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  • Ciudadano Toriello

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El pensamiento ultraconservador, directamente o por interpósita mano, ha malgobernado a Guatemala el 90% de los últimos doscientos años. Y es esa ideología la que nos tiene sin salud ni educación para las mayorías, con la infraestructura productiva hecha pedazos, sin seguridad ciudadana y sin respeto a la Ley. Presumiendo de “excelentes resultados macro-económicos” mientras nuestra juventud sólo piensa en huir de esta catástrofe social, está hoy en la cama con un gobierno de ladrones de cuello blanco, co-presidiendo impúdicamente sobre una “economía capturada”. Por eso, pensando en las elecciones del 2023, diga usted también, ciudadano: “Ni Zandra, ni Sury / ni el tal Meme Conde / ¡pues es Timo Chenko / quien atrás se esconde!”.


En las primeras planas de la prensa independiente nacional nos enteramos de que ya está el régimen “saludando -otra vez- con sombrero ajeno”. En efecto, está recurriendo al manido recurso de “regalar” bolsas de víveres con fondos del erario; eso sí, con “la marca” de los políticos que están actualmente “en la guayaba”. Además, ya está ese Congreso cuya mayoría de diputados no nos representa, planificando la entrega de otros dineros del erario a los recurrentemente explotados y engañados veteranos militares rasos, a esos a quienes sistemáticamente se les ha negado desde el empleo digno hasta el seguro social, pero a quienes ahora piensan dizque “comprar” con estas dádivas inconstitucionales. Esto, encima de los tres mil y pico millones de quetzales que se recetaron los nenecos “para bacheos” y otros quinientos millones de dólares de “ampliación presupuestaria”, todo lo cual es -lo sabe todo mundo- para que Suguelito -el súbito nuevo millonario, “de gran futuro político”- pueda “aceitar” la próxima campaña electoral. Mientras tanto, por no tomar las prevenciones que ya deberían resultarles obvias a los incapaces que nos malgobiernan en un país en el que llueve seis meses al año, todos los años, en las carreteras y en las calles -y aparentemente, hasta en los corredores palaciegos- brotan huecos abominables y consiguientemente, la ciudadanía tiene que andar “ojo al Cristo” y transportarse a velocidades similares a las de “los tiempos del caballo y las diligencias”. Pero esta maña de “hacerse imagen” con los dineros extraídos al propio pueblo, mientras todo lo demás se pudre, es una práctica vieja en Guatemala; de hondas raíces, como lo evidencian ciertos episodios históricos de los que nuestra más rancia oligarquía no ha querido que usted se entere, pero de los que yo, aquí, para echar luz sobre el verdadero origen de nuestra cultura política, voy a resumir, brevemente, un par...


Empecemos con “la selfie” que generosamente nos envía don Juan Fermín de Aycinena e Irigoyen (1729-1796) desde el hoy distante fin del siglo XVIII (véala en la ilustración 141 del Tomo III de la Historia General de Guatemala, pag. 314; o en la ilustración 63, pag. 334, Tomo II, fascículo 8, de la Historia Popular de Guatemala, de acceso gratuito, que a su vez puede encontrar usted en www.fundacionhcg.org). En aquellos entonces, obviamente, no existían los “smart-phones”, por lo que nuestro astuto emigrante navarro, que se había vuelto en esta tierra inmensamente rico, recurrió al mejor arte “del retrato” que el dinero podía comprar. ¿Y cómo decidió presentarse ante sus contemporáneos y ante las generaciones futuras aquel ícono de nuestro empresariado dieciochesco? Pues como podrá ver en el retrato de marras, “de cuerpo entero”, con su chaleco “rosa” y saco color púrpura, con camisa bordada, medias de seda blancas y “culotte” del mismo color del saco; zapatos de charol negro con hebillas doradas, condecorado con medalla y tocado de apropiada peluca blanca, muy “a la francesa” (cortesana) y con una expresión facial entre hipócritamente digna y ligeramente displicente. Pero lo más importante, para alguien que le advertía a sus numerosos hijos que las peligrosas ideas republicanas que habían dado lugar a la Independencia de los EEUU y sobretodo a la Revolución Francesa, amenazaban extenderse a esta descontenta “España de Ultramar”, era el contexto: rodeado del pobrerío, repartiendo limosna a un pueblo chaparro, agolpado tras la promesa de un dulce, sumiso y forzadamente agradecido, en el atrio de una iglesia...


