en los momentos álgidos de la competencia por el poder, intentan recurrir al ámbito tribal, “saltándose” el foro auténticamente político e invocando sólo vagamente un referente ideológico simplista y fracasado, que en Guatemala, aún registra sólo dos posibles “recetas”: (1) la de una “derecha”, fundamentalmente conservadora y dominante, que plantea que “no hay que hacer olas”, que si “tenemos paciencia” el imperfecto, semi-feudal y apenas evolucionado capitalismo de plantación que nos caracteriza, eventualmente -en otros doscientos años “de Independencia”- con suerte, “derramará” sus “inexorables bendiciones” sobre la mayoría de la población, que hoy por hoy tiene que seguir esperando mejores tiempos; y (2) la de una “izquierda” tercamente neo-marxista, que pese a la palmaria evidencia histórica de su crónica impotencia para producir bienestar, aún tiene puñados de militantes recalcitrantes. Ambas recetas están desprestigiadas y no concitan más adherentes que el de dos tercas facciones minoritarias (aproximadamente un 15% del electorado cada una, según las encuestas del último proceso eleccionario), pero mediante las “trampas” que lleva implícito el sistema, la primera se impone a la segunda y a una mayoría (el otro 70%) que no se encuentra adecuadamente representada en la conducción política del país y que típicamente se sabe “entre dos fuegos”.


La elección de Joe Biden a la primera magistratura de la Potencia Norteña ha sido, en primer lugar, un alivio para todos aquellos que desconfiamos de encasillar el juego político al visceral ámbito tribal. El perdedor que no sabe perder había llevado el debate político en los EEUU a esa peligrosa arena, dándole a los extremismos una relevancia que rara vez han tenido, en esa República Imperial que tanto afecta a las naciones que viven en su periferia. Ya sin el “trumpismo” en el poder norteño, además del golpe sicológico contra la política transaccional que Mr. Trump encarnaba tan bien, la cleptocracia local se atrinchera y se prepara a resistir un anticipado asedio foráneo, lista para invocar “nuestra soberanía”. En el norte, las nuevas circunstancias probablemente conduzcan al retorno de un sistema bi-partidista moderado, que tan bien ha servido a su electorado y al mundo en general; pero aquí en los trópicos, esas mismas circunstancias probablemente conduzcan a reavivar esa honda división que se está perfilando entre la sorda y amorfa alianza que domina al Régimen y lo que podríamos llamar una incipiente y heterogénea Resistencia Ciudadana, que crecientemente incluirá desde socialdemócratas hasta conservadores moderados, incluyendo también, por supuesto, a los auténticos liberales. La cleptocracia sufrirá presiones externas, sin duda, pero la lucha se tendrá que ganar por los guatemaltecos, en su propio suelo. Y se tendrá que ganar, por que al paso que vamos, si no lo impedimos, las mafias terminarán arrebatándonos la Patria...


Y usted juega un papel crucial aquí, ciudadano. No crea que podrá escabullirse del proceso, a menos que como uno de cada seis ciudadanos que ha decidido emigrar, salga huyendo. Vienen momentos de definiciones y si no actuamos inteligentemente, repetiremos los peores momentos de nuestra triste Historia: la estridente y estéril lucha entre los que no quieren que las cosas cambien y los que pretenden resolver nuestros problemas con el arbitrario reparto de lo ajeno. Contribuya usted a rescatar el auténtico debate político, pues ese es el único ámbito en el que podemos realmente rescatar a la Patria. Convénzase: importa más el programa político que quienes sean sus porta-estandartes. No busque en vano a un nuevo Mesías. Tenemos que consensuar una nueva “receta”: las dos que están en el tapete, no sirven. Lo invito a que vaya a www.ciudadanotoriello.com y estudie la “Plataforma Ideológica” allí presentada. Hay que hacer retornar el debate político a la arena ideológica. No nos sirve ni el conservadurismo inmovilista, con ribetes fascistoides, ni el universalmente fracasado neo-marxismo. Es hora de ensayar, por primera vez en Guatemala, el auténtico liberalismo republicano, el que plantea una República de todos los ciudadanos. Sin ciudadanos de segunda clase, que en el régimen actual son mayoría. No desoigamos, una vez más, el sabio consejo de Santayana...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 26 de Enero de 2021"

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