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  • Ciudadano Toriello

Después de la promesa rota

“Sandra y Zury son lo mismo / Sury, Zandra... ¡ya, Mattei! / son el puro Continuismo / pa´que nó triunfe la Ley... // Sandra y Zury son lo mismo / Sury, Zandra... ¡ya, Mattei! / lo que viene, ¡será un sismo! / ¡Sacaremos de la Patria a ese buey!” – Casimiro Mirón, chapín apaleado, a quien, ahora, “ya no se lo baboseyan” (con música de “La Chalana”)...


Pocos países en el mundo encierran en un territorio tan pequeño como el de Guatemala, tanta riqueza potencial. En apenas ciento y pico mil kilómetros cuadrados, Guatemala tiene bosque y tiene selva, tiene montaña y tiene costas en dos mares; tiene laderas escarpadas que revelan su rica entraña mineral y planicies generosamente fértiles, capaces, si bien se administraran, de alimentar a toda Centroamérica y aún así, exportar variados excedentes agrícolas al resto del mundo. Con una topografía bellamente accidentada, la surcan multitud de ríos y también en ella reposa una pléyade de lagunas y lagos, bajo la celosa mirada de sus más de veinte volcanes; adornada, a cada vuelta del camino, de un paisaje que deslumbra hasta al viajero más despistado. Tiene “tierra fría” y “tierra caliente”. Oro y petróleo y cien minerales más. Tiene níquel, jade, uranio y hasta “tierras raras”. Y además, tiene agua, mucha agua -tristemente, eso sí, cada vez más contaminada y desperdiciada, por la desidia de tantos- y muy coqueta, se engalana con una diversidad de alturas que en esta latitud privilegiada, le da el mosaico de microclimas que hace posible la existencia, aunque amenazada y menguante, de su espléndida biodiversidad. Y por si todo lo anterior fuera poco, su posición geográfica, en el centro del mundo habitado, la hace puente natural entre el norte y el sur de este gran continente americano y eslabón estratégico potencial entre la vieja Europa y el también antiguo y hoy ascendente mundo asiático...


Pocas naciones, además, pueden presumir, como la nuestra, de una cultura tan heterogénea y a la vez, tantas veces milenaria. Cuando Europa se desangraba en las primitivas guerras del medioevo, por ejemplo, Guatemala ya era un país de rascacielos. Los vestigios arqueológicos de la cultura precolombina, desde Tikal o El Mirador, hasta Zaculeu o Takalik Abaj, atestiguan este hecho y aún asombran a propios y extraños. Y la abigarrada impronta española, no sólo nos dio una pródiga lengua común, que nos une a un vasto archipiélago de naciones hermanas, sino que terminó de definir la rica mezcla socio-cultural de lo que somos hoy. En fusión con las culturas ancestrales, salpicó de bellas construcciones coloniales y tradiciones híbridas a todo el territorio, que hoy nos caracteriza con un singular tejido nacional multicolor, una especie de hermoso huipil étnico, social y cultural que nos hace un pueblo único. Pueblo de inconfundible identidad emergente, el guatemalteco está también, al mismo tiempo, firmemente inscrito en el concierto de la civilización occidental. La maravillosa gente de Guatemala es trabajadora como pocas y reconocidamente amable; es especialmente hábil e inteligente y por ello excepcionalmente dotada para hacerse de un lugar prominente en el mundo. De su seno y pese a las grandes privaciones a las que centenariamente ha estado sometida, han salido grandes artistas, intelectuales y científicos, a los que el mundo ha admirado. Aquí habita un pueblo industrioso, fuertemente arraigado a su tierra, que ama con pasión a su Patria y que ha sido, en el pasado, ya capaz de mucho; y que sin duda alguna, cuando logremos poner verdaderamente en valor todos sus talentos, será capaz de mucho más. No cabe duda, con esta tierra y con este pueblo, trabajando en paz y en armonía, podríamos ser algo muy cercano a un paraíso terrenal...


Y sin embargo, no es así. Uno de cada seis guatemaltecos ha huído de este paraíso potencial que aún no lo es. Y por cada guatemalteco que está buscando su futuro lejos de la Patria, hay por lo menos otro que quiere seguir sus pasos y emigrar “como lo hizo aquél”. Eso quiere decir que uno de cada tres guatemaltecos se siente muy incómodo en su propia Patria. Lo cual tampoco quiere decir que los otros dos, estén muy satisfechos y tranquilos. No es una exageración decir que el guatemalteco promedio se siente insatisfecho, desatendido, marginado de un proyecto común de nación que aún no hemos logrado construir... Y ese sentimiento no es una frivolidad. En casi todos los indicadores sociales relevantes (nutrición infantil, infraestructura básica, educación pública, salud o seguridad), la sociedad guatemalteca “compite” por los peores lugares en el mundo. Con empleo precario y aguda escasez de oportunidades, una inaceptablemente grande proporción de nuestra población se encuentra fundamentalmente desposeída, lastrada por la desnutrición temprana y por la falta de educación. Encadenada a una pobreza endémica y a la falta de compensadores sociales mínimos, cuesta encontrar razones que le den esperanza a la mayoría de que hay un futuro mejor aquí. En la raíz de esta situación está una abismal desigualdad social y nuestro fracaso, como República, de construir un sistema socio-económico razonablemente progresista e incluyente. Pareciera incomprensible, pero sólo tenemos que recurrir a la Historia reciente, para explicarnos este terco infierno de muchos, en el que debiera ser un paraíso para casi todos.


