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  • Ciudadano Toriello

Cómo sacar del hoyo a Guatemala

“En un lejano país existió hace muchos años una Oveja Negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.”- La oveja negra y demás fábulas, de Augusto (Tito) Monterroso (1921-2003), escritor guatemalteco, hábil retratista de nuestra peculiar idiosincracia.



Suponga usted, amable lector, que un grupo de sesudos “expertos en todología” es contratado con el encargo de elaborar un plan para “sacar del hoyo” a Guatemala. Rápidamente, aquellos expertos se dan cuenta de que nuestra posición geográfica es uno de nuestros principales activos, pues no sólo somos paso natural entre el norte y el sur del Continente, sino además, estrecho eslabón que une a dos océanos. Tras no pocas cábalas, el grupo de expertos descubre que la peculiar geografía del Caribe haría que un paso interoceánico por Guatemala representara la distancia náutica más corta entre Shanghai y Nueva York de todo el istmo mesoamericano. Que además, nuestra topografía oriental requiere sólo remontar 1050 mts. sobre el nivel del mar, en vez de los 2,400 que se requieren en el istmo de Tehuantepec. Que hacer un “puente terrestre” en Guatemala es varias veces más barato y técnica y políticamente mucho menos complicado que hacer un Canal acuático en Nicaragua, con costos de trasiego interoceánico equivalentes. Que el paso por el Canal de Panamá está cada vez más saturado y presenta grandes dificultades de expansión futura, además de que ya es actualmente inútil para el trasiego de los grandes buques transoceánicos “de nueva generación”. Que el congestionamiento en los puertos de las costas de California evidencia las limitaciones y problemas de continuar haciendo descansar los flujos comerciales hacia el centro de EEUU, mayoritariamente, en ese operativamente caro puente terrestre, que en una de sus puntas, arranca desde allí. Que los puertos texanos del Golfo de México han venido invirtiendo, por años, para ser una opción más eficiente como acceso al centro de ese gran mercado (hasta la región de Los Grandes Lagos y Canadá y sin tener que remontar las cadenas montañosas de cualquiera de las dos grandes costas), pero que la inexistencia de un nuevo paso interoceánico centroamericano ha hecho que hasta ahora sus nuevas capacidades se mantengan relativamente ociosas. Que debido a esa situación, petroleros texanos, por ejemplo, han intentado hacer acuerdos para pasar por un istmo al norte nuestro, pero que (además de fuertes dificultades técnicas y socio-políticas) tras muchos años de infructuosas negociaciones, han tenido que “tirar la toalla” frente a la persistente y onerosa corrupción de dos gobiernos estatales y un gobierno federal, que hacen de ésa, una ruta actualmente impracticable, sin visos de pronta compostura...


Continúan descubriendo los expertos que hay inversionistas visionarios preparándose para un mundo futuro en el que el petróleo ya no será quemado sino que se constituirá, fundamentalmente, en seminal “materia prima de materias primas”; y desean continuar desarrollando las infraestructuras que permitirán llevar ese oro negro, a bajo costo, de los nuevos centros de producción del sureste norteamericano a centros de fabricación y de futuro consumo noble de dichos hidrocarburos líquidos, en el Lejano Oriente. Que además, las limitaciones físicas del Canal de Suez (como lo ilustró el reciente incidente del barco encallado que interrumpió durante un par de semanas el trasiego comercial este-oeste) y las crecientes tensiones sobre el Mar de China (que podrían llegar a ponerse “al rojo vivo”) aconsejan que Occidente cuente con una ruta alterna que haga geopolíticamente innecesario el paso forzado por Suez y por ese mar. Mar en el que Taiwán (y sus aliados) tendrían que enfrentar a China en el hipotético caso de un (esperamos nunca se concrete) conflicto bélico entre la democrática isla y su vecino continental...


Los asombrados todólogos siguen descubriendo, que sólo el ahorro de un año en el transporte de hidrocarburos líquidos (con cifras del 2018 y por ser la distancia náutica a través de Guatemala un tercio menor que la ruta actual) representa una suma equivalente a la necesaria para construir en Guatemala dos nuevos puertos de gran calado, conectados por poliductos, supercarretera y conexiones ferroviarias, además de seis centros logísticos para deconsolidación y reconsolidación de mercancías. Y que la reacción económica mundial que propició la pandemia ha conducido a una gran liquidez ociosa, por lo que en un clima adecuado para la inversión, este gran proyecto de infraestructura sería inmediatamente financiable. Que la construcción y posterior operación de las infraestructuras necesarias de ese Corredor Interoceánico de Guatemala (CIG), generaría directamente miles de empleos estables y bien remunerados; además de muchos miles más de manera indirecta, constituyéndose en un emporio comercial internacional y nuevo motor económico para el país, con un impacto inicial de al menos un 6% sobre el PIB nacional. Que dicha nueva actividad económica contribuiría decisivamente a reducir las presiones migratorias hacia el Norte, por lo que el desarrollo de sus infraestructuras sería bien visto por un consenso bi-partidista en la Potencia septentrional. “¡No brainer!” -exclaman los todólogos- “¿Ya le contaría el gobierno guatemalteco de esta iniciativa a doña Kamala Harris?” Al ver que no se habló de eso en su reciente visita, añaden: “Quizá algunos piensen que el problema es que habría que lidiar con la conocida ineficiencia y corrupción que caracteriza a los proyectos gubernamentales de esa naturaleza en América Latina” y que “eso podría desalentar a los potenciales inversionistas”. Pero ¡Oh sorpresa! el Grupo descubre que en los últimos veinte años se ha registrado un históricamente inusual fenómeno socio-político que ha constituido ya un inmueble interoceánico de 372 Kms. de largo y 140 mts. de ancho ¡como empresa privada! con miles de pequeños accionistas, con base en puros acuerdos legales voluntarios. Que conforme a la Constitución guatemalteca y demás leyes aplicables, el CIG no necesita de mayores permisos estatales para desarrollarse y que además ya ha sido oficialmente declarado por el Estado de Guatemala y por las municipalidades de la zona, como un Proyecto de utilidad pública y de interés nacional. Que el Proyecto ha despertado el interés del Congreso norteamericano, a punto tal, que sus promotores han sido invitados a exponer al respecto en su seno; y que con el auspicio de las autoridades comerciales de aquel país norteño, el CIG ha sido invitado a diversos foros técnicos y se le han conferido premios internacionales por su visión, relevancia y pertinencia social...


