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  • Ciudadano Toriello

ARDE la desigualdad extrema...

“Ni Zandra, ni Sury / ni el tal Meme Conde / ¡pues es Timo Chenko / quien atrás se esconde!”. Algo que el pueblo no debe olvidar. Páselo. Después, acompáñenos a identificar cuáles de la docena y pico de opciones electorales restantes, se comprometerán públicamente a promover la Agenda de cinco puntos que promueven los amantes de la Auténtica República Democrática, ARDE...


Al inicio de los 1880´s, el Canciller Otto von Bismark (1815-1898), tras más de una década de guerras y contradictoria diplomacia para amalgamar “a sangre y fuego” las casi tres docenas de mini-estados del antiguo “sacro Imperio Romano-Germánico”, dio inicio a lo que se llamaría en el futuro “el Estado de Bienestar” (o “Welfare State”), en un nuevo y unificado (1871) Estado Alemán. Con ello, Bismark embarcó a Alemania en una ruta al capitalismo moderno diferente de la seguida por sus rivales, Inglaterra y Francia, que seguían más o menos erráticamente la ruta del “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar). El original “Canciller de Hierro” hizo todo lo contrario de lo que le hubiesen recomendado algunos profesores “de la Marro” hoy en Guatemala: (i) dio protección arancelaria a su “industria infante” frente a la competencia extranjera, en especial la inglesa y la francesa; (ii) puso las bases de un seguro social que incluyó el seguro por enfermedad (1883), por accidentes (1884) y por vejez y/o invalidez (1889); y (iii) mediante variadas regulaciones “intervencionistas” se aseguró de que los empleadores no pudieran evadir compartir el costo del sistema, en una fórmula tripartita que incluiría también a los trabajadores y al gobierno. Con ello, se granjeó la adhesión de los campesinos y los desposeídos urbanos alemanes, a quienes empezó a convertir en orgullosos y patrióticos consumidores y obreros industriales –también consolidándolos como leales soldados- los cuales a partir de entonces dejaron de emigrar masivamente a la América de Abraham Lincoln. Así, el archiconservador Conde Von Bismark, criticado por ello desde la derecha y desde la izquierda, le dio viabilidad política en Alemania a un capitalismo industrial moderno, confesando abiertamente que lo hacía “para quitarle las banderas al socialismo” y para preservar el orden monárquico. Como resultado de sus medidas, en menos de dos décadas, la industria alemana desplazó del liderazgo continental a la más antigua industria francesa y ya se equiparaba a la británica, que había sido la cuna de la Revolución Industrial. Sólo la industria estadounidense, bajo los perdurables efectos de las reformas socio-económicas (masivo reparto de tierras en el Oeste y abolición de la esclavitud) que introdujo Abraham Lincoln en aquel inmenso país tras su cruenta Guerra Civil (1861-65), podía realmente rivalizar a mediano plazo con la entonces emergente Alemania; cosa que las élites japonesas también observaban a distancia, mientras empezaban a imitarla. Tema que es relevante comentar en este país en el que los historiadores típicamente no entienden de economía y los economistas usualmente no conocen de Historia...


Bismark irrumpió en un escenario europeo que había estado dominado por el pensamiento ultra-conservador del príncipe austríaco Klemens von Metternich, oficializado en el “Congreso de Viena”, tras la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo (1815). Metternich logró coordinar por muchos años (1815-1848) la reacción de las monarquías europeas (el Imperio Austríaco, la Rusia zarista, la Francia intervenida y una reticente pero pragmática Inglaterra, principalmente) en contra de los impulsos republicanos y liberales que había desencadenado originalmente la Revolución Francesa (1789-1799). Bajo el “espíritu del Congreso de Viena”, se hostigó y persiguió, por medio de agentes secretos internacionales apoyados por las policías locales y con medidas “legales” ad-hoc, a quienes abogaban por la creación de gobiernos constitucionales en Estados-Nación definidos por el uso de una misma lengua. Se intervinieron las universidades, se infiltraron casi todos los cuerpos políticos, se reprimió la libertad de prensa y de credo, pero todo fue en vano, pues “ya el genio había salido de la botella”. En 1848, en Francia hubo una “tercera” y violenta revolución, que tras extenderse por todo el Viejo Continente, terminó precipitando la caída de Metternich en Viena. Fue el mismo año en el que Marx y Engels publicaron su Manifiesto Comunista y en el que los EEUU, tras año y pico de guerra, terminaron de arrebatarle a México la mitad de su territorio, en aras de su “destino manifiesto”. A partir de aquel año ominoso, lenta pero claramente se fueron gestando “tres Europas”, con una Alemania singular en el centro, dividiendo físicamente dos procesos políticos muy diferentes: en el Oriente europeo, la terca permanencia de autocracias conservadoras inmovilistas, herederas del pensamiento de Metternich, reacias a cualquier modernización liberal; y en el Occidente europeo, naciones cada vez más liberales y democráticas, con un capitalismo agresivamente expansivo, pero crecientemente sujeto a críticas internas por su inequidad social y sus abusos colonialistas, gradualmente cediendo a presiones políticas reformistas. Cuando aquel explosivo cóctel resultó en la Primera Guerra Mundial (en 1914, un siglo después del inicio del Congreso de Viena), las autocracias del oriente europeo terminaron cayendo bajo el influjo de la nueva Rusia soviética, la que emergió tras la Revolución Bolchevique (1917), mientras que el occidente europeo se vio inexorablemente motivado a reformarse y a regular sus políticas económicas, incluyendo, eventualmente, la introducción de los elementos esenciales de las en su momento controversiales políticas sociales del -inteligente conservador- Otto von Bismark...


