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  • Ciudadano Toriello

El rescate de la República Democrática

“Las élites (latinoamericanas) renunciaron a su responsabilidad de defender... (y fortalecer) los valores liberales occidentales ...pues confundieron la libertad y la justicia con privilegios. Ésta es, en gran medida, la causa del drama latinoamericano.”- Dionisio Gutiérrez (en el “editorial” de su conocido espacio televisivo, “Razón de Estado”, del 9 de diciembre de 2021).



En la edición de la semana pasada de su programa semanal, en compañía del madrileño Eduardo Fernández de la (radicada en España) Fundación “Disenso”, Dionisio Gutiérrez expresa la creciente “angustia existencial” de varios intelectuales de la “Iberósfera”, en relación al avance de la novedosa versión contemporánea del marxismo-leninismo (vestida de ecologismo, indigenismo, y “liberación de géneros”) que, aparentemente inspirada en las tesis del italiano Antonio Gramsci, dicen promueve el “Foro de Sao Paulo” y su supuesta fachada diplomática, el “Grupo de Puebla”; con asumido apoyo financiero y diplomático de Rusia y China, además de su presunta aunque disimulada conexión con parte del dinero del narcotráfico. Se preguntaban los dialogantes, consternados, cómo los electorados hispano-americanos, pese a las evidencias, añaden países, refiriéndose a Chile, Perú y ahora, también, Honduras, a la senda emblematizada por Cuba, Nicaragua y Venezuela, que tan palmariamente han fracasado en sacar a sus pueblos de la pobreza y que cuando toman el poder, tan obviamente los mantienen aherrojados a sangrientas dictaduras, de las que sólo es posible escapar mediante el exilio, la clandestinidad o la muerte. Tan sólo una semana antes, “Razón de Estado” advertía del creciente peligro de que Colombia se añada a ese desconsolador cuadro en sus próximas elecciones. Las respuestas de Fernández y Gutiérrez a sus interrogantes las encuentran en “la indolencia de las élites”, que toleran la generalizada corrupción gubernamental y que han permitido que la educación y los medios de comunicación estén, fundamentalmente, en manos “del pensamiento de izquierda”. Sus respuestas, a mi juicio, se quedan cortas, muy cortas. No hacen énfasis en el origen último de nuestra inestabilidad política: la abismal desigualdad socio-económica que subyace en la raíz de nuestra problemática. La persistencia de economías bi-polares, de corte semi-feudal, que pese a algunos tímidos avances, mantienen a la América Latina, por su aún no plenamente superada herencia colonial, como la región más desigual del mundo, con desesperanzadas mayorías en condición de “ciudadanos de segunda clase”. Muy distinto este cuadro de lo que ha hecho prósperos y pacíficos a los ciudadanos del primer mundo, que desde el siglo XIX se desembarazaron de sus resabios feudales y se dedicaron a construir sociedades de amplias clases medias. A pesar de que el editorial de Dionisio arranca con una reflexión sobre el avance que se produjo en todo el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial, no se menciona que el gran triunfo de entonces fue el de un capitalismo regulado e inclusivo (aliado momentáneamente al comunismo de Stalin), en contra del fascismo, o sea, en contra de la expresión radicalmente autoritaria del conservadurismo, que en el caso hispano-americano, con ropaje criollo, aún persiste como el poder dominante...