“¡¿Y entonces, por qué aún no se ha materializado?!” -se preguntan los todólogos- “¡Ahh...!” -se responden- “porque esto es Guatemala, aquel lugar en el que hay piedras que flotan, madera que se hunde y donde ´¡cómo nó!´quiere decir sí”. Resulta -descubren los todólogos- que los grandes inversionistas internacionales, intrigados por el obvio potencial del proyecto, se preguntan “¿y qué dice el gobierno de Guatemala?” (por aquello de la certeza jurídica) y también “¿qué dice la Casa Blanca?” (por razones obvias). La respuesta es que el primero -tras fingir, inicial e hipócritamente, ignorancia- termina señalando “discretamente” a los potenciales inversionistas, reales y supuestos “pelos en la sopa”-nuestros funcionarios son grandes “promotores” del desarrollo nacional, no olvidará el lector; y la segunda, diplomáticamente, mejor calla. Y entonces se evidencia que el Proyecto no se ha logrado concretar aún porque fuerzas siniestras, con objetivos miopemente pecuniarios y mesquinos, lo han saboteado, hasta ahora, efectivamente. Desde grupúsculos de tardíos inversionistas minoritarios que pretendieron infructuosamente tomar hostilmente el control del Proyecto y que al no lograrlo han tejido una laboriosa “leyenda negra” sobre el CIG, demandándolo frívolamente en tribunales; pasando por “grupos de choque” que con distintas máscaras objetan que pronto la zona tenga “reflectores 24/7” y han tratado de disuadir a la población del área de influencia del CIG con violencia criminal (que a la fecha ha cobrado ya seis víctimas mortales); hasta una estudiada “indiferencia oficial”, que busca que la inversión internacional se canalice hacia proyectos donde el gobierno tiene control (y potencial de generar “alfombras persas”) y nó a este Plan que sí “nos sacaría del hoyo”...


El gobierno de aquél que nos dijo engañosamente que no era “ni corrupto, ni ladrón”-por ejemplo- logró persuadir al gobierno de Donald Trump de “sacar al CIG del radar” (es un “proyecto -por popular, quizá- rojo” o al menos, es una “oveja negra”, habrán argumentado). Desde entonces, ya no han habido acercamientos espontáneos de la institucionalidad norteña. Sacando al CIG del repertorio oficial de oportunidades de inversión en Guatemala y ante la imposibilidad inmediata de “tomarlo por asalto”, funcionarios ambiciosos se dedicaron a promover “un tren rápido” y otras quimeras por el estilo, con el propósito de eventualmente absorver de alguna manera al Corredor Interoceánico, que es el único de esos proyectos fantasiosos que tiene auténtico potencial comercial. La idea siendo que tras ahogar financieramente a los pequeños propietarios del CIG, finalmente “pudieran comprar a quien hubiera que comprar” y “asustar a quien hubiese que asustar”. Todo parece indicar que si Mr. Trump “hubiese repetido”, esos designios estarían exitosamente en marcha, a cargo del heredero de los planes de Jimmy, el doctor Timo Chenko; conectándose al “tren de Bukele”, a quien ya habían entusiasmado con un supuesto “puerto salvadoreño, en el Caribe”...


Pero Trump “no quedó”... y el CIG continúa su marcha inexorable. A tragos y rempujones, entonces, y distanciados por su desafiante y vergonzosa conducta del nuevo gobierno del Norte, los detractores del Corredor de todas maneras andan promoviendo, ostensiblemente, “la ruta ferroviaria de Justo Rufino Barrios” (en realidad, por cuestiones de precaria viabilidad financiera, un gasoducto “bajo tierra”). Pero el Tío Sam, naturalmente molesto con un gobierno en el que la corrupción es evidente, descarada y está en ascenso, no está de humor para auspiciar “buenas noticias” en Guatemala, por lo que nuestras autoridades se están “teniendo que conformar” con dudosos inversionistas rusos y mexicanos... Así que parece que el único Plan que logrará “sacar del hoyo a Guatemala” es que cuanto antes salgamos de este nefasto régimen. Que los ciudadanos impidamos que el próximo gobierno sea uno que siga con las mismas mañas. Y que lo hagamos antes de que el régimen termine “fusilando” a todo aquello que le parezca que son insolentes “ovejas negras”...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 16 de Noviembre de 2021"

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