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La República rota

Actualizado: mar 24

“En el estudio de la cosa pública, sólo podemos aprender, realmente, de las desgracias; tanto propias, como ajenas. Probablemente las propias nos enseñen más, pero son más dolorosas. Aprendamos, entonces, también, de las ajenas.” – Polibio, preceptor griego del general romano Publio Cornelio Escipión, ‘el Africano’; historiador y filósofo que influyó en el pensamiento político desde Cicerón (s.I), hasta Montesquieu y los fundadores de la República Norteamericana (s.XVIII), por su seminal análisis de la estructura constitucional del cuerpo social (c.208- c.125 adC).


Guatemala emergió a la vida independiente de manera prematura y accidentada. Napoleón Bonaparte, “el soldado del pueblo” y contradicción final de la Revolución Francesa, irrumpió por todo el Viejo Continente evidenciando la obsolescencia de las monarquías y desatando las pasiones nacionalistas, pese a ser él mismo un caudillo hambriento de riquezas y de poder que terminó poniéndose una corona multinacional en la cabeza. Consideraba que “África empieza al sur de los Pirineos” y por ello, además de “dictarnos” una Constitución “civilizatoria” (Bayona, 1,808) no tuvo empacho en deponer a los reyes españoles una vez obtuvo del “valido” de la Reina, Manuel de Godoy, un absurdo permiso para “pasar por España”, hacia Portugal, “a romper el bloqueo inglés”, en 1,807. La torpe, decadente e incapaz corte española era la cabeza de un sobre-extendido imperio que funcionaba por inercia y ya su otrora poderosa armada había sido destrozada por los ingleses, en Trafalgar, en 1,805. Añadiendo el insulto a la herida, Napoleón colocó a su hermano José Bonaparte (rápidamente apodado por el pueblo como “Pepe Botella”, por su afición al alcohol) en el trono peninsular (1,808). No obstante, una minoría ilustrada, pese a las cortapisas que le había impuesto el régimen, se había venido organizando para propiciar el tránsito hacia un futuro mejor y fue esa minoría (y sus contrapartes a este lado del océano) la que abanderó la lucha contra el invasor francés y puso las bases de la primera estructura de un gobierno auténticamente republicano entre quienes hablamos español. Así, en plena guerra contra el invasor francés, las espontáneamente surgidas “juntas provinciales” se constituyeron en un gobierno rebelde que convocó a lo que hoy llamaríamos una Asamblea Constituyente, las “Cortez de Cádiz”; incluyendo a representantes del “pueblo español de ultramar” (fundamentalmente, el de la América Española, incluyendo, por supuesto, al Reyno de Guatemala). El Presidente de la Audiencia de Guatemala, el Capitán General Gonzáles y Saravia llevó a cabo una colecta que recaudó dos millones de pesos para enviar a la Junta General de Sevilla para aupar el esfuerzo bélico, en momentos en los que el “situado de México” (para cubrir el déficit presupuestario anual del gobierno provincial) era de trescientos mil pesos. Conforme a instrucciones del gobierno rebelde, convocó y llevó a cabo la elección de nuestros representantes a las Cortes (1,809), uno por cada provincia, desde Chiapas hasta Costa Rica y fue en ese contexto que se dio el “golpe” preventivo de los peninsulares contra el gobierno virreinal en México, al que seguirían después el “grito de Dolores” del cura Hidalgo y el simultáneo surgimiento de otras juntas rebeldes de carácter independista en Caracas y Buenos Aires (1,810).


