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  • Ciudadano Toriello

Bolívar y Marx

Actualizado: 26 de nov de 2019

“…el canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Solouque (ex esclavo, practicante de Vudú, autoproclamado ‘Emperador de Haití’ en 1,849, fracasado re-conquistador de la República Dominicana)...” – Carlos (Karl) Marx a Federico (Friedrich) Engels, en carta del 14 de febrero de 1,858, al comentar las críticas que le hizo el editor del New York Daily Tribune (Charles Dana) por una biografía sobre el Libertador, preparada por encargo suyo, para la ‘New American Cyclopaedia’.


Simón Bolívar nació en el seno de una de las familias más acaudaladas de la España de Ultramar a fines del S.XVIII, en Caracas, Venezuela, en 1,783. Huérfano de padre y madre a los ocho años y heredero de haciendas, trapiches, minas de metales preciosos y de abundante cobre, fue prematuramente criado por interesados parientes; pero también con los amorosos cuidados de su esclava Hipólita, de quien después diría que fue “la única madre que conoció”. Recibió la mejor educación que entonces podía comprar el dinero, haciéndose elocuente, hábil en las armas, las ciencias y las letras. Entre sus maestros, contó con Andrés Bello, gran maestro de las letras y del foro de la América Española; y entre otros, con Simón Rodríguez, especie de temprana “conciencia cívica” del futuro Libertador. A los 16 años marchó a España, vía México y Francia, a “redondear” su educación, ocasión que terminó con su unión matrimonial a una noble criolla/peninsular, residente en Madrid, a los 19 años. Ocho meses después, al haberla llevado a vivir “a su pequeño imperio” en los trópicos, aquella lejana prima suya, dos años mayor que él, y objeto de sus más ardientes pasiones amorosas, murió de “fiebre amarilla” en la “casa grande” del Ingenio de la familia, en San Mateo, comarca costera de Venezuela, dejando una huella emocional imborrable en el futuro prócer. Tras volver a Europa en busca de una vida disoluta que ahogara sus penas de amor, presenció con desagrado tanto la decadencia de la monarquía española como la contradictoria autocoronación de Napoleón en Notre Dame y bajo la influencia de su antiguo maestro Rodríguez, juró en 1,805, en el “Monte Sacro” de Roma, no descansar hasta ver a la América Española libre del yugo del gobierno monárquico. Tras la invasión napoleónica a España, apostó su fortuna, su salud y su vida a la causa de la libertad y así arrastró en 1,810, al ya entonces famoso bon vivant, Francisco de Miranda, “el precursor”, a intentar acciones efectivas para la liberación de nuestra América. Luchando por la libertad de seis de nuestros países latinoamericanos, con entrega, arrojo y convicción, cabalgó más distancia que Alejandro el Grande, Aníbal y Napoleón juntos, razón por la que sus desesperados correligionarios lo apodaban “culo de fierro”. Si hubiese cabalgado en una sóla dirección, le habría dado tres vueltas al planeta. Buscó la alianza de José de San Martín, que partiendo de Buenos Aires y pasando por Chile, lo encontró en Guayaquil; y si el conservador Iturbide no hubiese vencido a Hidalgo y a Morelos, probablemente habría hecho alianza con un líder mexicano en Panamá. Pero los conservadores lo veían con desconfianza, por haber liberado a los esclavos y aborrecer a la monarquía; y los ambiciosos caciques de aldea, porque su palabra seducía a los hombres inteligentes y al pueblo llano y él no quería ver esta veintena de naciones divididas por la misma lengua. Al final concluyó que necesitábamos un entramado republicano más centralista que federalista, más cauteloso que enfebrecido y sólo encontró incomprensión. Con la influencia de Metternich desde allende el océano, unos lo tildaron de perenne sedicioso y otros, de monarquista solapado y traidor; de ser un soñador impráctico, opuesto a las soluciones regionales pragmáticas… y centrífugas. Viendo sus sueños rotos, enfermo, quebrado y perseguido, en ruta a su enésimo exilio, dijo antes de morir, a sus prematuramente marchitos 47 años: “quienes hemos luchado por la libertad en esta América, hemos arado en el mar”…


Sólo la arrogante ignorancia de un Hugo Chávez o de un Nicolás Maduro pueden ver afinidades y coincidencias entre la trágica y soñadora saga de Bolívar y el ponzoñoso legado de Carlos Marx. Marx (1,818-1883), judío alemán expatriado y apátrida, de origen pequeño burgués pero de pretensiones igualitarias, pudo dedicarse a su sedentaria y polémica afición intelectual sin tomar por sus ideas los riesgos que sí asumió Bolívar, gracias a la enfermiza co-dependencia con su capitalista, hipócrita y contradictorio amigo, Federico Engels. Paradójicamente, fue la condición de “dueños de medios de producción” de la familia de este último, lo que les permitió ser mantenidos cómodamente mientras estructuraban el influyente pero hoy demolido por la Historia “castillo de naipes” que aún deslumbra a algunos ingenuos y a otros obcecados en el mundo. Tristemente, ambos personajes, Bolívar y Marx, aún parecieran encarnar a las dos tercas propuestas que han pretendido, sin éxito, sacar de su postración a la antigua América Española, tras dos siglos de estéril “independencia”, en la que hemos sido incapaces de construir una sólida “república de todos los ciudadanos”. Por una parte, nuestros marxólogos se han negado a aceptar la irrefutable evidencia de que repartir a la fuerza lo ajeno sólo ha conducido históricamente a la tiranía y a la miseria. Y por otra, nuestras élites, en sucesivas generaciones, han sido incapaces de vencer los temores de los conservadores; tampoco han logrado hacer realidad los auténticos valores liberales y por ello han contribuido a conservar la extremadamente desigual condición socioeconómica que nos legó la Colonia. Y así, seguimos siendo repúblicas políticamente inestables, con sociedades hondamente insatisfechas, postergando tercamente la inevitable intervención quirúrgica que requiere nuestro enfermo cuerpo social.


Estraordinario y bienvenido sería que aprovechando la coyuntural debilidad de nuestra cleptocracia, el Presidente electo y la nueva Legislatura que habrá en Guatemala a partir de Enero del 2,020, aborden el meollo del asunto y le entren a la dotación patrimonial ciudadana, expandiendo a nuesta clase media con grandes proyectos republicanos. Así, la pequeña Guatemala rescataría los auténticos ideales de Bolívar y desterraría ¡por fin! el recurrente peligro de la corrosiva ponzoña marxista, señalándole el camino a la América Latina y de paso, a muchas otras naciones en el mundo…


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriodico el 26 de Noviembre 2019"

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