Puede intentar ridiculizarse este último análisis como un intento de “culpar a la riqueza por la pobreza”, en palabras citadas por Dionisio; pero no hablo aquí de un simplista e inviable “igualitarismo” a ultranza, sino del hecho que el capitalismo funciona mejor en un ambiente socio-económico de menor desigualdad. Una sociedad con prosperidad ampliamente distribuida, hace de la economía de mercado (la más eficiente y exitosa), un capitalismo políticamente viable. Lo opuesto lo evidencia palmariamente: no hay más que ver las tribulaciones de Sudáfrica, cuyo pueblo, tras haber abandonado el Apartheid desde 1994, sin haber hecho una subsiguiente dotación patrimonial fundacional, aún está enzarzado, también, en “la trampa latinoamericana”: una élite próspera, en un mar de pobreza, lo que no conduce al buen funcionamiento de las instituciones republicanas ni al progreso sostenido y pacífico. En la América Latina, las élites, lejos de mostrar indolencia, han conspirado consciente o inconscientemente por dos siglos para mantener, en lo esencial, la estructura fundamentalmente bi-polar de nuestras sociedades. En el caso de Guatemala, al independizarnos, las élites rechazaron exitosamente, por décadas, las fórmulas republicanas. Durante la “Revolución Liberal”, cuando la “tierra sin dueño” era abundante, en vez de crear una sociedad de muchos pequeños propietarios, se consolidó un “capitalismo de plantación” que hizo de un puñado de allegados al poder político grandes latifundistas, a los que la mayoría tuvo que subordinarse en condición semi-servil. La ingenuamente socialista reforma agraria arbencista no fue reformada, sino agresivamente reversada. La semana pasada, sin ir más lejos, la concesión “del negocio del peaje” de la autopista Escuintla – San José, como analítica y serenamente lo expuso el domingo pasado el Dr. Francisco Arredondo en su programa televisivo “Acción Positiva”, de nuevo ilustra nuestra insistencia en confirmar un modelo económico concentrador del ingreso y la propiedad. Ojo: sólo hay dos cosas que producen revoluciones, que hacen que los pueblos “pierdan la cabeza”: el hambre y la injusticia; y es esta última, sin lugar a dudas, el detonante más explosivo...



Todos los “milagros económicos” de la Historia han estado precedidos de medidas que han catapultado a la mayoría de la población a la condición de consumidores. Los que somos necia y persistentemente subdesarrollados, nunca lo hicimos con suficiente contundencia. De hecho, en Guatemala perdimos la oportunidad histórica de hacerlo de la manera “natural”, mediante el inteligente reparto agrario de “las tierras baldías”. Ya hoy una reforma agraria en Guatemala, como lo he comentado con anterioridad, sería (i) aritméticamente imposible; (ii) técnicamente regresiva; y (iii) políticamente inviable (probablemente nos llevaría de nuevo a otro “conflicto armado interno”). Pero eso no nos ahorra, si queremos auténtico progreso, el tener que encontrar medidas que catapulten a la mayoría a la condición de consumidores. De ahí viene la propuesta de un “liberalismo quirúrgico”, que nos encamine rápidamente a una sociedad de pequeños propietarios y a la vez, de ciudadanos plenos: la Dotación Patrimonial Ciudadana, que haría de todos los ciudadanos partícipes de cualquier enajenación de activos republicanos, como los que graciosamente se entregan en una “concesión” de vías públicas, o de recursos del subsuelo, o de frecuencias electromagnéticas...



El sistema que hoy oponemos a la opción del “socialismo del siglo XXI” es insatisfactorio e insuficiente. Y se mantiene en el poder a través de la corrupción y de un sistema eleccionario amañado, perpetuando nuestras carencias y nuestras injusticias. Esa es la explicación de fondo de por qué cuando, internacionalmente, miden nuestras estaturas mentales y físicas, salimos en los últimos lugares del mundo. Esa es la explicación, también, de por qué tantos de nuestros mejores talentos emigran. Ese es nuestro “tan latinoamericano” drama: que para que nada cambie, recurrentemente nos orillan a escoger entre neo-marxistas y neo-conservadores, ambos hijos de la polarización, la ambición y la estulticia. Sí ciudadano, si nos dormimos, en el 2023 tendremos que escoger entre “la Babel pluri-nacional” y la continuación de este “reino del doctor Timo Chenko y sus 400 ladrones”, bajo la conducción de la exesposa del Rey del Tenis...



Así que basta de análisis y quejas. Es hora de pasar de las palabras a los hechos. Por eso hay hoy en Guatemala “una conspiración del bien”. Su programa político incluye: (1) re-iniciar sin hipocresías la hoy abortada “limpia” que empezó la CICIG; (2) iniciar el combate a la abismal desigualdad histórica que está en la raíz de todos nuestros males, a través de una Ley de “Dotación Patrimonial Ciudadana”; (3) de inmediato marchar hacia la cobertura universal del IGSS, para lo cual el Estado debe empezar por pagar la deuda que le tiene pendiente; (4) dejar de impedir el desarrollo del Corredor Interoceánico de Guatemala (CIG), lo que iniciará el proceso del “despegue económico” nacional; y (5) iniciar un proceso de persuasión democrática abierto que eventualmente pueda conducir a la restauración política de una renovada República Federal de Centroamérica. Esté atento, ciudadano, vienen tiempos interesantes...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 14 de Diciembre de 2021"

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