El telón de fondo en Guatemala era el de una sorda lucha entre las aristocracias provincianas y las familias de la nueva oligarquía capitalina, encabezadas por la familia Aycinena. Esta familia era el epítome de un proceso de renovación de la élite criolla, cuyas hijas habían venido cayendo seducidas al influjo de “sangre nueva”: jóvenes emigrantes de “la periferia española” (fundamentalmente de Asturias, Navarra y el País Vasco), como los Irigoyen y los Irisarri; fenómeno hecho posible por una nueva política de “nación española” de la casa de Borbón, que había abierto el acceso “a las Indias” más allá del círculo castellano original. Juan Fermín de Aycinena, vasco-navarro, había llegado a la Nueva España a mediados del s.XVIII constituyéndose en lo que hoy llamaríamos “un empresario transportista”, que con sus “trenes de mulas” desplazaba mercaderías entre el eje Veracruz-Acapulco y la rica región minera de Guanajuato, además de los centros de consumo de la ciudad de México y Puebla. Fue precisamente de esta última ciudad, que con 24 años de edad partió para extender su red de transporte al Reyno de Guatemala (1,753), donde al llegar, “quedó prendado de sus encantos”. Emparentó matrimonialmente con familias guatemaltecas influyentes, pues tuvo trece hijos e hijas con tres acaudaladas esposas (las dos primeras murieron “de parto”) y así logró, tras el terremoto de 1,773, ser el Administrador del Traslado (del valle de Panchoy a la Ermita) de la ciudad capital, donde logró se le concediera una manzana de terreno frente a la Plaza de Armas (futuro “parque central”). Con sus “conexiones en Cádiz”, logró controlar poco más de la cuarta parte de las exportaciones (fundamentalmente de añil) del Reyno, además de más de la mitad de las importaciones “oficiales”, sobre todo tras el inicio de operaciones del recientemente fundado (1,793) “Consulado de Comercio” (de Guatemala, ya nó de México), del que fue promotor y factótum. El Consulado de Comercio tenía por concesión oficial el monopolio del comercio exterior, a cambio de recaudar los impuestos, asunto que naturalmente era adversado por algunos intelectuales (los no “infiltrados” por el Consulado) que se reunían en la Sociedad Económica de Amigos del País y por los productores de añil de El Salvador y de cueros de Honduras y Nicaragua. Al morir en 1,796, don Fermín era dueño de barcos en ambos océanos, de doce plantaciones de añil en Guatemala y El Salvador y de una extendida red comercial intercontinental. Su inmensa fortuna, le había permitido “comprar” en la corte española el título de “marqués” (“poderoso caballero es don dinero”), fundando así “el noble marquesado de Aycinena” (1,783), que tenía aquí toda una corte de parientes políticos, interesadas amistades y simples aduladores, que con ambivalentes “intelectuales allegados” (como José Cecilio del Valle) formarían en el futuro, al núcleo del partido Conservador.


Pero la popularidad de los Aycinena era inversamente proporcional al cuadrado de la distancia del Parque Central. En 1,820, en la capital, por ejemplo, eran detestados por líderes republicanos como los hermanos Barrundia y el insigne Dr. Pedro Molina y además, por los provincianos, como el futuro primer Presidente de la Federación, Manuel José Arce. Estos detractores, a su vez, formarían el núcleo del futuro partido Liberal y ambos grupos “se sacaban la lengua” en los periódicos de la época, como El Editor Constitucional y El Amigo de la Patria. Los productores de añil (con excepción de “los poquiteros” que recibían “adelantos” de la “casa de Aycinena”) habían venido evadiendo en la práctica el control monopólico mediante el comercio ilegal (a sabiendas de las sobornadas autoridades peninsulares) con los ingleses (vía Belice). Los ingleses compraban el añil a mejores precios para su floreciente industria textil y nos vendían telas, relojes y whiskey escocés, que se volvió símbolo de estatus y buenos negocios. Fue en los conciliábulos de la “casa de Aycinena”, por otra parte, que se le siguió la pista a las correrías de Iturbide y a los sucesos en España, conspirando para hacer una Independencia preventiva y la subsiguiente anexión al Imperio Mexicano (el de “las tres garantías”). El descrédito provocado por la caída de Iturbide, la salida de Filísola y la pérdida de Chiapas, provocó una acción más discreta del clan Aycinena al inicio de la República Federal (1,823), pero su terca oposición al espíritu republicano se mantuvo siempre presente, orquestando “tras bambalinas” la resistencia a un “gobierno hereje” como el de Mariano Gálvez (1,831), que pretendía poder “casar y descasar” (matrimonio civil y divorcio), despojar a la iglesia de sus “obras pías” (al “poner en circulación” el capital “congelado” en grandes latifundios donados por viudas “temerosas del purgatorio”) y la “peligrosa” adopción de los “juicios por jurados” (códigos de Livingston). Pero en el fondo, esos argumentos, junto con la oposición a los nuevos impuestos (reimposición del odiado tributo, decían, hipócritamente), sólo eran estratagemas para lograr la adhesión de Rafael Carrera y los “cachurecos” en la guerra contra los liberales centroamericanos, a quienes encabezaba Francisco Morazán. Al radicalizarse la guerra civil (1,839), lograron su auténtico objetivo político: la reinstalación del Consulado (que había sido abolido en 1,829) y el reinicio del comercio exterior monopólico a través del “Golfo Dulce”, aunque haya sido a costa de romper en pedazos a la nueva República, volver el reloj para atrás e iniciar “la noche de los treinta años”. “Más vale ser cabeza de ratón que cola de León”, decían. Así empezó a dar sus primeros “frutos” la terca mentalidad conservadora guatemalteca, que mutatis mutandis, persiste hasta hoy…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 17 de Marzo de 2020"

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