El asunto viene a cuento para ilustrar que los países que hoy consideramos “del primer mundo” (la Europa Occidental, Norteamérica y Japón, originalmente), deben al menos parte de su éxito a que empezaron desde hace más de un siglo a tomar medidas destinadas a crear sociedades menos desiguales. Para lograrlo, recurrieron esencialmente a tres fórmulas, sin extinguir completamente el indispensable incentivo de lucro para los emprendedores: (i) dotaciones patrimoniales masivas (típicamente de tierras, como los Homestead Acts de Lincoln), para crear una proliferación de pequeños propietarios; (ii) compensadores sociales, como los seguros y subsidios que inició en versión moderna Bismark, dejando mayor disponibilidad del ingreso del trabajador para el consumo; y (iii) gran generación de empleo, para que por la vía de la competencia por mano de obra, subiera el ingreso bruto de los trabajadores/consumidores. Estas medidas no sólo aceleraron el consumo y con ello el crecimiento económico, sino que contribuyeron significativamente a disminuir la incidencia negativa de los riesgos vitales en la armónica convivencia social. Los países desarrollados, hoy con apoyos sociales “de la cuna a la tumba” para la mayoría, son naturalmente más pacíficos y seguros que los que seguimos aherrojados a un terco y socialmente desigual subdesarrollo. A estas alturas del siglo XXI, el asunto debería resultar obvio, pero aquí es útil reiterarlo públicamente, en razón de que aún hoy tenemos expositores “serios” que insisten en que “la desigualdad no importa”. Y no es que este escribiente abogue por una quimérica e imposible “igualdad social”. Abogo por una reducción de las abismales desigualdades que hacen de nuestro país, por ejemplo, no sólo un bochornoso “campeón” de hitos estadísticos socialmente negativos, sino una sociedad desasosegada, proclive al conflicto y a la inestabilidad, de mercados débiles e inelásticos. Y no que el asunto sea fácil: recientemente el actual Presidente electo de Colombia, cuando aún era el candidato Gustavo Petro, dio una elocuente y persuasiva charla -grabada y circulando en redes- en torno a que los enemigos de los cambios sociales han recurrido eficazmente “al miedo”, para impedir nuestra sana evolución hacia una sociedad mejor. Lo que no dijo Petro es que en América Latina no todos esos miedos son irracionales: aquí, los votantes tienen dos temores bien fundados: (i) que el celo reformador termine “matando a la gallina de los huevos de oro”; y (ii) que un desborde del celo reformador termine resultando en una tiranía aferrada al poder, como las que hoy vemos en Nicaragua, Venezuela y Cuba. Ojalá los gestos conciliadores y tranquilizantes del próximo gobernante colombiano sean genuinos. Pronto veremos cómo resulta, en la práctica, el gobierno del Dr. Petro...


Mientras tanto, no obstante, es evidente que debemos superar la utilización del miedo como gastada argucia para mantener a la Cleptocracia en el poder en Guatemala. Por eso, en ARDE creemos necesario que varios actores políticos legítimos se comprometan públicamente a una Agenda política mínima. Como ya he señalado antes aquí, esa agenda mínima, según ARDE, debe incluir cinco puntos: (1) El desmantelamiento de la Cleptocracia, primera prioridad; (2) La universalización de la seguridad social, para encaminarnos a la “república de todos los ciudadanos; (3) El inicio de un capitalismo popular e incluyente, mediante la Ley de Dotación Patrimonial ciudadana, lo que nos encaminaría a una república de pequeños propietarios; (4) La activación de un nuevo “motor económico” nacional, mediante el cese al boicot del Corredor Interoceánico de Guatemala; y (5) El inicio del largo y consensuado proceso de diálogo que conduzca a la restauración de la República Federal de Centroamérica, nuestro inexorable destino. Para empezar el proceso de universalizar la seguridad social, fórmula que inmediatamente contribuiría a mejorar la armonía social y el consumo interno, Guatemala cuenta con “el ahorro” que el IGSS se ha visto forzado a hacer por la negativa de todos los gobiernos de los últimos 50 años a pagar las cuotas que por Ley le corresponden. Mediante una emisión de bonos a largo plazo, el Gobierno puede iniciar la estructuración de un amplio sistema de salud nacional, que cubra a las mayorías y que reduzca la vulnerabilidad y el sufrimiento de los sectores más débiles de nuestra sociedad. Ya no da el espacio de esta columna periodística para más detalles, pero baste decir que la evidencia histórica acumulada señala contundentemente que para una economía como la guatemalteca, nuestros números actuales indican que ese objetivo es perfectamente alcanzable y macroeconómicamente estimulante, con sólo concitar la hasta ahora inexistente “voluntad política”. Porque Guatemala merece un mejor destino, ciudadano. Así que no baje la guardia, siga atento...


"Publicado en la sección de Opinión de elPeriódico el 19 de Julio de 2022"

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