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  • Foto del escritorCiudadano Toriello

El régimen, contra el pueblo...

“Que siendo la Independencia... la voluntad general del pueblo de Guatemala... el señor Jefe Político la mande publicar, para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase, de hecho, el mismo pueblo.” – Artclo 1º, Acta de Independencia de Centroamérica, 15 de septiembre de 1821.


Las recientes administraciones de gobierno en Guatemala no han sido más que la estructuración “actualizada” de un régimen que nos ha malgobernado el 90% del tiempo durante los últimos dos siglos, honrosa excepción hecha de los breves períodos de 1829 a 1839 y de 1944 a 1954. Ha sido un régimen que nos ha mantenido aherrojados al pasado, que ha inhibido nuestra evolución política y socioeconómica y que nos ha empequeñecido geográficamente hasta convertirnos en una quinta parte de lo que un día fuimos, para miope beneficio de pequeñas minorías, en detrimento del bienestar general. Cuando el proceso iniciado en 1821 nos ofreció por vez primera alcanzar la República de todos los ciudadanos, el pensamiento ultra-conservador que anima al régimen, nos llevó, por la fuerza, sucesivamente, a un sistema monarquista mortecino, al fraude electoral y a las guerras civiles del istmo; y al empequeñecimiento territorial y a la dictadura vitalicia, sin Constitución, con tal de preservar los privilegios de una decadente oligarquía agro-exportadora. Cuando en 1871, tras insurrección armada, se nos concedió, finalmente, tener Constitución, los allegados al poder pervirtieron el sistema de propiedad privada, creando al Estado latifundista y a su concomitante mayoría de siervos, el fracasado Capitalismo de Plantación; ese que le mal copiamos al vencido Sur de los EEUU. Esa república, cafetalera, primero, y bananera, después, pese a la hipócrita adopción de un lenguaje “liberal” y de superficiales fórmulas republicanas, nos negó en la práctica, una vez más, a la República de todos los ciudadanos; hasta que llegó la Revolución del 20 de Octubre de 1944. Contra ello, la virulenta reacción ultra-conservadora no encontró más remedio que el rompimiento del nuevo hilo constitucional, en 1954, apoyada militarmente por algunos de los elementos más retrógrados del Partido Republicano estadounidense, que tenían, entonces, importantes intereses pecuniarios aquí. Aquella tragedia, dándole bandera a nuestros neo-leninistas tropicales, abortó el desarrollo de la “primera primavera” y así nos condujo, sucesivamente, al conflicto armado interno, a las dictaduras militares y tras 1985, a la actual “democracia de fachada”.


El hilo conductor de esta triste historia ha sido el temor visceral de nuestras élites a las ansias renovadoras del pueblo, desde tiempos del Clan Aycinena y “el indio” Carrera. La fórmula empleada, desde entonces, ha sido la utilización de grupos políticos subalternos de rufianes, encargados de preservar -por cualquier medio- al régimen, a cambio de recompensas derivadas de la tolerancia hacia una enraizada corrupción, que ha medrado impunemente con nuestros exiguos recursos públicos, en detrimento de nuestro desarrollo. La justificación pública de este curso de acción siempre ha descansado en la supuesta defensa de nuestros valores “cristianos”, “amenazados”, dizque, por un posible gobierno “tiránico”, hereje y enemigo “de nuestras libertades”; patraña que se ha sostenido gracias a la deliberada ignorancia y vejatoria indigencia en la que se ha mantenido a gruesas proporciones de nuestro sufrido pueblo.


A partir de 1985, una accidentada pero pragmática “entente” entre (i) los grandes empresarios, (ii) “los oficiales que ganaron la guerra” y (iii) cínicos ex simpatizantes y operadores de la anterior “guerrilla”, le dio una “fachada democrática” al viejo régimen: sus actores principales se vieron obligados por el entorno geopolítico a sustituir el enfrentamiento armado por “fórmulas democráticas”, de las que no eran, realmente, creyentes. Así, estos grandes titiriteros de nuestro sistema político, entre prueba y error, estructuraron un alambicado mecanismo que adoptando renovadas fórmulas aparentemente republicanas, de todas maneras les garantizaba “el control” de esta supuesta “democracia”: mediante (a) la efectiva censura de facto de la opinión pública; (b) las amañadas regulaciones del proceso eleccionario; y (c) el solapado manejo de los órganos que establecen “las reglas del juego” del sistema. De esta suerte, desde 1985 los tres grupos se han alternado en el poder -por interpósita mano- imponiendo a los Presidentes del Ejecutivo y garantizándose diputados “pre-seleccionados” por ellos, en el Congreso, con su concomitante manipulación de las altas Cortes y otros puestos clave. En el camino, se han amasado inmensas fortunas personales, mientras el pueblo sigue mayormente sin salud, sin educación, sin seguridad y sin fundada esperanza; con algunos de los peores índices socioeconómicos del Continente. Por eso, el electorado guatemalteco, tras cortísimas campañas en las que “se ha permitido la discusión política pública” y en medio de atronador ruido publicitario, ha sido tradicionalmente forzado a escoger sólo entre “el menos peor” de los candidatos del régimen para la Presidencia, y a legitimar con su voto a una mayoría de representantes que no nos representan, de entre listados de anónimos mercaderes de la política criolla... Hasta el 25 de junio pasado, cuando un entonces subestimado auténtico desafío al régimen “se coló” a “la segunda vuelta” de la elección para la Presidencia... Hasta que reconociendo la inesperada oportunidad histórica, el pasado 20 de agosto, por abrumadora mayoría, el pueblo le confirió el liderazgo nacional a la esperanza que personifica Bernardo Arévalo... y por eso mismo, el ahora “antiguo régimen”, corcoveó...


