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La Patria del Criollo, medio siglo después…

Actualizado: mar 9

“…la idea de Patria…tiene un desarrollo histórico, y…su trayectoria va desde una patria de pocos hacia una patria de todos.” – Severo Martínez Peláez, “La Patria del Criollo”, pag.637, primera reedición de la Editorial Universitaria de la USAC, abril de 1,971.


En 1,970, en pleno fragor del Enfrentamiento Armado Interno, el más inteligente, erudito y lúcido de los marxistas guatemaltecos, Severo Martínez Peláez, sacó a luz su seminal análisis de nuestra traumática herencia colonial. Se sumergió en el Archivo de Indias durante dos años, diseccionando el lamento criollo de Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán (la “Recordación Florida”, escrita en 1,690 y parcialmente inspirada por el arribo a Guatemala, alrededor de 1,675, de “la real y verdadera Historia de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo). Confrontando evidencia de otras fuentes coloniales (como Pedro Cortés y Larraz, Fray Antonio de Remesal o Fray Francisco Ximénez) con documentos cotidianos (solicitudes de “mercedes”, quejas, juicios, etc.) que “fueron a parar” al Archivo de Indias (para los españoles era incuestionable que “lo hablado es lo escrito” y por eso dejaron larga huella impresa), Martínez Peláez hizo una radiografía profunda e implacable de la realidad colonial. Al margen de cualquier consideración ideológica, de su conocida postura política y de su cuestionable prognosis social, aquel “ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca” decía la verdad acerca de nuestro pasado colonial, en toda su descarnada crudeza, desnudando de sus camuflajes a las causas que le dieron origen a nuestra terrible herencia social.


Se da hoy por sabido que la existencia de vías de comunicación naturales en el eje templado este-oeste del Continente Euroasiático, condujo a factores de progreso (inmunidad o resistencia a más gérmenes, bestias de carga, escritura cotidiana, pólvora y acero) que no se dieron en el aislado y mucho más tardíamente poblado continente americano. Por eso las poblaciones originarias de nuestro tropical y sub-comunicado eje norte-sur “indiano”, no pudieron más que oponer su precaria tecnología del neolítico tardío al avasallador empuje de los guerreros renacentistas, forjados en la multicentenaria Reconquista de España. Pero más que la comunicación por escrito con sus avanzadas, los caballos y las armas españolas (que no eran pequeña ventaja), fueron los desconocidos agentes secretos de los invasores, la “tos ferina”, el sarampión y la viruela, que precedían a los conquistadores, lo que explica que aquel puñado de europeos haya avasallado en un par de décadas a sociedades (ya de por sí interna y atrozmente enfrentadas) que contaban con millones de habitantes. Quizá por eso Severo Martínez no gasta mucha tinta en episodios de la Conquista, sino concentra su análisis en la imposición del Régimen Colonial. El cuadro que emerge es sobrecogedor. Los abusos iniciales de los conquistadores, queriendo “resarcirse de su inversión” y ante la escasez de “metales preciosos”, se tradujeron, inicialmente, en la esclavización inmisericorde de los vencidos, sin excluir el “marcaje con hierro candente”, estando dizque “encomendados” por el Rey a sus amos “para su debida cristianización”. Los objetores de consciencia del proceso, entre quienes destaca, por su contundencia y su éxito, fray Bartolomé de Las Casas, lograron persuadir a la Corona de abortar aquel camino al desastre absoluto (en el que la Corona se quedaría sin “tributarios indianos”, como ya había ocurrido en Las Antillas, y a la postre, por rebelión o por retorno a la Península, también sin “vasallos españoles de ultramar”). La “cruzada Lascasiana” resultó en las llamadas “Leyes Nuevas de 1,542” (u Ordenanzas de Barcelona), que al prohibir la esclavitud, redefinir y limitar “la Encomienda” y regimentar “el repartimiento”, provocaron rebeliones de los conquistadores (que se sintieron traicionados por la Corona “a la que bien habían servido”) desde México al Perú. En el Reyno de Guatemala, por ese motivo, hubo muertos en Nicaragua y disturbios en muchas otras partes, pero finalmente, la mano firme del nuevo Gobernador, Alonso López de Cerrato, apoyado por el clero regular, logró imponer la nueva Ley. Dicen los Anales de los Cakchiqueles: “Cuando llegó …condenó a los castellanos …dio libertad a los esclavos …rebajó los impuestos a la mitad, suspendió los trabajos forzados e hizo que …pagaran a los hombres grandes y pequeños… El señor Cerrado (sic) alivió verdaderamente los sufrimientos del pueblo. Yo mismo lo ví ¡oh hijos míos!”.


