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  • Ciudadano Toriello

La República bananera

“Los guanacos como nuevos / Regalado en escabeche / don Manuel no tiene huevos / ¡pero tiene mucha leche!” - Grafiti que apareció en la pared de la Catedral con ocasión de la inesperada derrota del militar salvadoreño Tomás Regalado, ametrallado al dirigirse desprevenidamente hacia una compañía de momostecos fortificada en una colina; los confundió con sus propias tropas, por estar uniformados de azul y no de gris como los otros guatemaltecos, un 11 de julio de 1906, en las inmediaciones de Jutiapa. Manuel Estrada Cabrera había modificado recientemente la Constitución para re-elegirse y siempre previsor, ya tenía preparado el vagón presidencial del tren y un vapor esperándolo en el puerto de San José, pues a la invasión salvadoreña se sumaba una conspiración local para derrocarlo. Al enterarse de la suerte de Regalado, lo mandó embalsamar, para que su cadáver fuera reconocido sin lugar a dudas por exilados guatemaltecos que lo hubiesen visto recientemente y a quienes mandó a traer, a la fuerza, de El Salvador. No entregó el cuerpo a su viuda sino hasta un mes después, tras ‘intervención humanitaria’ de la ‘Legación Americana’, arribando éste a Acajutla, por mar, hasta el 14 de Agosto. Desvanecida la amenaza salvadoreña, ‘el señor Presidente’ procedió a perseguir con saña a los conjurados locales. Fue la tercera de las ‘guerras del totoposte’, en las que según el pueblo, los únicos que ganaban eran quienes vendían, a ambos ejércitos, esas gruesas tortillas de maíz. A partir de entonces, en las tiendas chapinas se volvió costumbre decir: ‘Fiado no damos... y Regalado, ya murió’.


Miguel García Granados, instigador inicial de la Revolución Liberal guatemalteca, era un criollo ilustrado, ideológicamente perteneciente a los que dieron en llamar “los liberales históricos”, seguidor de las ideas y los programas del frustrado gobierno de Mariano Gálvez. Fue él, creyente en el gobierno constitucional, quien consiguió que Benito Juárez les facilitara el primer lote de rifles de repetición (obtenidos a su vez por Juárez de los norteamericanos, recién salidos de su Guerra Civil; con los que Juárez derrotó a los invasores franceses enviados por Napoleón III, cuando este último apoyó al “segundo Emperador mexicano”, Maximiliano I). Los liberales “históricos” como Juárez, Gálvez y el propio García Granados, creían en el poder de la propiedad privada para transformar a la sociedad, y por eso buscaron confiscar los latifundios de la principal propietaria corporativista en la región, la Iglesia Católica y así “poner ese capital congelado, en circulación”. Muchas de las más grandes propiedades eran donaciones de fieles cuyas “manos muertas” seguían abonando a las “obras pías” de la iglesia “para la redención de sus almas”, a través de un curioso engendro legal llamado “el censo enfitéutico”. Éste era un usufructo oneroso a término, mediante el cual el usufructuario devolvía al ausente propietario parte cuantiosa de lo producido en tierra ajena, sin incentivos naturales de largo plazo para mejorar la productividad. Más crucialmente, los “históricos” creían necesario crear un “Registro General de la Propiedad”, para que mediante títulos inobjetables, nuevos propietarios “colonizaran” las entonces aún abundantes tierras “incultas” del país, con el apoyo de un sistema financiero hipotecario, que a diferencia del “avío”, encontrara garantías suficientes en esa misma propiedad de la tierra y nó en la futura cosecha... Pero García Granados tenía 62 años en 1871 y pronto fue avasallado políticamente por su más joven “compañero de armas” en el liderazgo nacional.