Una coyuntura peligrosa


Hoy Guatemala está dividida entre una amplia mayoría que quiere que entremos, con dos siglos de retraso, a la modernidad de la auténtica república democrática -la Reforma- y una minoría perdedora, con todo y su inestable y confundida “clientela cautiva” -el régimen- que no quiere que las cosas cambien. La Reforma está constituida por una amplia gama de ciudadanos, de distintos estratos sociales, de variada edad e ideología y de distintas regiones nacionales, cansados de nuestro atraso, hartos de tanta corrupción y promesas rotas. El régimen está constituido, principalmente, por tres sub-conjuntos muy diferenciados: (i) los grupúsculos de operadores y beneficiarios directos de esta cleptocracia que nos ha estado esquilmando; (ii) grupos de ciudadanos desposeídos, que por haber sido mantenidos -deliberadamente o nó- sin escolaridad, sin comunicaciones modernas y en una pobreza innecesaria, son más suceptibles a los engaños, al efecto de vergonzosas dádivas y al miedo a rebelarse contra los cacicazgos de aldea, concentrados en los cordones geográficos mayormente afectados por la pobreza aguda y el narcotráfico; y finalmente, (iii) “la mayoría de la minoría”, un grueso porcentaje de nuestras asustadizas clases alta y media (honrosa excepción hecha de la que algunos llaman “la burguesía esclarecida”) que torpemente teme que su cómodo mundillo -el de los “miwatecos”, según la fina ironía de Ítalo Antoniotti- está por derrumbarse, por el inminente arribo al Guacamolón de supuestos “chairos”. Tres de cada cinco electores -más urbanos, más jóvenes y más educados que sus opositores promedio- están con el cambio y de los que votaron por la continuidad del régimen, al menos dos terceras partes son sólo efímero fruto de la manipulación de la ignorancia y la indigencia. Pero no obstante la legitimidad de las ansias reformistas del pueblo, el régimen se resiste a conceder su derrota y muestra sus intenciones de aferrarse al poder...


Muchas cosas han cambiado desde 1985, sin embargo: (i) En primer lugar, el control de la opinión pública ya no es sólo cuestión de silenciar a cuatro o cinco amedrentables dueños de medios de comunicación social; hoy, la tecnología de redes ya rompió esos candados y el pueblo ya sabe lo que quiere, lo que merece y cómo expresarlo públicamente; (ii) Tampoco hay simpatía en “el Norte”, por más que se trate de disfrazar el asunto como una gesta para “contener la expansión del socialismo del siglo 21”; de hecho, hay hostilidad diplomática generalizada hacia la actitud del régimen, extensiva a quienes supervisan las cadenas de futuro suministro de cruciales insumos castrenses; y (iii) El Ejército de Guatemala está hoy en manos de una oficialidad que mayoritariamente no vivió el conflicto armado interno, que ya se formó académicamente a nivel universitario y que responde a directrices institucionales que desde 1985 enfatizan formalmente el rol de la institución armada como garante del orden constitucional; y que, además, vive en entornos familiares y sociales crecientemente afines al fenómeno renovador.


Pero el régimen insiste en encontrar “el pelo en la sopa”: aduce -en supuesta defensa de una hipócrita “legalidad”- que el Partido Semilla “nunca nació a la vida jurídica”, amenazando con ello impedir se acate la voluntad popular expresada en las urnas, base jurídica fundamental de todo ordenamiento legal republicano. Esto pese a que las presuntas irregularidades en la inscripción de Semilla fueron sopesadas por la autoridad competente en el momento procesal oportuno y causaron estado, tras dos elecciones ya consumadas. La determinación de la legalidad de la inscripción de Semilla correspondió a dependencias del TSE y desdehace cinco años venció el plazo legal para impugnar tal resolución. Aún así, el MP, por los espurios motivos ya señalados, inició un proceso extemporáneo. Como agravante, el Juzgado Penal utilizado, sin jurisdicción pertinente, emitió ilegal sentencia sin haber “oído y vencido en juicio” al ente sindicado. Es una aberración sólo explicable por la inconfesada intención de negarle el poder al Presidente electo, en lo que constituye un claro intento de golpe de Estado -todo rompimiento del orden constitucional con el propósito de alterar el normal acceso al poder es, técnicamente, un golpe. Las patrañas que auspicia nuestro patético coro fascistoide -como esa de considerar “héroes” de la legalidad a la fiscal Porras y a su subalterno Curruchiche- son tan evidentes que sólo convencen a quienes no quieren que las cosas cambien, sin importar el precio. A esos mismos que quieren mantener al régimen repudiado popularmente, con el inverosímil cuento del “fraude”...