Pero la Corona tampoco podía darse el lujo de dejar sin algún “asidero económico” a “los vasallos españoles de ultramar”. La redefinición del Régimen Colonial, entonces, surgió de una transacción política cuyos rasgos finales se pueden definir así: (i) “Reducción” de la población “dispersa en cerros y valles” a “Pueblos de Indios” en los que pudiesen “vivir en policía” (regimentados por sus propios alcaldes y “principales”, facilitando así el repartimiento y el tributo). (ii) División del trabajo de los naturales: (a) una semana para producir el Tributo del Rey; (b) una semana para estar “repartidos”; y (c) dos semanas, para proveer su sustento y el de sus familias, en las tierras comunales del pueblo. (iii) Eventual desaparición de la Encomienda (repartimiento hereditario a las personas “con merecimientos”), vigente ya sólo “por una vida” y excepcionalmente, “por dos o más”. Ello hacía posible el repartimiento a las tierras, introduciéndole un claro sesgo feudal a su tenencia, pues ahora éstas veníancon sus indios; y (iv) El pago de un real por día trabajado en el repartimiento (una gallina costaba dos reales y con un real se compraba, por ejemplo, un cuartillo de miel o siete onzas de pan de trigo o un octavo de aceite). Aparte de que posteriormente “la semana del mes” se sustituyó por “temporadas” ajustadas a los ciclos agrícolas en las tierras de los criollos, en perjuicio de los “repartidos”, la corrupción de los Jueces Repartidores, corregidores españoles y alcaldes indígenas, hizo que este draconiano régimen de servidumbre se deteriorara aún más: se “repartía” algodón a las mujeres, quienes debían devolver hilos y tejidos; se forzaban ventas (“repartimiento” de sedas inútiles, por ejemplo) a los pobladores y siempre se hacía trampa en los pagos; se asignaban tareas adicionales, prohibidas, todo ello so pena de gravísimos castigos económicos y físicos. Dice el maestro Severo, con razón: “para los indios, era un régimen de terror”…


En 1,986, teniendo en nuestra tierra nueva Constitución y estando en boga la Perestroika y el Glasnost en la extinta URSS, cuando la Asociación de Amigos del País organizaba la redacción de la Historia General de Guatemala (HGG), me aseguré de que Severo Martínez Peláez fuese invitado a formar parte del más de centenar y medio de autores de la Obra referida, a pesar de que se decía que era militante del PGT. Fue uno de los pocos que por razones ideológicas declinaron nuestra oferta, pues algunos personajes en los círculos “de izquierda”, decían que estábamos “escribiendo la Historia de la Oligarquía”. Mario Monteforte Toledo, de hecho, se aseguró de que coincidiéramos en un evento social para decirme personalmente que nuestra pretensión de hacer una Historia con pluralidad de visiones “era una locura anti-científica de cuya responsabilidad no podría escapar, pues aquí se escriben Historias generales cada cinco siglos” (años después, Monteforte “me perdonó” cuando le hice llegar una colección completa de los seis tomos de la Obra, los cuales, según me dijo, terminó apreciando). Martínez Peláez, que era lo que a mí me interesaba que terminara de elaborar intelectualmente en la HGG, había dicho en la parte final de “La Patria del Criollo”, que el mestizaje había conducido a la gestación de “capas medias”, supuestamente “liberales”, que habían terminado suplantando a los criollos (los conservadores). De hecho, los criollos fueron mutando desde la misma época Colonial, cuando (siendo “clase dominante a medias”, dice Severo) los peninsulares recién llegados (más “vivos” que los acomodados herederos locales) los fueron desplazando de los nuevos negocios y de los lechos nupciales, con el paso del tiempo. En el S.XIX, los mestizos liberales, casándose con sus hijas y acaparando tierras y nuevos “repartimientos” (a los que cambiaron de nombre, llamándoles “habilitaciones”, primero, o, ya en tiempos de Ubico, “combate legal a la vagancia”) los desplazaron definitivamente a partir de 1,871. Decía Martínez Peláez que por eso, la sociedad guatemalteca seguía caracterizándose por una lucha de clases diáfanamente clara y dicotómica: indios (que con la Revolución dejarían de serlo) contra oligarquía, ésa era la gesta, pendiente pero inexorable; las “capas medias”, según él, no llegaban a ser “clase”, sociológicamente.


No ocurrió así. Lamentablemente, Severo Martínez Peláez murió en 1,998, en Puebla, en exilio autoimpuesto, antes de que se terminara de editar la HGG (1,999). Me hubiese gustado conversar con él y confrontarlo con la evidencia de una evolución demográfica y tecnológica que provocó en toda la América Latina una complejidad social distinta a la que él pronosticó. Y hablar con él, también, del régimen de terror marxista que el derrumbe del muro de Berlín, la implosión de la URSS o los fiascos de Nicaragua y Venezuela nos han revelado. Eso ya no se pudo. Pero los libros son conversaciones entre generaciones, y la conversación continúa…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 3 de Marzo de 2020"

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