Justo Rufino Barrios, de 36 años en 1871, era otro tipo de animal político. Era el típico ladino con fusil y “de a caballo”, vuelto productor agrícola “poquitero”, al que había dado lugar el maridaje de conveniencia entre los “nobles” conservadores y los “montañeses” de Carrera. Lideraba a un grupo socio-político nuevo, con grandes ambiciones para “modernizar” el país. Sus miembros no se enredaban mucho en teorías y se autodenominaban liberales “radicales”, alérgicos a “todo lo que oliera a incienso”, “amigos de novedades” y de seducir a las hijas de la rancia aristocracia venida a menos. El nuevo Registro de la Propiedad y las confiscaciones a la iglesia para ellos no fueron más que los instrumentos que hicieron surgir, no siempre con estricto apego a la Ley, a los nuevos “finqueros” que harían del café, “el negocio nacional”. Pero las tierras no cultivadas del país no se “lotificaron” como dejó establecido Lincoln para el Oeste norteamericano, sino al estilo “sureño”: “subastando” grandes lotes “al mejor postor” y dándole marco legal a mecanismos coercitivos para asegurar “el adecuado acceso a la mano de obra”. Desde el principio, además, se adoptó un agresivo programa para crear la “moderna” infraestructura requerida (puertos, caminos, ferrocarriles y telégrafo), como lo ilustra el siguiente acuerdo emitido por Barrios el 19 de marzo de 1873: “…el Gobierno de Guatemala se halla en disposición de contratar varias líneas férreas que crucen el territorio de la República y … recibirá… las propuestas que nacionales y extranjeros quieran hacer para la construcción de las siguientes: Una de Guatemala al Puerto de San José, en el Pacífico. Una del Puerto de Champerico … que deberá tocar la Villa de Retalhuleu y seguir a unirse con alguna de las líneas férreas mexicanas. Una de Guatemala a la ciudad de Salamá… (y) … Una de Guatemala a los Puertos de Izabal o a Santo Tomás, en el Atlántico…” Aún más importante para Barrios, era el control del poder, razón por la cual no sólo se aseguró de hacer realidad el monopolio estatal de la tenencia de armas, sino que también, de modernizar a la institución castrense. Eran los años en los que Bismark unía a Alemania “a sangre y hierro” y Garibaldi, en Italia, también unificaba a su patria por la vía armada. Barrios no se quiso quedar atrás: declaró que como la Constitución Federal de 1824 no había sido derogada por un cuerpo representativo del pueblo centroamericano como el que la promulgó, seguía vigente. Acto seguido, invadió El Salvador, “en defensa del pacto Federal” y con el propósito de llegar hasta Costa Rica; pero murió prematuramente, en confusas circunstancias, en la batalla de Chalchuapa, el 2 de abril de 1885. En esas fechas, aquí el ferrocarril sólo había avanzado de Champerico a Retalhuleu y del puerto de San José a Guatemala...


No puede hacerle justicia una columna periodística al rico anecdotario de los dos primeros herederos del “programa Barrista”, Manuel Lisandro Barillas y José María Reyna Barrios; así que baste decir aquí que la escasez de capital y crédito del país, impidió que la red ferrocarrilera y telegráfica avanzara con la celeridad anhelada hacia el Atlántico y hacia los países vecinos. Hasta que en 1904, llegó Mynor Cooper Keith al país, un “yanqui” chaparrito pero muy astuto. Keith, casado con la hija de un expresidente tico y emparentado con otros de los políticos más prominentes de aquel país, traía amplia experiencia en el negocio. No sólo había construido el ferrocarril tico (heredando el negocio de un tío), sino que había resuelto finalmente el problema del financiamiento, por la vía de transportar banano de los campos de cultivo a los puertos de donde se exportaba esa fruta a los EEUU. Para lograrlo, había logrado que sus parientes políticos le cedieran tierras del Estado costarricense a las orillas de las líneas férreas, de manera que la producción de banano se añadiera a la del café y lograran así que el ferrocarril fuera rentable y se pagaran los créditos que había requerido su construcción. Terminó como dueño efectivo ¡de la vigésima parte de todo el territorio de esa nación! y con esas garantías y ese potencial, se asoció a otros empresarios del noreste norteamericano, creando la famosa United Fruit Company (UFCO). A Manuel Estrada Cabrera le hizo una propuesta similar: tierras, exoneraciones fiscales y privilegios monopólicos, a cambio de completar la red ferroviaria del país. El “señor Presidente”, tras las consabidas negociaciones bajo la mesa, accedió. En cuatro años, se completó la línea del Atlántico desde donde había quedado interrumpida (el Rancho), hasta la ciudad de Guatemala. Siete años más tarde (1915), la nueva línea interoceánica quedó conectada también a México y para cuando Keith falleció (en 1929, en Babylon, N.Y., soñando con su línea México-Panamá), estábamos conectados también a El Salvador, vía Anguiatú. La UFCO pasó de ser una modesta empresa frutera en un pequeño país centroamericano, a un complejo multinacional gigantesco, mucho más poderoso que las nueve “repúblicas bananeras” en las que asentaba su producción. La Revolución de 1871 no había conducido aquí a una República de todos los ciudadanos, seguíamos siendo y quizá más acentuadamente, una república bipolar. Aquellos “liberales” que habían justificado su actitud anticlerical porque los curas eran quienes “te prestan dinero, censuran tus lecturas, educan a tus hijos y confiesan a tu mujer”, terminaron poniéndonos en manos de una entidad multinacional que sin participación nacional y sin pagar mayores impuestos, era dueña de los puertos, las comunicaciones terrestres, el telégrafo, el correo, la radiocomunicación internacional, las líneas navieras y a través de su peso relativo en nuestras exportaciones, de la calidad de nuestro crédito internacional...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 13 de Octubre de 2020"

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