El inminente enfrentamiento de fondo


El enfrentamiento entre el régimen y el pueblo va más allá de las emblemáticas fechas que señalan los hitos del corto plazo: el próximo 31 de octubre, cuando vence “formalmente” el período electoral y surge de nuevo “la oportunidad” -por la cobarde ambigüedad, o contubernio, de nuestras altas Cortes- de repetir el ilegal desconocimiento de la personería jurídica del partido Semilla, que deja en esa fecha de tener la inobjetable protección el artículo 92 de la LEPP; o el del 14 de enero del 2024, inaplazable fecha para la investidura del nuevo Presidente Constitucional de Guatemala, salvo absurdas, evidentes e intolerables “güizachadas” o acciones de fuerza. Atrincherado en el Congreso -por cierto, con varias curules obtenidas mediante los verdaderos fraudes, locales, que no se denuncian- y en las espurias altas Cortes que ha cooptado, el régimen se prepara para obstaculizar el avance del proceso reformista. El Presidente electo, de manera prudente, ha señalado que en un ambiente de esperanza popular renovada, y cortando de tajo el flujo de sobornos que tradicionalmente se ha empleado para “aceitar” a la Legislatura, él espera que una mayoría de los nuevos diputados será pacíficamente persuadida de ponerse -como lo manda la Ley y lo requiere el momento histórico- del lado de las reformas a las que aspira el pueblo. Es decir, del lado del cambio de “las reglas de juego” de cómo elegimos a los diputados y a las altas Cortes y también a estructurar democráticamente el Presupuesto Nacional; lo cual requerirá, probablemente, hasta de reformas constitucionales. Pero algunos no son tan optimistas como nuestro Presidente electo. Señalan que muchos operadores del régimen tienen demasiado que perder (modus vivendi, fortunas y hasta la libertad) y por tanto, están “dispuestos a todo”. Por ello, algunos creen que será necesario hasta “llevar al pueblo a los estrados del Hemiciclo”, despertando inevitables aprehensiones ciudadanas. En ese contexto, según sea el tamaño de la insensatez de los más recalcitrantes partidarios del régimen, el nivel de tensiones políticas se irá calentando, en “cámara lenta”, pero cada vez más...


La inteligencia recabada por las “agencias de tres letras” desde que se empezó a construir el canal de Panamá, tradicionalmente estuvo al servicio de la estabilidad del antiguo régimen. Pero también eso ha cambiado. Fue esa inteligencia la que “alimentó”, discretamente, el combate a la corrupción que en su momento encabezó la defenestrada CICIG. Y es de esperar que continúe minando la impunidad del antiguo régimen y fortaleciendo a la Reforma, en la expectativa de inhibir las presiones migratorias hacia el Norte. Por eso, tanto “miwateco” añora los tiempos del retrógrada Donald Trump -quien fue factor crucial en la regresión institucional de Guatemala- y contra todo pronóstico, espera “su triunfal retorno”. Por eso, también, el régimen trata de pintar las ansias reformistas del pueblo guatemalteco, como un peligroso desliz hacia “el comunismo”. Sus corifeos no entienden que el comunismo es una idea moribunda. Que en Guatemala, el comunismo ya murió; que lo que se niega a morir es un rábido “anticomunismo” que ve en todas partes “micos aparejados”, en su afán de preservar obsoletas estructuras semi-feudales. No entienden que todos los países del primer mundo partieron de reformas sociales que redujeron la desigualdad, creando grandes clases medias. Que esas reformas no son comunistas, sino prerequisitos del capitalismo moderno y democrático. Es por eso que en todos los países del primer mundo se han alternado pacíficamente en el poder socialdemócratas, liberales y conservadores, para crear un capitalismo incluyente y políticamente viable. A eso es lo que aspira, realmente, el pueblo guatemalteco, nó a crear aquí una nueva Venezuela. Y por primera vez en muchos años, ese horizonte se percibe “a la vuelta de la esquina”. Guatemala está a punto de dejar de ser un simple productor de postres, para convertirse, por su envidiable posición geográfica, en un nuevo centro logístico del comercio mundial. Sólo necesitamos contar con un gobierno decente en vez de las actuales bandas de ladrones. Sobre esa base, se detonará aquí una explosiva -y extendida a las grandes mayorías- gran prosperidad. El pueblo sabe que ese futuro le espera... y por eso mismo, no dejará ¡que se lo traten de arrebatar!

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