No obstante, Guatemala sorprende. Al agonizar el siglo pasado, un grupo de visionarios encabezados por un piloto aviador retirado de nuestra Fuerza Aérea, Guillermo Catalán España, soñó con hacer realidad en Guatemala la hazaña de un Corredor Interoceánico, “el CIG”; para propiciar así, un auténtico despegue socio-económico nacional. No teniendo ni la chequera de Aristóteles Onassis, ni la fuerza coercitiva de una entidad estatal, la única ruta posible era, por supuesto, la de la paciente persuasión racional. Contra todo pronóstico, en este país atribulado, todo se fue haciendo posible a través de la magia de la palabra hablada. La noble y generosa gente del Oriente guatemalteco, acogió la idea. Al principio con prudencia, luego con entusiasmo y finalmente, con firme lealtad. Porque inusual y ejemplarmente, se trata de un ejercicio de capitalismo popular e incluyente, uno que incorpora, en vez de aprovecharse injustamente, a sus miles de accionistas y derecho-habientes en la conducción y en los beneficios del negocio por venir. Muchas otras voluntades se sumaron al esfuerzo, haciendo posible los estudios técnicos, los estudios de mercado y los sondeos de apoyo financiero. Y se constituyó el inmueble interoceánico. Todo el proceso es visto con incrédula admiración por gente de fuera que de ésto conoce, pues es un auténtico, inusual y positivo fenómeno histórico, que en otras latitudes, sin duda, algún día emularán. Cualquiera con dos dedos de frente, si no lo carcome la envidia o lo mal aconseja una oculta ambición, puede ver los evidentes beneficios que el CIG traerá, a su zona de influencia, a todo el país y a toda la región. Se trata del proyecto más grande en la Historia del país, uno que marcará “un antes y un después” en el desarrollo nacional, uno que es para Guatemala lo que Suez ha sido para Egipto o lo que para Panamá, es su Canal.


Y sin embargo, al proyecto lo han retrasado muchos años, fundamentalmente, pequeños pero poderosos grupos de detractores y enemigos. Algunos, con la secreta agenda de arrebatarle su control al Grupo Promotor original. No obstante, el proyecto está “listo para despegar”. Existe en los mercados financieros internacionales y en los círculos que estudian la logística estratégica global, un genuino interés por participar en su desarrollo y hay capital internacional disponible para esta iniciativa. Hay ofertas de apoyo técnico e institucional. Así que triste es decirlo, pero el principal obstáculo que aún queda para que esto acontezca, ha sido la actitud obstruccionista y francamente antipatriótica de nuestras propias autoridades, al más alto nivel. Es en apariencia inexplicable, por ejemplo, cómo el Presidente de una República con tanta necesidad de desarrollo, se permite ignorar TRES cartas dirigidas a él desde el inicio de su mandato, para exponerle de primera mano la situación del proyecto, sin la cortesía siquiera de una negativa formal. Tampoco pareciera explicable cómo, nuestro mofletudo ex Ministro de Economía, pese a insistentes solicitudes, logró que a doña Kamala Harris (que venía en busca de fórmulas para atacar “las causas de raíz de la migración”), “le sacaran al CIG del radar”. No es cierto que este proyecto busque o necesite “garantías soberanas” para poder avanzar. Parte de su singularidad y atractivo es, precisamente, que al amparo de la legislación guatemalteca, éste sigue siendo un proyecto ejecutable en el ámbito privado. Pero, obviamente, cualquier inversionista potencial se asusta si oye que las entidades oficiales (pagadas con nuestros impuestos) ponen en tela de juicio hasta la existencia misma del Corredor. Si le dicen al inversionista que este proyecto “tiene problemas legales”, que, confidencialmente, “no lo pueden recomendar”... aunque sepan, esas mismas autoridades, que están vigentes sendas declaraciones del Estado guatemalteco y de medio centenar de municipalidades, declarando al proyecto “de utilidad pública e interés nacional”. Porque en su agenda secreta hay planes siniestros para hacerse de su control. No cabe duda: al CIG lo ha estado deteniendo la misma enfermedad del sistema político que ha lastrado el desarrollo económico de todo nuestro cuerpo social...


Guatemala no debe seguir siendo una promesa rota. Debe “echar a los mercaderes del Templo”, debe derrocar -en las urnas- a las bandas que nos han convertido en el reino de los ladrones. Necesita un liberalismo auténtico, “quirúrgico”, que partiendo de un agresivo programa de dotación patrimonial ciudadana, catapulte a la palestra a una amplia, vigorosa y renovada clase media. Que apoyado en una acelerada creación de nueva riqueza, generalice la cobertura de una alcanzable protección social. Que libere de una vez por todas las artificiales ataduras que, como ocurre con el CIG, impiden su desarrollo económico. Que inicie el proceso de restauración de la Patria Grande de la que originalmente fuimos cabeza... Para ello lo primero es impedir que sigamos siendo gobernados por esa plaga de garrapatas políticas que no piensan más que en enriquecerse a troche y moche, a su paso por las estructuras estatales de la Nación. Por esas y otras cien razones, una batalla entre la inteligencia y el dinero mal habido se avecina. Una batalla entre un pasado indecoroso que se niega a morir y un promisorio futuro, que ya no es posible impedir. Así que cuando la voz del futuro toque en breve a sus puertas, ciudadano, la Patria cuenta con que usted, con la mayoría del electorado, de par en par, ¡las ayude a abrir!


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 12 de Abril de 2022"

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