La impresionante fortuna que amasó don Juan Fermín (una docena de plantaciones de añil, una red comercial con agencias en toda la América y en Europa, tiendas “de almacén” en todas las provincias del reino, barcos de cabotaje, mansiones y objetos de arte, además de montañas de “metálico”; y de remate, desde 1783, el primer título nobiliario de Guatemala, marquesado concedido por Carlos III) lo hacían una especie de Lorenzo de Medici tropical y dio origen al irreverente dicho chapín de que su suerte fue fruto “de los milagros de San Goloteo el Chiquito”. Decían las malas lenguas que el astuto recién llegado a este reino (este de “los confines” del mundo español), reconoció de inmediato el febril deseo de acaudaladas damas criollas por “diluir” lo más discreta pero efectivamente posible los remanentes de su sangre tlaxcalteca y cakchiquel, por lo cual tenían verdadera obsesión por la “sangre fresca” llegada de la Península, cosa que nuestro pragmáticamente libidinoso personaje se apresuró a poner a disposición (además de advertirle a otros amigos y parientes de su tierra natal, de la sabiduría de venirse a seguir sus pasos). Así, se casó tres veces: la primera (1755) con Ana María de Carrillo y Gálvez, hija de uno de los dos Alcaldes Ordinarios de Santiago, quien presidía el Cabildo de la ciudad capital y con la cual tuvo dos hijos y una hija, además de escalar inmediatamente a importantes posiciones en el Ayuntamiento; la segunda (1771) con doña María Micaela Delgado de Náxera, nieta de don Tomás Delgado de Náxera, también anterior Alcalde Ordinario de Santiago, quien heredó a sus descendientes varias plantaciones en Jutiapa y Escuintla y “el molino de trigo” San Bruno, en el río Magdalena, que surtía las panaderías de la ciudad capital y sus alrededores y con la cual tuvo tres hijas; y la tercera (1785), ya más “por deporte” pero sin desconocer convenientes razones pecuniarias, con la hermanita de su futura primera nuera, la joven y -decían- muy bella doña Micaelita Piñol y Muñoz. Este último matrimonio dio por fruto dos hijas y cinco hijos, incluyendo al favorito, el cuarto de doña Micaelita, Mariano; pero también dio origen al concepto chapín del “viejo verde”, pues de don Juan Fermín se decía que era un “viejo cebolla”, con “la cabeza blanca, pero el tallo verde”...


Habiendo empezado su carrera de negocios tras haber arribado a Veracruz en 1748 con 19 años y un pequeño capital familiar, se inició como “transportista” de mercaderías (con bestias de carga) entre Acapulco, México, Guanajuato, Puebla y Veracruz, pero pronto se dio cuenta de que no podía competir con los comerciantes y mineros acuerpados excluyentemente en el Consulado de Comercio de México. Creyó descubrir una oportunidad en el relativamente ignorado comercio del añil que llegaba a Veracruz desde Guatemala y se trasladó a estas tierras, con el secreto propósito de lograr un Consulado de Comercio independiente del de México aquí (asunto que ya había sido solicitado por el Ayuntamiento de Santiago desde 1649). Se avecindó definitivamente en 1753, a los 24 años, cuando abrió su primer “almacén” en la capital. Con los caudales que sus esposas “dotaron” a sus sucesivos matrimonios y las “conexiones” sociales sucedáneas, el futuro “primer marqués” fue recorriendo toda la estructura del liderazgo cívico de la capital, habiendo sido Alférez, Teniente y Capitán del Batallón de Santiago (1755-1758), Síndico Procurador (1758), Alcalde Ordinario (1759), Regidor Perpetuo (1761) y Depositario General del Ayuntamiento (1761-1783). Sobre la base de este último cargo, fue nombrado Administrador General del Traslado de la ciudad capital desde el valle de Panchoy al de la Ermita, tras los terremotos de Santa Marta, en 1773; asunto que resultó, entre otras cosas, en que la Audiencia le otorgó la mitad de la manzana sur de la Plaza de Armas (hoy Parque Central o de la Constitución), donde estableció la nueva sede de su Casa Comercial y su mansión capitalina. Siendo el principal exportador de añil y principal importador de mercancías extranjeras, se convirtió de facto en un banquero comercial, adquiriendo en remate muchas propiedades hipotecadas de “poquiteros” de añil en problemas en Guatemala y El Salvador. Se convirtió así en el primer millonario de Guatemala y se estima que sus operaciones representaban entre un cuarto y un tercio de todo el comercio exterior del reino. Sus gestiones desde aquí y mediante agentes, en la Península, desde 1787, finalmente dieron el fruto largamente buscado: en 1793, “por Real Cédula”, fue instituido el Consulado de Comercio de Guatemala, del cual, “el primer marqués” fue nombrado su primer “Prior”, en 1794...


A su muerte (1796), su hijo favorito (“el soltero más codiciado del reino”), Mariano, diestro con la pluma, la guitarra y la espada, y su tres años menor y amanerado nieto (quien “tomó los hábitos” para acallar malediciencias), el “tercer marqués” Juan José, tomaron el control de un Clan comercial y familiar de aproximadamente 200 miembros (entre hijos, nietos, parientes carnales y políticos y “allegados de confianza”); uno con más de tres mil empleados. En aras de preservar el monopolio del comercio exterior en el (antecesor histórico del CACIF) Consulado de Comercio, conspiraron contra una Independencia Republicana. Fue Mariano quien invitó a Iturbide a enviar la tropa mexicana que al mando de Filísola, precipitó los acontecimientos del inicio de nuestra vida independiente. Así, nos anexaron al “primer Imperio Mexicano” y tras fracasar en ese designio, mediante nuestro primer fraude electoral, le robaron la Presidencia de Centroamérica al sabio José Cecilio del Valle, para confiársela al dizque liberal pero también añilero, Manuel José Arce. El fraude condujo a la rebelión y tras ser vencidos por Morazán en 1829, desde el exilio siguieron conspirando contra la República con el poder del dinero, del púlpito y de la pólvora. Subsidiaron al despreciado pero útil “indio Carrera” y tras diez años de Guerra Civil, terminaron rompiendo a la Patria Grande en siete pedazos para instalar “la noche de los treinta años” (1839-1871). Una generación después, en 1859, el hermano menor del tercer marqués, Pedro, consumó la entrega de Belice a sus traicioneros clientes, los ingleses. Pero todo resultó estéril: con el derrumbe del mercado del añil, el poder del Clan se diluyó para siempre. No obstante, el Aycinenismo dejó huella profunda en la cultura guatemalteca; nada menos que la simiente, el germen, de nuestro perdurable, por hábil, aunque miope, ultraconservadurismo...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 21 de Junio de 2022"

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