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La involución de los partidos


El “orden de cosas” que desde Abril de 2,015 viene derrumbándose ante nuestros ojos es fruto, entre otros factores, de la peculiar y deliberada involución que sufrió el sistema de partidos políticos de Guatemala en sus últimas etapas históricas. Gradualmente, nuestro sistema de partidos cesó de contener a verdaderos vehículos intermediarios entre la sociedad y el Estado, articuladores de las auténticas corrientes de opinión ciudadana, para convertirse en un efectivo conjunto de “mecanismos de contención y administración” de la voluntad pública, aunque dentro de un cauce aparentemente democrático. Así, los partidos han sido crecientemente utilizados para la “conveniente” conducción de los ejercicios electorales dentro de márgenes establecidos por los factores reales de poder, pero dando la impresión de que se respetaban los derechos de participación establecidos constitucionalmente.

Del proceso de Independencia salieron los partidos históricos fundacionales: los liberales y los conservadores. Durante aquel inocente período inicial, los partidos tomaban por nombre la ideología que los sustentaba, aunque esta claridad política no fue suficiente para garantizarles longevidad, ya que el enfrentamiento ideológico condujo a las guerras civiles del siglo XIX (que destruyeron a la Patria Grande) y a la búsqueda del exterminio del contrario, hasta que sobrevivieron únicamente los falsos liberales, encarnados por último en el ubiquista “Partido Liberal Progresista”. Luego, con la Revolución del 44, hubo una “explosión” de partidos que querían “dejar atrás el pasado”, pero de aquella efervescencia partidaria del período revolucionario, no quedan más que sombras. Las ilegítimas “constituciones” de 1,956 y 1,965, surgidas de la reacción a la Revolución, fueron en realidad mecanismos “legales” para proscribir el auténtico juego político, que lentamente regresó con los “partidos históricos”: el “Partido Revolucionario”, el “Movimiento de Liberación Nacional” y la “Democracia Cristiana Guatemalteca”, todos los cuales sucumbieron al “proceso de Paz”. A partir de 1,985, al amparo de la Constitución vigente, apareció la “sopa de letras” que sin pena ni gloria ha pasado efímeramente por el escenario electoral de los últimos años.

A finales del 2,011, la involución de nuestros partidos ya era evidente. Los contendientes utilizaban “vehículos electorales” propiedad del círculo cercano al caudillo, que a su vez “negociaba” apoyos y cuotas de poder (vía diputaciones y alcaldías) con los caciques locales, a nivel municipal y departamental. Ningún liderazgo fresco, “externo” a una repetitiva “casta política” tenía posibilidades de participar en el juego electoral, salvo si se sometía a las sucias “reglas de juego” de los caciques locales y de los círculos cercanos a los caudillos “nacionales”. Ningún proceso interior de definición ideológica, ninguna democracia interna. Las sucesivas y oscuras “reformas” a las “reglas del juego” electoral permitían a los caudillos “asegurar” diputaciones, pues las probabilidades de que el reparto de curules incluyera a “los primeros lugares” de las listas partidarias era muy alta para los caudillos que “punteaban alto” en las encuestas. Así, la competencia interna en los partidos no era entre buenos ideólogos u oradores, ni entre uno u otro plan de gobierno, sino simplemente entre quienes pagaban mejor por los puestos en la subasta de posiciones, inversión que se sabía después “retornaría” cuando “el comprador” asumiera un puesto de gobierno, en el Organismo Ejecutivo o en el Legislativo. Para el Organismo Judicial, la mecánica era otra, pero en esencia no muy diferente, no menos cínica. Guatemala se quedaba, otra vez, sin verdaderos partidos políticos…

Ése es el sistema que hoy se derrumba. Ése es el sistema que hoy grita ¡soberanía! y quiere “asustar con el petate del muerto” a nuestros incautos conservadores con el cuento de que tras Iván, “vienen los comunistas”. Pero no desmaye, ciudadano: un amanecer se avecina. No podemos olvidar que a fines de 2,015, en una esperanzadora demostración de fuerza de lo que los sociólogos modernos llaman “la estructura informal de liderazgo” de la sociedad, la ciudadanía convergió en la búsqueda de cualquier opción distinta a las dos que el viejo sistema promovía. En esa búsqueda de “cualquier otra opción” no comprometida, apareció un aparentemente ingenuo “outsider”, el cómico televisivo Jimmy Morales Cabrera, quien aseguraba que no era “ni corrupto, ni ladrón”. La ciudadanía respiró; y con la esperanza de que las cosas cambiarían, lo hizo Presidente, a pesar del derroche publicitario y la abierta compra de voluntades de “la vieja política”…

Es cierto: Jimmy nos decepcionó y ahora “se lo traga” el viejo sistema. Pero ya “el genio se salió de la botella”… El permanente latrocinio de nuestros políticos ha sido expuesto y las lacras del sistema son obvias. Además, ahora ya sabemos, usted y yo, que es posible derrotar al sistema. Así que en el 2,019, tras genuina discusión pública y tras una más cuidadosa selección, desde las urnas, los ciudadanos honrados ¡echaremos a los mercaderes! de los templos de la Patria…

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