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Cómo provocar “el despegue” guatemalteco

Actualizado: 3 de sep de 2019

“…el Dividendo de la Libertad, un ingreso básico universal de mil dólares mensuales (proveído por el Estado a todos los ciudadanos mayores de 18 años, independiente de cualquier otro factor)…le permitiría a todos… pagar sus cuentas, educarse, iniciar negocios…y tener un verdadero interés en el futuro...al tiempo que sería un estímulo permanente para el crecimiento (del 12.56 al 13.1% anual) del empleo y la economía…” – Andrew Yang, empresario nacido en Nueva York, candidato a representar al Partido Demócrata en las presidenciales del 2,020, en los Estados Unidos.


Hay quienes piensan que el primer mundo se encamina hacia una situación de “desempleo estructural” sin precedentes históricos, provocado por la “robotización” de la economía. La inminente aparición de futuristas vehículos eléctricos que no requerirán de conductores humanos, permiten imaginar un cercano futuro, en el que una enorme cantidad de choferes, hoy al frente de camiones de carga y taxis, entrará a engrosar una nueva “clase inútil”. Junto a dependientes de tiendas, empleados de hotel, etc., que con la “uberización robotizada” de la economía se volverán crecientemente innecesarios y difíciles de re-adiestrar masivamente para otros menesteres, los choferes serán otras víctimas de la desaparición de empleos tradicionales, como los que está matando Amazon en las tiendas de barrio o la automatización en las fábricas. Al mismo tiempo, la “domesticación” de la energía solar, con celdas fotovoltaicas más eficientes y baterías más efectivas, junto a la descentralización de la recolección de información y el control automático de procesos in situ, multiplicarán la capacidad de las sociedades competitivas para producir bienes y servicios indispensables a niveles de abundancia y costo hasta hace poco, inimaginables. Pero ¿quiénes serán los consumidores de esa creciente oferta de bienestar si las grandes mayorías se encuentran desempleadas por el mismo avance tecnológico? De ahí nació el concepto del “ingreso básico universal” (IBU), una manera de garantizar la demanda efectiva de una economía crecientemente robotizada y enormemente productiva; es decir, la creación de una gran clase ociosa con ingresos garantizados, que se dedicará a hacer ‘lo que le gusta hacer’... Una de las variadas versiones de ese IBU es la que ha adoptado como insignia de su campaña el pre-candidato Demócrata Andrew Yang, citado en el acápite de esta columna y su propuesta, por prematura que parezca, indudablemente entrará a engrosar el menú de las más apasionadas discusiones políticas de los próximos años. Aquí, por contraste, nuestra reciente campaña política no permitió la discusión de ninguna idea política fresca. Antes de que grite “no es bueno regalar nada…”, “el efecto inflacionario de esta ‘canasta solidaria mejorada’ es insostenible y moralmente nociva”, “no hay almuerzo gratis” y otras de las “bienaventuradas enseñanzas” que le dejó “San Muso a sus acólitos”, piense que son realidades políticas que empezarán a manifestarse inexorablemente allende nuestras fronteras, nos guste o nó. El argumento fundamental de sus adherentes es que el ocio es el mayor logro de la humanidad: no tener que andar detrás del mamut, o del cheque quincenal, es lo que realmente le ha permitido a la humanidad la creación artística, la investigación científica o la especulación filosófica. Sólo que la ociosidad creativa pronto no será sólo privilegio de unos cuantos y producto del sudor de los más, sino un fenómeno masivo apoyado en “el trabajo” de robots, movidos por la energía solar…


Lo que ha hecho de la República Imperial de Washington la actual superpotencia mundial, fue la creación del primer mercado de consumo realmente colosal de la Historia moderna, a partir de los Homestead Acts de Lincoln, que se apoyaron en la creación de dotaciones patrimoniales masivas. Esa etapa del desarrollo socioeconómico (que en América Latina aún no ha sucedido, gracias a nuestros falsos “liberales”), hizo posible la increíblemente productiva economía que caracteriza al primer mundo. No obstante, como resultado de su propio avance tecnológico, esta economía primermundista requiere ahora de otra gran transformación, para continuar garantizando el consumo masivo, que es la fuente primigenia de su actividad económica. Lo que los novedosos esquemas conceptuales del IBU están proponiendo en realidad, no es más que una garantía del consumo masivo que no se disipe en un generalizado incremento de precios, sino que se convierta en una mayor producción real de bienes y servicios, en mayor bienestar real para más ciudadanos. Ésta sería una nueva etapa de desarrollo socioeconómico apoyada en la informática, la energía solar y la consecuente robotización de la producción, partiendo de una economía que siga siendo competitiva e inmensamente productiva (si Maduro, por contraste, imprimiese el equivalente en bolívares de los mil dólares mensuales para todos los venezolanos, todo se disiparía de inmediato en pura inflación, pues esa no es una economía competitiva y productiva). El sistema político norteamericanos aún intenta digerir las promesas y los riesgos de este novedoso esquema, así que pronto veremos qué pasa. Los logros materiales que una economía de “ociosos creativos” podría producir en campos tan variados como la medicina, la astrofísica, y la propia informática, alejarían aún más a esas sociedades inmensamente prósperas de las realidades del tercer mundo, tercamente trabado aún, como Guatemala, entre los que quieren repartir lo ajeno y los que no quieren que las cosas cambien…


Tenemos que despertar. Desaprovechamos la época de la tierra relativamente abundante para hacer de ésta una República de propietarios, de consumidores, por la vía del reparto agrario y nos quedamos al margen de la Historia. Hoy que dicho reparto agrario (como el de Lincoln) es aritméticamente imposible, técnicamente regresivo y políticamente inviable, podemos recurrir a la Dotación Patrimonial ciudadana basada en la comercialización accionada de grandes proyectos republicanos (una red de carreteras de peaje, una red ferroviaria, explotación industrial de nuestros recursos minerales, etc.) si somos políticamente creativos y audaces. El Dr. Alejandro Giammattei tiene una peculiar oportunidad histórica: puede acometer reformas que “las fuerzas vivas” del país no le permitirían a un “gobierno de izquierda”, pero que contemplarán con una mezcla de incredulidad y esperanza, si las inicia un “gobierno de derecha”. Compensemos, entonces, el vacío histórico de esa “dotación patrimonial fundacional” que nunca tuvimos, con una nueva “dotación patrimonial ciudadana”. Activemos nuestro aún hoy inexistente mercado local de capitales, estimulado la macroeconomía, generado empleo e impuestos y en general, fortaleciendo el proceso de desarrollo de nuestra clase media. Aquí eso no ha ocurrido aún y por eso grandes números de centroamericanos quieren hoy emigrar a los Estados Unidos. Desengañémonos de una vez: mientras los guatemaltecos en el poder no hagan por sus conciudadanos algo equivalente a lo que hizo Lincoln por los suyos, Guatemala no “despegará” y muchos compatriotas continuarán sumándose al éxodo y dentro de cuatro años, viviremos, de nuevo, viejas angustias…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriodico el 27 de agosto 2019"

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